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EL PEOR PECADO: LA IDOLATRÍA

La Escritura muestra que el drama más profundo del hombre no es simplemente pecar, sino desplazar a Dios del centro de la vida. La idolatría comienza cuando algo —el prestigio, el dinero, los proyectos o incluso nuestras propias ideas de Dios— ocupa el lugar que sólo Él debe tener. La Cuaresma es una invitación a reconocer esos ídolos y dejarlos caer. Sólo cuando Dios vuelve al centro, todo lo demás encuentra su lugar.

EL LATIR DEL CORAZÓN DE DIOS

El problema más grave que aparece una y otra vez en la Biblia no es el pecado o simplemente pecar, ni siquiera dejar de creer. 

El problema más grave de la Biblia es la idolatría. Vamos a hablar de esto Contigo hoy, Jesús, de la idolatría. Puede parecer un tema muy inapropiado para un ratico de oración.

La Primera Lectura de hoy del profeta Jeremías nos deja escuchar casi el latir del corazón de Dios. Dios no pide muchas cosas. Su deseo, en cambio, es sencillo, pero al mismo tiempo, total. 

Fíjate en lo que dice la Primera Lectura de la misa de hoy.

«Escuchad mi voz, yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Caminad por el camino que os enseño y todo os irá bien». 

Señor, y esa es la alianza. Dios quiere ser nuestro Dios, quiere ser el centro, quiere ocupar el lugar que sólo Él puede ocupar. Pero Jeremías, que es un profeta que está sufriendo el drama de ver que el pueblo no responde, pues también reconoce, me dieron la espalda y no la cara, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. 

Y la idolatría comienza exactamente ahí, cuando dejamos de escuchar la voz de Dios y empezamos a caminar según nuestras propias ideas. 

… Y ALGO MÁS

Cuando oímos la palabra idolatría, claro, pues yo no sé, pero yo pienso inmediatamente en el becerro de oro o en los dioses paganos o en los antiguos templos que estaban llenos de estatuas. 

Pero si somos sinceros, la idolatría es mucho más cercana de lo que nos imaginamos. Sí, quizá nadie se acerque a arrepentirse y a confesarse, no sé, Padre, me acuso de idolatría. 

Y sin embargo, puede ser uno de los pecados más frecuentes, porque la idolatría comienza cuando Dios deja de ser el único centro. 

Mejor dicho, cuando en nuestra vida aparece la fórmula Dios y algo más o algo más y Dios. Mi prestigio y Dios. Mi dinero y Dios. Mis proyectos y Dios. Mi seguridad y Dios. Mi imagen y Dios. Mis planes y Dios. 

Sí, Señor, está bien, te tengo, te quiero tener presente en mi vida, pero espérate. Primero mi prestigio, dinero, proyectos…

En el momento en el que algo empieza a ocupar el lugar que sólo Dios debería ocupar, aparecen los ídolos. 

No necesariamente algo malo en sí mismo, muchas veces son cosas buenas, cosas buenas de este mundo, pero cuando las buscamos por sí mismas y no por Dios, terminan convirtiéndose en pequeños diosecillos, en pequeños ídolos que compiten con Él, que compiten con Dios, pero al revés sí, Jesús en el centro. Y todo lo demás ya puede entrar, pasar, purificarse en el corazón de Jesús. 

Si Tú estás en mi corazón, Jesús, si Tú estás en el centro de mi corazón, tu corazón está allí y todo se purifica allí, en tu corazón. Todo, todo lo noble, todo lo bueno de este mundo se puede, puede entrar ahí, claro que sí. El corazón verdaderamente libre es el que, pase lo que pase, lo orienta a Dios. 

idolatria

ABANDONARSE EN DIOS

Una vez le pasó a San Josemaría, el fundador del Opus Dei, que estaba muy inquieto porque estaba recibiendo muchas calumnias, muchas críticas de parte de personas de la Iglesia y no dormía. O sea, ¡al punto de que no dormía! 

Y un día se levantó en la madrugada, se fue al Oratorio y poniéndose de rodillas, Jesús mira lo que te dijo: —Señor, si Tú no quieres mi honra, ¿yo para qué la quiero? 

Esta anécdota es muy bonita, porque efectivamente es como abandonar todo en el corazón de Dios

Señor, Tú no quieres esto, pues entonces yo tampoco lo quiero. Tranquilo, yo me quedo. Y dice él, que a partir de ese momento, tranquilidad total. Empezó a dormir de maravilla, ya no estaba inquieto, ya no le importaba nada de lo que dijeran de él. 

Esa es la verdadera religión, cuando todo vuelve a Dios, cuando todos se centran en Dios. Y la Escritura nos muestra caminos de salida de la idolatría. Y uno de ellos aparece esta semana también en la Liturgia, la historia de Nadamán, el gran general del ejército de Siria, un poderoso, admirado, exitoso, pero leproso. 

Y entonces Nadamán llegó buscando una curación espectacular. Esperaba, no sé, gestos solemnes, palabras grandiosas, un milagro impresionante. 

Pero el profeta Liceo le manda algo súper sencillo, ve y lávate siete veces en el Jordán. Y entonces Nadamán se enfureció, ¡¿cómo así?! Eso no encajaba con sus expectativas. En su pueblo había ríos más poderosos, más importantes, el Farfar. 

