Al preparar este rato de oración con el Evangelio de la Misa de hoy, me imaginé cómo le hablaría a Jesús, un joven de 15, 16 años, hermosillense, que es la ciudad donde vivo, con sus palabras, con sencillez, como lo haría con su mejor amigo.
Y redacté una oración, escuchémosla, porque quizá en esas palabras también está lo que nosotros queremos decirle al Señor en este rato de oración.
Pienso que comenzaría así:
¿Qué onda, Jesús? Aquí me tienes sentado un rato frente a Ti. Me puse a leer eso que pasó en el Evangelio de hoy, en el capítulo 6 del evangelista Juan y me dejó bien picado.
Estaba la plebada buscándote por todos lados, después de que les diste de comer gratis a 5000 vatos.
Cruzaron el lago en lancha y cuándo te encontraron te preguntaron:
“«Maestro, ¿cuándo llegaste hasta aquí?»” (Jn 6, 25)
Y Tú, que nos conoces hasta el tuétano, les sueltas la verdad, que no te buscaban por los milagros, sino porque ayer se llenaron el buche gratis y querían más comida.
Me hiciste pensar, machín Jesús, ¿qué busco yo cuando te busco? Porque a veces parece que te busco como si fueras un Oxxo espiritual, o alguien que me tiene que resolver la vida así de fácil.
Y Tú nos pides que no busquemos el buffet del día, que por muy abundante que sea, siempre se acaba.
ALIMENTO QUE DA LA VIDA ETERNA
Sino que te busquemos como el alimento que da la vida eterna, la Eucaristía, y la neta, a veces me cuesta entender que ese pan eres Tú mismo.
Quiero confesarte algo, ahora que estamos aquí de compas, ir a Misa a veces se me hace aburrido, se me hace pesado.
Me cuesta ir a Misa como aquel morro del que leí, que decía que se le hacía larguísima o peor, ando eligiendo a qué parroquia ir, no tanto por Ti, sino por el ambiente.
Por las morritas que van o hasta por el aire acondicionado, por si jala bien, porque ya ves cómo se pone el calorón aquí en Hermosillo.
Que si el cura es buena onda o si la Misa es exprés para que no me parta el plan con mis amigos, qué gacho que piense más en mí que en encontrarte a Ti.
Y luego, pues ya ves que, en la Misa, pues pasan cosas que distraen un chorro. A veces el coro que, pues canta más o menos.
O el que lee el salmo, que lo hace tan rápido, pues que todos acabamos diciendo cualquier garabato porque no entendimos ni J, otros templos, pues que tienen los bancos incómodos, en fin.
Pero he descubierto algo bien suave, a pesar de todo ese ruido, a pesar de todas esas distracciones, en cualquier Misa el que importa eres Tú.
LOS SAGRARIOS ABANDONADOS
Ni el sacerdote, él está allí como una custodia, su chamba es enseñarte a Ti, no ser un Influencer.
Me llegó muy profundo al corazón lo que escribió san Manuel González, uno que le llaman el santo de los sagrarios abandonados, sobre aquel sagrario abandonado en el pueblo en el que lo destinaron.
Dice que cuando vio ese lugar lleno de telarañas, sucio y con unos manteles todos rotos, casi sale corriendo del susto, pero se quedó y sintió que Tú lo mirabas con una angustia infinita, de no encontrar quién se dejara querer.
Jesús, no quiero que te sientas así conmigo. Yo quiero ser de los que te calientan con su presencia y te entretienen con su conversación, aunque sea un plebe medio despistado, aquí estoy para hacerte compañía.
He ido aprendiendo que la Misa no empieza cuando el cura sale, sino desde que me levanto.
La neta, me cuesta mucho vencer la pereza y saltar de la cama, pero ahora trato de ofrecerte ese momento, el minuto heroico, desde el primero segundo.
Y luego mis clases en la prepa, el estudio que a veces me aburre, las retas de fútbol y hasta las pláticas con la plebada en el café.
En el ofertorio, cuando el sacerdote pone el pan y el vino, yo me imagino que pongo ahí en la patena todas mis cosas, hasta mis broncas y mis ganas de ser mejor.
Así todo mi día se vuelve algo sobrenatural, como que todo lo que hago te lo regalo a Ti.
SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO
Y cuando llega la consagración, ahí sí es que se pone bien chido el asunto. El pan y el vino se vuelven de verdad tu cuerpo y tu sangre.
Me gusta decirte bajito, “Señor mío y Dios mío”, o auméntame la fe porque mis ojos solo ven pan, pero mi corazón sabe que estás ahí Tú, el mismo que nació en Belén, el mismo que murió en la cruz por mí.
Es un milagro diario, y a veces ni me entero por andar pensando en tonterías, finalmente llega el momento de la comunión, como lugar es lo máximo.
Es como si se me prendiera todo el corazón por dentro, como cuando algo te emociona cañón, así como meter gol, pero mil veces más, porque es Jesús el que entra en mí.
Pero a veces me siento mal porque te recibo con el alma fría o distraído, por eso ahora trato de rezar esa oración que dice que me gustaría recibirte con la pureza, humildad y devoción de tu madre, la Virgen María.
Porque Jesús, como decimos poco antes de comulgar:
“Yo no soy digno de que entres en mi casa.” (Mt 8, 8)
Pero sé que me necesitas y sobre todo que yo te necesito mucho más a Ti. Después de que se acaba la Misa, me he propuesto no salir hecho a la mocha de la Iglesia, sino que me quedo un ratito platicando contigo y hacer mi acción de gracias.
DAR LA CARA POR TÍ
Te cuento mis planes, mis alegrías, mis miedos, te platico de quién de mis amigos le está yendo mal para que le eches una mano y hasta te cuento las cosas curadas que me pasaron en la semana.
Te pido perdón por ser tan codo con mi tiempo y por no dar la cara por Ti frente a los demás, cuando se burlan de las cosas de Dios.
Jesús, me voy, ayúdame a que este rato de oración no se me olvide en cuanto salga a la calle.
Quiero que mi vida sea una Misa prolongada, ayúdame a ser valiente, a cuidar mi pureza para tener el corazón grande y a no dejarte nunca solo en el Sagrario.
Como decía ese texto que leí, quiero enamorarme cada día más de Ti, porque eso lo decidirá todo en mi vida.
¿Qué me hace levantarme? ¿Qué hago? ¿Y cómo trato a los demás? Fierro Jesús, gracias por esperarme siempre, por no cansarte de mis fallas y por ser mi mejor amigo.
Te quiero un chorro, aunque a veces no sepa ni cómo decírtelo. Madre mía de Guadalupe, san José, ángel de mi guarda, no me dejen solo y ayúdenme a vivir siempre cerca de Jesús, Amén.

