ESCUCHA LA MEDITACIÓN

CUANDO ÉL DIJO QUE SÍ

En el silencio de un sueño, san José descubre que el Señor le confía una misión inmensa: recibir a María, custodiar al Redentor y ser para Jesús un verdadero padre en la tierra.

Hoy es 19 de marzo, es la fiesta de san José. Nuestro padre y señor, san José, le decimos, siempre al inicio de la meditación y en este rato de oración podemos hacer algo muy sencillo: entrar con la imaginación en aquella pequeña aldea de Nazaret para mirar de cerca lo que está pasando allí, porque el evangelio que hoy medita la Iglesia es breve, pero dentro de esas pocas líneas hay una gran historia. ¡Vamos allí!

Imaginemos Nazaret. No es una ciudad grande, es una aldea; no tiene palacios ni templos famosos. Es una aldea escondida entre las colinas de Galilea, un lugar donde todos se conocen, donde las casas son humildes, donde la vida transcurre con un ritmo sencillo. 

Durante el día se escuchan martillos, animales, voces de vecinos que se saludan. Pero cuando llega la noche todo se calma, las lámparas se van apagando poco a poco. El silencio cubre el pueblo.

En una de esas casas vive José. Es un hombre joven todavía, un artesano. Trabaja con la madera, con las herramientas sencillas de su oficio. Sus manos están marcadas por el trabajo, pero su corazón está marcado por el amor de Dios. 

El evangelio dirá de él una palabra muy bonita: es un hombre justo. Ser justo en la Biblia no significa simplemente ser correcto, significa vivir mirando a Dios, querer hacer su voluntad, confiar en Él, incluso cuando no se entiende todo o no se entiende nada.

José es uno de esos hombres que no llaman la atención, pero cuya vida está llena de Dios. Está desposado con María. 

JOSÉ RENUNCIA A SU PROPIO PROYECTO DE VIDA

En aquel tiempo, el desposorio no era una simple promesa como hoy, era ya un compromiso verdadero. El hombre y la mujer ya se pertenecían, sólo faltaba que comenzaran a vivir juntos. Por eso, lo que está ocurriendo en la vida de José lo llena de desconcierto: María espera un Hijo.

Podemos imaginar el momento en que José se entera. Tal vez alguien le habla, tal vez lo descubre en una conversación, tal vez María misma, con sencillez y pureza, se lo comunica y empieza para José una de las noches más profundas de su vida. Porque José conoce a María, sabe perfectamente bien, que es la llena de gracia, limpia, transparente.

El corazón de José le dice que en María no hay ninguna mancha, pero al mismo tiempo lo que está pasando supera toda explicación humana.

Y Señor, podemos imaginar a José caminando lentamente dentro de su casa esa noche, pensando, rezando en silencio. Ama profundamente a María y precisamente por eso no quiere hacerle daño.

En la ley de su pueblo, una situación así podía acabar en acusación pública, en vergüenza, en castigo, pero José no quiere eso. Su amor es más grande que su dolor. Entonces toma una decisión silenciosa: marcharse, irse discretamente del pueblo, desaparecer de la escena para que María no sufra. 

Es una decisión llena de delicadeza. José renuncia a su propio proyecto de vida para proteger a María. Aquí vemos ya el corazón de José. Es un hombre que no se coloca a sí mismo en el centro. Un hombre que sabe retirarse cuando piensa que así hace el bien. 

enséñanos

Pero justo cuando José ha tomado esa decisión, sucede algo extraordinario: mientras duerme, Dios entra en su sueño, un ángel le habla y el mensaje es claro y luminoso:

«No tengas miedo de recibir a María como esposa, porque el Niño que lleva en su seno viene del Espíritu Santo»

(Mt 1, 20).

Podemos imaginar el momento en que José se despierta. Quizá todavía es de noche, el silencio sigue cubriendo Nazaret, pero en su corazón todo ha cambiado. Ahora José comprende, Dios está actuando. 

El misterio que él no lograba explicar no es una traición, no es ningún error, es algo infinitamente más grande. José descubre que lo que está sucediendo en Nazaret es el comienzo del cumplimiento de todas las promesas de Dios.

Ese Niño que nacerá es el Mesías esperado y Dios le está pidiendo a él algo muy grande: participar en ese misterio, recibir a María, cuidarla y proteger al Niño. Ser para Jesús un verdadero padre en la tierra. 

