ENCIENDE EL FUEGO
Hay una frase que seguramente hemos escuchado desde pequeñitos. Una advertencia que nos hacían nuestros papás: ¡Cuidado, que el que juega con fuego se quema! Y es verdad.
El fuego tiene algo fascinante. Uno puede quedarse un rato ahí mirando las llamas, cómo se mueven, cómo iluminan, cómo se va consumiendo, no sé, la madera, por ejemplo, en una fogata.
Pero el fuego tiene una característica muy particular, es que transforma lo que toca. No podemos acercarnos al fuego y pretender que no sucede nada. Si tenemos frío, pues buscamos una fuente de calor.
Nos acercamos a una chimenea, nos sentamos junto a una fogata y comenzamos a sentir cómo aumenta la temperatura.
Pues Jesús hoy quiere hablarnos de esto y hoy queremos, Señor, hacer este rático de oración pensando en lo que nos dices:
«He venido a prender fuego a la tierra ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!»
Jesús, has venido a prender fuego a la tierra y no solamente eso, nos dices que tienes ganas de que ya esté ardiendo, como si no pudieras esperar. Como si tuvieras una impaciencia muy grande de prender ese fuego y que arda, que se reparta.
Por eso, Señor, enciende ese fuego en mí. Envía al Espíritu y que nos encienda, que propague ese fuego por toda la tierra.
MÁS PIADOSO
Y hay algo que, Señor, me gustaría pedirte puntualmente para que ese fuego se encienda, se propague. Quiero ser más rezador, quiero ser más mortificado y quiero ser más piadoso. En definitiva, más piadoso.
Porque a veces me puede suceder algo y es que quizás sea buen cristiano, vaya a misa, rece y tenga imágenes de la Virgen, pero que me vaya acostumbrando a las cosas de Dios y que las pueda hacer un poco automáticamente.
Eso es un riesgo. Y ese es el riesgo de estar cerca del fuego sin dejarnos transformar por él. Pues que esto no me suceda a mí.
Que haga todas estas cosas, pero que, Señor, me deje transformar, me deje quemar.
SAN JUAN PABLO II
Hoy celebramos la memoria de San Juan Pablo II. Su vida es un ejemplo maravilloso de lo que significa dejarse quemar por el amor de Jesucristo.
Karol Wojtyla, un joven polaco que conoció el sufrimiento desde muy temprano. Perdió a su mamá cuando tenía apenas nueve años. Después murió su hermano.
Cuando tenía veinte años también perdió a su papá. Vivió esos años terribles de la Segunda Guerra Mundial. Le tocó trabajar muy duro en una cantera, en una fábrica. Y en medio de todas esas circunstancias fue descubriendo que Dios lo quemaba. Que Dios lo iba llamando y no permitió que esas dificultades apagaran el fuego de su amistad. No, de la amistad con Jesús no.
Al contrario, en medio de esas dificultades ese fuego fue creciendo. Se fue haciendo más piadoso, rezador, más generoso, entregado. Y lo sorprendente es que después ese joven se convertiría en el Papa. Que iría por todo el mundo prendiendo ese fuego, ¡repartiendolo!
Pero antes de encender el corazón de tantas personas, pues se había dejado encender por Ti, por Cristo.
Y aquí podemos hacernos una pregunta Jesús: ¿qué podrías hacer con mi vida si yo también me dejara quemar por tu amor? (…)
Y no tengo que llegar a ser Papa. No tengo que viajar por todo el mundo. No tengo que hablar delante de millones de personas. Pero tengo una familia, tengo amigos, tengo compañeros de estudio, de trabajo. Tengo personas que Tú, Señor, has puesto a mi lado.
LA ENTREGA DE UNO MISMO
Pues, bueno, ¿quieres llegar a ellas a través de mí? ¿Quieres encender el fuego en ellas a través de mí? ¿Y dónde está ese fuego?
Podríamos pensar, sí, en una chimenea o una fogata. Pero vamos a pensar en una vela, una velita que está allí iluminando. ¿Y qué le pasa a esa vela? Pues se va consumiendo poco a poco. Va entregando su cera.
Y precisamente porque se consume, puede iluminar. Si no se consumiera, si dijera, no, yo me quiero quedar así bonita, estilada, larguita, limpia, blanquita, pues no puede iluminar. Se tiene que quemar y se tiene que ir consumiendo.
Si quieres iluminar, tienes que dejarte quemar.
Pues, Señor, yo también quiero dejarme quemar por tu amor. ¿Y dónde está el fuego? En la oración.
Cada vez que hacemos un rato de oración, nos acercamos a Jesús. No vamos a sentir nada extraordinario. Alguna vez podemos estar incluso distraídos con algo de sueño, pero estamos delante del Señor.
Y Tú, Señor, nos vas transformando, nos vas cuidando, nos vas transformando. ¡Qué maravilla!
LA ORACIÓN TRANSFORMA
Jesús, ¿cómo me dejo cuidar? (…) ¿Cómo me dejo transformar por la oración? (…) ¿Cómo me dejo transformar por la Eucaristía? (…)
¡Qué impresionante! El mismo que dijo,
«he venido a prender fuego a la tierra»,
es el que se entrega a nosotros en la Comunión.
Nos acercamos a recibirte, Jesús, y Tú vienes a mi alma. Y yo no me doy cuenta muy bien de lo que sucede, pero Tú estás ahí, me estás llenando de Ti, me estás transmitiendo ese fuego de tu amor. Jesús también está en la Confesión.
El fuego también está en la confesión. El amor también está en la confesión, un amor que purifica.
La mortificación también. En los pequeños sacrificios. Ese dejar el celular para escuchar a alguien, ese estudiar cuando no tengo ganas, hacer bien el trabajo, todo eso comienza a transmitirme ese fuego que me va quemando.
Señor, Tú pasaste por la tierra encendiendo muchos corazones. Por todas partes ibas encendiendo esos corazones.
LA MISERICORDIA DEL SEÑOR
Si hay una escena, yo no sé por qué me acordé de esta escena, de ese hombre que estaba sufriendo mucho, estaba atormentado por los demonios, y nos cuenta san Marcos que vivía en los sepulcros, que sufría mucho, vivía apartado de los demás, nadie conseguía dominarlo. ¿Y quién llegó? Pues Jesús.
Nos imaginamos ese encuentro. Jesús se acerca a ese hombre que todos temían, lo libera, le devuelve la paz, le devuelve la dignidad, le devuelve la posibilidad de volver a vivir entre sus conciudadanos, sus compañeros, su gente. Y entonces sucede algo muy bonito porque, claro, ese hombre quiere seguirte.
Ese hombre te encuentra y dice yo no me vuelvo a separar de Ti, yo me voy contigo hasta el fin del mundo. Quiere irse contigo, quiere seguirte como los apóstoles. Y es apenas comprensible.
¿Pero qué le dice Jesús?
«Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
¡Qué maravilla! Jesús no le pide que se suba a la barca, no le pide que abandone su pueblo, le dice que se vuelva a su casa, que regrese con los suyos y que allí cuente lo que Dios ha hecho por él. Eso nos dice el Evangelio.
ENCONTRARLO EN LOS SACRAMENTOS
Nos dice que nosotros también tenemos que volver a nuestra vida, a nuestras cosas, porque nos hemos encontrado con el Señor en la oración, en la eucaristía, en la confesión, en los sacramentos.
Por eso, Jesús, ¿a quién puedo llevar ese fuego? En mi familia, en mi universidad, en mi trabajo, entre mis amigos. Llevar ese fuego a todas partes. Es una invitación que Tú nos quieres hacer hoy.
«He venido a prender fuego a la tierra»
y quiero, si no, que se reparta, que se propague por todo el mundo.
Vamos a pedir al Espíritu Santo que encienda nosotros ese fuego, como esa velita. Que nos dejemos consumir para iluminar.
Que dejemos que el Señor nos vaya transformando los sentimientos, los deseos, las palabras, los afectos.
MARÍA: UNA VIDA DE ENTREGA
Vamos a acudir a nuestra madre Santa María. Ella estuvo junto a los apóstoles el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego.
Madre mía, ayúdame a tener el corazón siempre abierto al Espíritu Santo. Enseñame a querer mucho a Jesús, a no tener miedo de entregarme, de consumirme, de llevar ese amor a los demás.
Vamos a decirle a Jesús aquellas palabras que hemos escuchado en el Evangelio.
«He venido a prender fuego a la tierra y cuánto deseo que ya esté ardiendo».
Jesús, aquí tienes mi corazón. Empieza por mí.





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