Me quiero imaginar cómo serían Marta y María. Eran hermanas, pero seguramente eran muy distintas. A una, me la imagino un poquito más seria, más práctica, de esas personas que caminan rápido porque siempre tienen algo pendiente. Incluso físicamente me la imagino, no sé, como mas “trocita” como decimos en mi tierra.
La otra me la imagino más tranquila, más serena, con movimientos pausados. Pero no les voy a decir cuál de las dos me imagino así. Eso lo dejo para que ustedes también se lo imaginen. Lo que sí sabemos es que Jesús quería un montón a las dos, muchísimo.
La casa de Betania era uno de esos lugares donde Jesús podía llegar a descansar. Allí estaban Marta, María y Lázaro; eran amigos de verdad. Entonces, Señor, se me ocurrió preguntarte algo: ¿Tú tienes preferidos?
Porque una vez, cuando trabajaba en un colegio —no sé si esta anécdota la ha contado aquí en Hablar con Jesús— , se me acercó un grupo de niñas y me dijeron: —Padre, ¿cierto que ella es tu preferida? Y señalaron a alguna de las niñas. Inmediatamente respondí: —¿Cómo se les ocurre? Yo no tengo preferidas. Todas son mis preferidas.
Bueno, y me fui y ellas también. Y después me quedé pensando y dije: —No, esas niñas tienen razón. Entonces me fui otra vez al salón y les dije: —Oigan, niñas, les tengo que decir una cosa. No les puedo decir mentiras; yo sí tengo preferidas.
Obviamente, se armó el alboroto, ¿no? ¿Quién, quién, quién? Entonces les dije: —Díganme ustedes, ¿quiénes creen que son mis preferidas? La respuesta, en el fondo, era bastante sencilla: las que más conozco, aquellas con las que más he hablado, las que alguna vez me han abierto un poquito su corazón, las que me han dejado entrar en su vida.
Porque cuando uno conoce de verdad a una persona, descubre motivos para quererla, claro. Inmediatamente les dije: —Yo quisiera quererlas a todas muchísimo.
MARTA Y MARÍA
Señor, y eso pienso también, ahora que estoy en una universidad, necesito que me ayudes, Señor, que me prestes tu corazón. Necesito querer a todo el mundo.
Bueno, pero volvemos a Betania. Jesús, Tú conoces bien a Marta y conoces bien a María. Y, ¿querías más a Marta o a María? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que las quería muchísimo a las dos. ¡Muchísimo!
Probablemente, Jesús disfrutaba también de todo lo que hacía Marta. Yo me imagino que Marta cocinaba delicioso, que Jesús llegaba a Betania y sabía que allí lo iban a atender bien.
El problema de Marta no era que estuviera trabajando. El Evangelio dice algo mucho más preciso. Bueno, el Evangelio, no; Tú, Señor, dices algo mucho más preciso:
“Marta andaba muy afanada con los muchos deberes y con muchos servicios… Jesús le dice: —Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas”
(cfr. Lc 10, 40-41).
Ahí está el problema. El problema no son las muchas cosas; es la inquietud, es la preocupación. Ese corazón que está haciendo cosas para Jesús, claro —porque está haciendo algo para Ti, Señor—, pero que en algún momento te puede perder un poquito de vista.
Algo curioso: Marta está sirviendo Jesús y, sin embargo, termina brava, enfadada. Señor, ¿uno puede servirte a ti y terminar enfadado? Incluso hasta le reclama a Jesús: Señor, no te importa que mi hermana me haya dejado sola?
Está sirviendo a Jesús, pero ya está mirando a María. Está comparando, está llevando cuentas. Yo estoy oyendo todo, ella no está haciendo nada, fíjate.
Y Jesús la mira con mucho cariño, porque la quería mucho, la conocía, la entendía. Le dice:
“Marta, Marta…”
(Lc 10, 41),
ese “Marta, Marta” el Evangelio lo pone dos veces. Pero, Señor, ¿cómo sería? ¿Cómo pronunciarías ese “Marta, Marta”? ¿Cómo la mirarías?
CONOCER PARA AMAR

Seguramente le habrías querido decir: —Oye, Marta, mírame, mírame. Yo estoy aquí.
¿Dónde está María? María, en cambio, está a los pies de Jesús; escucha, eso es todo. Jesús le dice:
“—María ha escogido la mejor parte…”
(Lc 10, 42).