En ese momento José entiende que su vida entera cambia, sus planes personales quedan atrás, pero no siente que pierde algo. Todo lo contrario. Más bien descubre que Dios le confía una misión y el Evangelio nos cuenta su respuesta con una sencillez impresionante.

Dice que cuando despertó hizo lo que el ángel le había indicado, nada más. No hay discursos, no hay preguntas, no hay retrasos. José se levanta y obedece. 

ENSÉÑANOS SAN JOSÉ

Esto es algo muy bonito, Señor, José escuchó tu voz y confía en Ti. No entiende todo el misterio. Ningún hombre podría entender completamente lo que significa que Dios se haga un niño, pero confía porque la fe muchas veces es precisamente eso: caminar con Dios, incluso cuando el camino no se ve completo.

Podemos imaginar la mañana siguiente: Nazaret despierta como cualquier otro día. Los vecinos salen a trabajar, los niños corren por las calles y José camina hacia la casa de María. Quizá su paso es sereno, lleno de paz nueva. 

Cuando María le abre la puerta, José la mira con un respeto profundo. Ahora sabe que en su vida está actuando Dios de una manera única y desde ese momento comienza una misión silenciosa que durará por el resto de su vida.

Dios le pide a José algo inmenso: custodiar al Redentor y ser para Jesús el padre que lo cuidará. Le enseñará y lo acompañará en esta tierra. Le enseñará a trabajar a Jesús la madera, a rezar los salmos y a vivir la vida sencilla de Israel 

enséñanos

Es algo impresionante pensarlo, Señor. El Hijo de Dios quiso aprender de un hombre, quiso tener un padre en la tierra, quiso crecer dentro de una familia y ese padre elegido por Dios es José. Por eso la Iglesia lo llama con tanta razón “custodio”. José no es el centro del misterio, pero lo guarda, lo protege, lo custodia. Su grandeza está precisamente en eso: en su humildad.

En un mundo donde muchas veces todos quieren aparecer, hablar, ser vistos, José nos enseña la belleza de una vida escondida, una vida que no busca protagonismo, pero que es esencial en el plan de Dios. 

Señor, cuando contemplamos a san José, entendemos algo muy importante para nuestra propia vida: muchas veces Dios habla en el silencio, no siempre con señales espectaculares. A veces habla en una inspiración interior, en una luz que aparece en la oración, en una llamada discreta y entonces espera nuestra respuesta. 

San José respondió con su vida entera, no con grandes palabras, sino con un “sí” silencioso que duró todos los días. Un “sí” cuando aceptó a María, un “sí” cuando tuvo que proteger al Niño, un sí cuando trabajaba en su taller para sostener a la Sagrada Familia. Un sí constante, sencillo y fiel. 

Y por eso hoy, en su fiesta, podemos mirarlo con cariño y pedirle ayuda: san José, nuestro padre y señor, enséñanos a confiar en Dios como tú, enséñanos a escuchar su voz incluso cuando habla en silencio y enséñanos a obedecer con prontitud, sin miedo, sin cálculos y, sobre todo, enséñanos a amar a Jesús y a María como lo hiciste tú.

Madre mía Inmaculada, hoy miramos contigo a san José, el hombre bueno que Dios puso a tu lado en aquella noche silenciosa de Nazaret. Cuando el Señor reveló su plan, José comprendió que su vida entera cambiaba y aceptó, con un corazón grande, la misión que le confiaba: ser tu esposo fiel, el que te protegería y caminaría contigo en el misterio que Dios estaba realizando. 

Madre nuestra, gracias por la fe de José, por su silencio lleno de confianza, por su amor delicado contigo y por su entrega total al plan de Dios.


Citas Utilizadas

2Sam 7, 4-5a. 12-14a. 16

Sal 88

Rom 4, 13. 16-18. 22

Mt 1, 16. 18-21. 24a

Reflexiones

San José, nuestro padre y señor, enséñanos a confiar en Dios como tú, a escuchar su voz, incluso cuando habla en silencio, enséñanos a obedecer con prontitud, sin miedo, sin cálculos y, sobre todo, enséñanos a amar a Jesús y a María como lo hiciste tú.

Predicado por:

P. Josemaría

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