Imagina por un momento que perteneces a la exclusiva lista de personas multimillonarias del mundo y que, por tanto, los artículos de lujo no los compras en las tiendas. Las tiendas vienen a ti, y están dispuestos a personalizar todo a tu gusto y medida: ropa, relojes, zapatos… y también los carros.
Ese carro de tus sueños es posible exactamente como lo imaginaste. Vienen a tu casa y te preguntan ¿Cómo lo quieres? No viene un empleado, viene el gerente general en Italia y le dices: yo quiero un Ferrari de un modelo específico, de tu color favorito, con un motor de la máxima potencia, los asientos de piel de un color concreto, el equipo multimedia con los últimos juguetes del mercado para la comodidad durante el viaje. El gerente te dice que un carro así es posible y que será la máquina perfecta. Te lo llevarán hasta la puerta de tu casa cuando esté listo. Y así sucede.
EXACTAMENTE COMO LO IMAGINASTE
Al momento de entregarte las llaves en tu casa, estás muy contento con lo que acabas de comprar. Es exactamente lo que buscabas. El fabricante te da las llaves junto con el manual de instrucciones. Ahora es tuyo, es tu responsabilidad, pero el fabricante te da ciertas recomendaciones: cada cierto tiempo hay que cambiar el aceite del motor, usar un tipo concreto de lubricante, llevarlo al taller a que escaneen el sistema electrónico, etc.
Una última indicación que puede parecer muy trivial, pero importante, la gasolina: el fabricante te aconseja que uses sólo gasolina premium. Pero tú le dices: “¡Nada que ver! A mí no me gusta el olor a gasolina. No quiero que mi carro huela a gasolina. Yo voy a llenar el tanque de mi carro con jugo de naranja”
Imagínate la cara del fabricante que te acaba de entregar las llaves. Insiste con delicadeza, pero no hay nada que hacer: las llaves ya son tuyas. Por supuesto que le dolerá ver que el trabajo y la dedicación que supuso ese carro están en juego por el capricho del nuevo propietario. Pero finalmente se resigna y te dice: “Pero luego no venga usted a quejarse de que su carro no funciona”. Y se marcha indignado por la torpeza y la terquedad del caprichoso comprador.
MANUAL DE INSTRUCCIONES
Toda esta historia es una fábula, porque probablemente tu cartera sufre de anorexia, es decir, que no tienes capacidad para hacer esto que dice el ejemplo. Pero tampoco es tan ficticia, porque es la misma situación absurda se repite todos los días en nuestra relación con Dios.
Hay quienes lamentablemente piensan que Dios un día decidió hacer una lista de prohibiciones, como que fuese un tirano encaprichado. Y así nació la lista de pecados. Sería una lista un tanto arbitraria, que no se puede transgredir bajo pena de muerte. Quien la cumple va al cielo, quien no, al infierno. Hay gente que piensa que esto es exactamente así.
Y en esa lista hay pecados en los que estamos de acuerdo con Dios en que son sumamente graves. Procuramos no caer en esas faltas. Pero hay otros que, como se dice popularmente “no enriquecen ni empobrecen a nadie”. Y entran las dudas: “¿Y por qué Dios dice que esto es pecado si no afecta a nadie?” o “¿Por qué me dice la Iglesia que esto es pecado, si yo lo que experimento es un gusto o placer o porque me ahorro ciertos problemas?”. Por ejemplo en el campo de los pensamientos: “Consentir este pensamiento no va a matar a nadie, o no voy hacer daño…”
NO ESTÁ A LA VISTA PERO EXISTE
Todo esto es como quien pretende estar tranquilo porque su carro no tiene golpes ni raspones a la vista, aunque siga descuidando las instrucciones que le dió el fabricante. En algún momento el carro dejará de funcionar correctamente. Porque así como no todas las piezas del carro están a la vista pero existen y son necesarias, nuestra alma no está a la vista pero existe, y también hay que cuidarla, hacerle mantenimiento, hay que seguir las instrucciones de nuestro fabricante.