Bueno, María, en ese momento sonríe un poquito. ¿Y por qué? En la Última Cena, Jesús va a decir:
“Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo…
(Jn 17,3).
Conocer, porque para amar a alguien hay que conocerlo. Y para entregar la vida por alguien hay que amarlo. Por eso, el orden es tan importante. Primero, oración; después acción. Ojo, y aquí puede estar la clave de este ratico de oración: primero oración, después acción.
Primero conocer a Jesús. Después, amar a Jesús. Entonces sí, entregarlo todo. Porque si intentamos entregar la vida sin conocer a Jesús y sin enamorarnos de Él, ojo, tarde o temprano la entrega pesa y empezamos a hacer cuentas: “Mira todo lo que hago. Mira lo que hace el otro, ¿por qué esto me toca a mí? Bueno, empezamos a compararnos.
Señor, cuando uno ha estado a tus pies, puede después levantarse y trabajar muchísimo. Incluso puede llegar al cansancio, llegar un poco a la rutina. Podemos, no sé hacer muchas cosas, las que hacemos: trabajar, estudiar, servir…
Podemos entregar la vida entera. Porque hay una música por dentro, diferente, nueva, siempre viva, siempre actual y eso es la contemplación. Qué palabra tan bonita: contemplación.
Cuando escuchamos la palabra contemplativos, pensamos en alguien, no sé, como encerrado por allá en un monasterio o en silencio, lejos del ruido o todo distraído. No, no, no.
CONTEMPLATIVOS EN MEDIO DEL MUNDO

Para nosotros, la contemplacion es en medio del mundo. Nosotros tenemos que ser contemplativos, pero en medio de la calle, en medio del mundo. No necesitamos escapar de nuestra vida para encontrarnos con Jesús.
Tenemos que encontrarlo ahí, dentro de nuestra vida: en la universidad, en el escritorio, en el computador, caminando de un lado para otro, de una clase a otra, estudiando una materia que nos cuesta un poquito más, escuchando a un amigo que necesita hablar. Y ahí está Jesús, ahí vemos a Jesús, ahí te vemos a ti, Señor.
San Josemaría, el fundador del Opus Dei, enseñó durante toda su vida precisamente esto: que las calles, el trabajo, las circunstancias más ordinarias de una jornada normal pueden convertirse en lugares de encuentro con Dios.
Señor, ayúdame. Quiero ser contemplativo ahí, en medio de la calle. Ser contemplativo significa hacer muchas cosas, sí, muchas cosas, sin perder de vista a Jesús.
Eso es lo que Jesús quiere enseñarle a Marta. Jesús no le dice a Marta: —Marta, deja de trabajar mi hija. No. Le dice: Marta, Marta, mírame, no me pierdas de vista mientras haces tus cosas. Mírame, que sepas que estoy aquí.
Qué paradoja tan grande sería pasar el día entero haciendo cosas por Jesús y olvidarse de Jesús.
Señor, pero creo algo todavía más bonito: contemplar no es solo mirarte; es dejar que tú me mires.
María está a tus pies, escuchándote. Pero también podemos imaginar esa mirada tuya hacia ella. Jesús la conoce, sabe lo que le preocupa, sabe sus luchas, sabe sus sueños, sabe lo que todavía no ha sido capaz de contarle a nadie.
María se deja conocer; ahí está la clave, Señor, que Tú me conozcas. Se deja conocer. Por eso, la contemplación comienza cuando dejamos de esconderle cosas a Dios.
LA MIRADA PUESTA EN DIOS
Jesús, ¿yo me dejo conocer por Ti? ¿Te cuento lo que de verdad llevo dentro o me paso la vida haciendo muchas cosas por Ti, pero paso poco tiempo contigo?
Bueno, volvemos a la pregunta: Señor, ¿Tú tienes preferidos? Yo creo que delante de Jesús cada uno puede descubrir algo impresionante: que me conoce personalmente y me quiere personalmente. No soy uno más, pero tengo que darme a conocer, tengo que abrir la puerta, tengo que sentarme alguna vez a sus pies…
Después sí, levantarme, porque María tampoco se quedó toda la vida sentada; no, qué va. Hay que levantarse, trabajar, estudiar, hay que servir, preparar la comida, obvio. Necesitamos las manos de Marta, pero necesitamos también el corazón de María.
Por eso, ser contemplativos en medio del mundo combina: cabeza, corazón y manos. