Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José mi padre y Señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.
Hoy, Jesús, oímos en el evangelio que dicen de ti:
«¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero?»
Lo que vemos, Señor, es que llamaba la atención que tú fueses una persona —en ese caso concreto que había crecido con los que te estaban escuchando— y que tuvieses un mensaje tan bonito, tan armónico, tan jugoso, que se puede mirar desde distintos ángulos y siempre encontraremos un gran contenido, una gran profundidad. Lo cierto es que no dejaste indiferente a las personas que se cruzaron contigo, Jesús. Esta manera tuya de ser y esa huella dejada en los que te conocieron es para nosotros una invitación también a vivir, pues, como corresponde a nuestra condición de seres humanos.
Leía que un autor escribió:
«Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse».
Y esa cualidad por la que nosotros podemos efectivamente ser más parecidos a un animalito que al hombre perfecto que eres tú, Jesús, es algo que nos deja pensando, porque tenemos todos esa libertad que nos permite efectivamente ser más o menos lo que tú has querido que seamos.
Bueno, me parece que este evangelio nos lleva a que todos los que estamos ahora haciendo nuestra oración nos preguntemos si despertamos interrogantes en las personas que están a nuestro alrededor. No porque vayamos haciéndoles preguntas incómodas, sino porque nuestro modo de vivir y de hablar los lleve a preguntarse también de dónde nos viene la alegría con la que vivimos, la paz con la que procuramos intervenir o participar, la humildad que queremos cultivar, la capacidad de perdonar y de pedir perdón.

Entonces, ante esas interrogantes que pueden ir saliendo en las personas que están a nuestro alrededor, tú te estás haciendo presente, Señor. Y entonces será razonable, lógico, que también se pregunten los que están a nuestro alrededor:
«¿De dónde saca este esa sabiduría? ¿No es este el hijo del carpintero?»
Los que nos conozcan sabrán quiénes son nuestros papás, sabrán también cuál ha sido nuestra educación, cuáles han sido nuestros aficiones; conocerán nuestras mejores facetas y también las peores, pero verán el esfuerzo que vamos poniendo en imitarte, Señor, en parecernos a ti. Y entonces tendremos un gran tema de conversación precisamente cuando en los demás se despierten estas mismas preguntas:
«¿De dónde saca este esta manera de vivir, esta actitud ante la vida, este modo de mirar los problemas y la situación que nos rodea?»
Creo que nos pides, Señor, que seamos personas que vivimos cultivando una vida coherente, no solo porque nos lo propongamos y lo vayamos logrando con esfuerzo, sino porque tú has vivido así. Tú has sido el primero que has ido despertando a tu alrededor esas interrogantes y la verdad es que hay quienes nunca encontraron la respuesta y por eso te han matado.
Pues nosotros vamos a tener esta actitud que nos lleve a vivir siempre con una disposición de mirarte más, Jesús, y por lo tanto también tener una pregunta en nuestro corazón frecuentemente:
«Jesús, ¿tú qué harías en esta circunstancia?»
«¿Cómo responderías?»
«¿Cómo reaccionarías?»
«¿Qué harías con esto que se me ha quedado grabado en la memoria? ¿Lo guardarías como un tesoro o lo dejarías ir porque en realidad no sea un tesoro?»
Este vivir cerca de ti, mirándote, va a permitir que las personas que estén a nuestro alrededor también te puedan ver un poquito entre nosotros, en nosotros, y puedan efectivamente acercarse a preguntarnos: «¿cómo haces?»; y podremos contarles de ti.
San Josemaría escribió:
«Para ser más, seamos mejores. Para ser más las personas que compartimos ideales, que queremos de verdad cambiar el mundo para hacerlo un lugar mejor, seamos mejores».
Cuántas veces este consejo tú nos lo das, Señor, con tu propia vida, porque al ver que las personas te están mirando y se asombran, pues nos llevas precisamente a que nos preguntemos:
«¿Qué pasa en las personas que me ven? ¿Pueden en algún momento decir esto: «de dónde saca este esa sabiduría»?»
Ojalá que sí. Pues vamos a mirar a la Virgen Santísima como tú, Jesús, como tú, y vamos a encontrarla llena de gracia, como tú la encontrabas siempre, y que efectivamente podamos aprender de ella, en primerísimo lugar, de ese modo de vivir que es ya ejemplar. De hecho, tú mismo aprendiste de ella a vivir como ser humano aquí en la tierra. Miremos más a Jesús, miremos más a la Virgen Santísima junto a Jesús.
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación; te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José mi padre y Señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.



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