Hay un Evangelio, que es el que la Iglesia nos propone hoy día, que realmente sorprende mucho.
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra».
Hay muy pocos momentos en el Evangelio donde vemos a Jesús lleno de alegría, y hoy justamente sucede uno de ellos.
No solamente sonríe, sino que Jesús estalla en acción de gracias. “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Y podríamos preguntarnos, ¿y por qué estás tan feliz, Señor? Y inmediatamente tú respondes y das el por qué.
Porque
«Dios ha escondido sus misterios a los sabios y a los entendidos y los ha revelado a la gente sencilla»
o a los pequeños, como dice el texto de este evangelio. Y eso es impresionante.
Nosotros pensaríamos exactamente al revés. Creemos que Dios debería buscar a los más inteligentes, a los más preparados, a los más exitosos. Pero Dios se alegra porque encuentra corazones pequeños. Y aquí podemos encontrar esta reflexión.
Vivimos una cultura donde todo parece importar. Lo importante es ser campeón. El que gana, el que produce, el que tiene influencia, el que aparece, el que tiene seguidores, el que nunca fracasa.
Pero el Evangelio tiene otra lógica. Jesús no fue a buscar primero a los doctores de Jerusalén. Buscó pescadores, publicanos, o sea, pecadores. Buscó enfermos, viudas y niños. Y eso atraviesa todo el Evangelio. Esas mismas palabras que retumban,
«los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».
HEREDAR EL REINO DE LOS CIELOS
O,
«el que quiera ser grande, que sea servidor».
También
«el que se haga como un niño, entonces heredará el reino de los cielos».
Es como si Dios tuviera una debilidad especial por quienes son más pequeños, por aquellos a quien nadie mira.
Y a los santos les sucede más o menos lo mismo. Nos dice san Josemaría en Camino, “niño, enfermo, al escribir estas palabras no sentís la tentación de ponerlas en mayúscula. Es que para un alma enamorada, (se entiende enamorada de Dios), los niños y los enfermos son Él.
Y no solamente ellos. Santa Teresita de Lisieux, ella que quería hacer cosas grandes para Dios, descubrió algo sorprendente, que Dios no necesitaba grandes hazañas. Necesitaba un corazón que le acepte, aunque sea pequeño. Y decía que quería llegar al Cielo como un niño que se deja levantar por su padre. No subir sola, ser levantada. Utilizaba un ejemplo de un elevador. Su pequeña vía, esa de ser amada por Dios.
Es exactamente lo que leemos ahora en este texto de Mateo. O san Francisco de Asís, cuando abrazó al leproso, abrazó al hombre que toda la sociedad evitaba. Y después escribió que aquello que antes le parecía amargo, se volvió dulzura. Porque, claro, encontró a Cristo precisamente donde nadie quería encontrarlo.
ACTUAR CUANDO PODAMOS
San Vicente de Paúl decía, “los pobres son nuestros amos y señores”. No era una frase bonita, era una convicción, porque Cristo había decidido esconderse en ellos.
Y aquí, podríamos decir lo que está pasando por ejemplo ahora en Venezuela, entre tantas pérdidas materiales. También hay varios niños que se han quedado solos, niños desorientados, niños que pueden terminar en manos de los que tratan personas.
Hay una guerra silenciosa, que es tal vez una de las formas más crueles del mal, que es aprovecharse de los que son más vulnerables, los niños. Con la Fundación Tim Ballard estamos intentando precisamente esto, llegar a esos niños antes que las redes de trata, para proteger a esos pequeños.
Quizás el mundo nunca conocerá sus nombres, nunca será noticia, nunca aparecerán en un escenario. Pero si este evangelio es verdadero, entonces son precisamente ellos los que ocupan un lugar privilegiado en el corazón de Dios.
Es ahí donde tenemos que actuar. Ahí está para mí el detalle más hermoso. Jesús primero habla de los pequeños y luego dice,
«vengan a mí los que están cansados y agobiados».
Es decir, no existen pequeños afuera, también hay pequeños adentro.
Tal vez somos nosotros, tú o yo. Porque hay momentos donde somos fuertes, pero también hay momentos donde estamos agotados, heridos, confundidos, con miedo.
DEJARNOS AMAR
Y es precisamente entonces cuando Jesús nos dice, arréglate primero. Dice,
«Ven».
Qué distinto es Dios, es increíble.
Porque claro, nosotros diríamos, bueno, para participar, arréglate primero. Pero no, Él lo que dice es,
«vengan a mí».
El mundo dice, cuando seas fuerte, entonces ayuda.
Pero Jesús dice, ven justamente porque eres débil. El mundo dice, demuéstrame que vales. Y Jesús en cambio,
«déjate amar».
Por eso, cuando sentimos la llamada de ayudar ahora a Venezuela, primero en hablar con Jesús hicimos una colecta buena, generosa. Agradezco a todos los que participaron para, a través de la parroquia La Tahona, direccionar ese dinero para los que más lo necesitaban. Ahora cambiamos la estrategia y nos vamos a los más pequeños, a los niños.
Y vamos a estar trabajando desde este mes de julio con la Team Valor Foundation para ayudar a los niños que han perdido todo o que son vulnerables para el tráfico de personas.
‘Señor, queremos darte también esta alegría a ti, porque tú pensarías inmediatamente también en ellos’.
Hoy estaba viendo justo unas imágenes desoladoras de un sitio en Caracas que se llama el Parque Oeste, en donde salían corriendo varias personas. Es un sitio donde están congregando niños, porque habían algunos depredadores sexuales ahí. ¡Qué terrible, Señor!
HACER BUENAS OBRAS
No puedo dejar de pensar en que todo lo que podamos hacer para eso será poco. Y seguramente también te dará alegría, Señor, que nos pongamos en este trabajo con gente que ya está ahí en Caracas, con gente que va a viajar en las siguientes horas también para allá.
Quizás el Cielo se parezca mucho a este Evangelio. Un lugar donde Dios no corre atrás de los triunfadores, sino que sale al encuentro de los pequeños. Donde los últimos descubren que siempre fueron los primeros en el corazón de Dios Padre.
Y donde nosotros comprenderemos que cada vez que levantamos a un niño, cada vez que le protegemos, y que le ponemos una zona segura. También que acompañamos a un anciano, que visitamos a un enfermo, que protegemos a una víctima, o que consolamos a un cansado, no sólo hicimos una buena obra, sino que encontramos al mismo Cristo.
Porque el Señor sigue escondiendo su rostro donde el mundo casi nunca mira. Y allí, precisamente allí, espera encontrarse con nosotros.
Hace unos días alguien me contaba que tenía en la cabeza esta imagen de Cristo que le había bajado en la Cruz, que le trataba con cariño y misericordia. Y claro, justo esa semana en la que tuvo esta presencia o inspiración en su oración, le tocó trabajar con enfermos que efectivamente tenían estas necesidades las mismas: dejarse alimentar o protegerlos. Bueno, Dios actúa muchas veces así.
Creo que esta es la gran invitación del Evangelio: aprender a mirar con los ojos de Dios. Él se alegra por los pequeños. ¡Gracias, oh Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños y no a los sabios y entendidos!
También nosotros hemos de alegrarnos por servir a quienes el mundo considera poco importantes. Es allí donde el reino de los cielos se hace presente.
Vamos a pedirle a la Virgen María que nos ayude en este empeño.





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