Hoy celebramos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es ocasión, Jesús, para que nosotros volvamos nuestra mirada hacia Ti, que eres el hombre perfecto y, por lo tanto, nuestro modelo como ser humano.
Es una alegría que conviene siempre recordar que como personas tenemos un modelo al que siempre podemos mirar, que eres Tú, Jesús: Dios y Hombre verdadero. Perfecto hombre y perfecto Dios.
Como hombre perfecto, pues, eres ejemplar. Entonces siempre será un buen consejo y también un buen recurso, para cada uno de nosotros, el poderte preguntar, Jesús: ¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar? Eso nos activa la respuesta de nuestra conciencia y entonces vamos a procurar, efectivamente, escucharte, Señor, en la voz de nuestra conciencia para hacer lo que Tú harías.
El evangelio de la fiesta de hoy es muy bonito, porque es un trozo de la oración en el huerto, donde nosotros podemos conocerte mejor, Señor. Podemos entrar en ese diálogo tuyo con Dios Padre. Esa intimidad tuya con el Padre y que nosotros podamos entrar ahí es un lujo y también es fuente de muchas enseñanzas.
Entonces vamos a entrar como de puntitas, respetando mucho este espacio que nos compartes, Jesús. Bueno, dice así el Evangelio de san Mateo:
“Jesús fue con sus discípulos a un huerto llamado Getsemaní y les dijo: Sentaos aquí mientras voy allá a orar.”
(Mt 26, 36).
Tú vas, Señor, con tus discípulos a orar. Podría haber aparecido cualquier otra actividad y estamos acostumbrados a que diga que fuiste a rezar, Señor, con tus discípulos. Pero podrías haber ido a conversar, a tomar algo, a hacer algo de deporte o a descansar y no. Con tus discípulos, Tú quieres rezar, orar.
REZAR
Bueno, es muy importante y muy lógico que los que te queremos seguir, Señor, ahora en el siglo XXI también nos reunamos para rezar. Actividades que nos convocan para rezar, por ejemplo: la misa.
La misa dominical es unir a los discípulos contigo, Jesús, a rezar —como aquella vez en el huerto de Getsemaní— rezar contigo, estar con Jesús al momento de rezar, al momento de orar… O sea, encontrarnos con Dios. No estamos solos y es parte del objetivo para lo que Tú, Señor, has venido acá a la tierra: para que tus discípulos aprendamos de Ti a rezar.
Entonces les dijo, dice el evangelio:
“Sentaos aquí mientras voy allá a orar.”
(Mt 26, 37).
Esa presencia que te acompaña, Jesús, y dice:
“Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo.”
(Mt 26, 37-38).
Bueno, es una confidencia. O sea, podemos darnos un poco de cuenta de cuán triste Tú estabas, Señor. Y claro que Tú, siendo Dios, tengas esa tristeza que es hasta la muerte, o sea, como alguien que dice: me muero de pena, pero sigue tomando su gaseosa o sigue viendo su celular… Pues de verdad son expresiones bonitas o muchas veces sinceras, pero claro, cuando Tú lo dices, Señor, es otra cosa.
Bueno, pues dice aquí:
“Adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú.”
(Mt 26, 39).
¡Es Tú oración, Jesús!
HABLAR CON NUESTRO PADRE DEL CIELO

A mí me conmueve poder, efectivamente, tener este texto para considerarlo contigo, en tu presencia, con todas las personas que me están acompañando ahora en este ratito de oración. Que nosotros también podamos hablar con Nuestro Padre del Cielo, con esta confianza, Padre mío.
Es una confianza, no solo por poder llamar Padre a Dios. Sino es una confianza, porque lo que yo estoy pidiendo en el fondo es que se haga la voluntad de Dios, porque es mi Padre. Porque me quiere, es decir, porque no puede querer para mí nada malo; porque no puede hacerme daño, porque no tengo motivos para desconfiar.
Por eso dices Tú, Jesús: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz.” La condicional: “si es posible”, pero “no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú”.
Es una actitud que a nosotros nos sirve mucho, Jesús, porque tantas veces nuestras peticiones van como cerradas para Dios diciéndole: cura a tal persona, ayúdame a conseguir este trabajo, ayúdame con los exámenes o que apruebe concretamente esta asignatura…
QUE SE HAGA TU VOLUNTAD, SEÑOR

Pero creo que pocas veces terminamos como Tú, Jesús: “Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú”. Confío en que tu parecer, querer, tu voluntad es mejor que la mía.
De hecho, reiteras esta actitud, y dice:
“Volvió a los discípulos y los encontró dormidos, dijo a Pedro: ¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación: pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.”
(Mt 26, 40-42).
Es una oración de abandono: “Que se haga tu voluntad.” Esto pedimos en el Padre Nuestro. Puede ser el resumen de lo que hemos aprendido en este rato contigo, Jesús, que cuando nos acerquemos al Señor o nos acerquemos a la Virgencita, que sea para darles libertad. Para que puedan hacer su voluntad, que será mejor que la nuestra y todos contentos.
Porque entonces podrás, Tú Señor, seguir haciendo la obra redentora. Y nosotros te estamos dejando hacer… y, por lo tanto, estaremos también contentos de verte actuar.



Deja una respuesta