¿Qué pasa? Que lo que le proponía el profeta Liceo no correspondía con la imagen que él tenía de cómo debía actuar Dios. 

UNA FORMA SUTIL QUE NO VEMOS

Y ahí aparece, otra forma muy sutil de idolatría. Cuando queremos que Dios actúe según mi esquema, según nuestros esquemas, cuando hemos construido una imagen de Dios que nos da seguridad, que podemos controlar incluso, que se ajusta a lo que esperamos. 

Eso es idolatría. Y Dios es más grande que cualquier imagen.

¿Y qué le pasa a Nadamán? Que claro, solo se cura cuando acepta dejar caer su orgullo, abandonar sus expectativas y obedecer con humildad. Cuando entra en el Jordán y se sumergió siete veces, ¿qué pasa? Su carne queda limpia y su corazón también, claro. Y entonces en ese momento va a pronunciar una de las confesiones más hermosas de toda la Escritura:

«Ahora sé que no hay en toda la tierra otro Dios que el Dios de Israel». 

Señor, qué belleza, qué bonito. Nada más lejos de la idolatría que esta confesión de fe.

La idolatría se rompe cuando Dios vuelve a ocupar el centro. Hay otra forma más profunda de idolatría que puede aparecer incluso también en la vida espiritual y hay veces también en la vida de oración, porque vamos construyendo una imagen de Dios, vamos teniendo expectativas espirituales, ideas, modos, ganas de sentir la fe o sensaciones de cómo sentimos la fe. Y eso nos da seguridad, nos hace sentir que sabemos cómo es Dios. 

¿Qué va? ¿Puede ocurrir algo peligroso? ¿Terminamos encerrando a Dios dentro de nuestras propias imágenes? No, no, no, no. Por eso el mandamiento dice:

«No te harás imagen alguna». 

DEJARME LLEVAR POR DIOS

Señor, Tú no estás en contra de las imágenes, no sé, la imagen de un crucifijo o la imagen que vemos en las iglesias, el Sagrario, ¿cierto? Pero Tú no cabes dentro de ninguna de esas imágenes. 

Ayúdame a convertirme también en esto. Rompe, Señor, todos esos ídolos, todas esas seguridades. ¿Y qué pasa? Que eso a veces da vértigo, cuando no tenemos esas seguridades, cuando no tenemos esas imágenes nuestras propias que hemos creado, pues da un poquito de susto, de vértigo. 

El verdadero signo de la presencia de Dios muchas veces, es no tener certezas humanas para poder abandonarnos en Dios. Cuando Dios entra en la vida, nos invita a caminar con confianza, sin controlar todo, dejándonos llevar. Yo me dejo llevar… 

Y así nace un corazón libre. Jesús, que yo me deje guiar por el Espíritu Santo, que pierda el mando de mi vida, que lo deje en tus manos. Y eso, hay veces produce miedo, sí, pero también produce una libertad muy grande, una libertad de espíritu muy grande. 

La idolatría tiene siempre una consecuencia interior. Es precisamente esa, encerrar el corazón, endurecer el corazón. Y aquí hay algo muy bonito también, que creo apareció también en la Liturgia de estos días, y es que dice la Escritura, me parece que es el profeta Ezequiel,

«Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne». 

idolatria

IDENTIFICAR MIS IDOLOS

Y el corazón de carne es vulnerable, porque siente, sufre, ama, se equivoca, se expone. Sería más cómodo tener un corazón de piedra, pero con un corazón de piedra, ¿quién puede ser feliz? Nadie. ¿Quién puede amar? Nadie. 

Sólo con un corazón de carne se puede amar de verdad. Y sólo quien se sabe amado puede permitirse vivir así, sin defensas. Más que sin defensas, confiado, puesto en las manos de Dios, abandonado en Dios.

Bueno, pues la Cuaresma en el fondo es exactamente esto, un tiempo para identificar nuestros ídolos y dejarlos caer. El ídolo del control, de la seguridad, de la imagen, del éxito, el ídolo de nuestros propios planes.

Y el Señor no nos pide destruir todo eso con nuestras fuerzas, no, no, no. Nos pide algo muy sencillo: escucharlo.

«Escucha mi voz y yo seré vuestro Dios».

Cuando Dios vuelve al centro, los ídolos se desmoronan solitos. 

Bueno, acudimos a nuestra madre Santa María. Siempre podemos mirar a María y aprender de ella. Ella es quizá la criatura más libre de idolatría que haya existido, porque nunca quiso apropiarse de nada. Nunca puso su seguridad en sus propios planes. ¿Qué dijo la Virgen?

«Fiat, hágase».

Dejó que Dios fuera Dios.

Vamos a pedirle en esta Cuaresma que nos enseñe a vivir así, con el corazón libre, con el corazón de carne, con el corazón completamente en Dios, puesto en Dios. Porque cuando Dios ocupa verdaderamente el centro, entonces todo lo demás encuentra su lugar.


Citas Utilizadas

Jr 7,23-28

Sal 94

Lc 11,14-23

Reflexiones

Jesús, que yo me deje guiar por el Espíritu Santo, que pierda el mando de mi vida, que lo deje en tus manos. Y que la libertad que sienta, me haga tener un espíritu muy grande.

Predicado por:

P. Santiago

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