Dios podría perfectamente responder: “Esta es la lista de pecados. Esto es el manual de funcionamiento. Estas son las instrucciones con las que yo sé que ustedes funcionan bien. Hay que hacer esto porque sí, y si no te me callas”. Y no nos quedaría otra opción que obedecer. Pero como de ordinario Dios no nos habla así, siempre queda en nosotros la tentación de poner en duda, de la rebeldía. No tenemos claro, se nos olvida, no queda tan evidente el por qué tenemos que obedecer a Dios.
Señor, te pedimos que nos concedas una obediencia más humilde. Que veamos en tus mandatos no solo cosas que tenemos que obedecer, sino que veamos esos cuidados de nuestro fabricante para que funcionemos del mejor modo posible. También a aquellos que nos haces llegar a través de nuestra Madre Iglesia.
OBEDECER POR AMOR
También a aquellos que no entendemos inmediatamente como beneficiosos para nosotros. Y que esta obediencia no sea la del robot (a Dios no te interesa tener robots, porque el robot no te puede amar libremente). Que sea una obediencia libre, inteligente.
Que la razón, movida por la fe, nos haga tomar la decisión más inteligente de nuestras vidas: obedecer a Dios diligentemente, por amor.
Jesús, en el evangelio de hoy vemos cómo las gentes se quedan asombradas por tus enseñanzas porque tu palabra está llena de autoridad. Y acto seguido somos testigos del milagro en la sinagoga de Cafarnaúm: el demonio inmundo que había poseído a un hombre por muchos años se rebela contra ti y le gritas:
“¡Cállate y sal de él” y de inmediato “el demonio, lanzando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño”.
¿POR QUÉ YO NO?
Lo que más me impresiona de este milagro no es tanto el milagro o la expulsión violenta del demonio, sino el comentario de la gente:
“Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: “¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus inmundos y salen?”
Y reconozco que me sentí interpelado, porque hasta los espíritus inmundos te obedecen, Jesús, y yo no, al menos no en todas las cosas o no con la prontitud que podría.
Señor, a veces la obediencia en todo nos cuesta. Ya lo afirmaba santa Teresa:
“Decir que dejaremos nuestra voluntad en la de otro parece muy fácil, hasta que haciendo la prueba, se entiende que es la cosa más recia que se puede hacer, si se cumple como se ha de cumplir”
(SANTA TERESA, C. de perfección, 32, 5).
Algunas veces por mi soberbia, que me hace creer que tengo mejores criterios que los tuyos, Señor. Otras veces, porque se me olvida de quien me vienen estas instrucciones, y tienes autoridad más que suficiente para decirme: “esto hay que hacerlo o esto otro hay que evitarlo”, y esto debería ser suficiente para obedecer. Pero otras tantas veces me cuesta porque no veo claro que todo lo que me pidas es por mi bien.
HASTA EN LAS COSAS MÁS PEQUEÑAS
Señor, ¿Por qué hasta los demonios te obedecen y yo no? ¿Por qué no termino de reconocer que tú, Señor, eres mi fabricante y que sabes cómo funciono -incluso mejor que yo mismo-? Y no sólo cualquier fabricante, sino quien me ha creado pensando en mí desde la eternidad porque me amas y quieres lo mejor para mí.
Señor, ¿Por qué me cuesta obedecer, si Tú me has dado el ejemplo, siendo manso y humilde de corazón? ¿Por qué me cuesta tanto el abandono en tu amabilísima voluntad?
Ayúdanos, Señor. Ayúdanos, Madre nuestra. Que en ese ejemplo tuyo de obediencia vea también yo mi felicidad. Que vea ese abandono confiado y absoluto tuyo en la Providencia Divina porque tú eres Dios. Pero que también yo haga propio ese querer tuyo y que yo te obedezca con fidelidad hasta en las cosas más pequeñas.






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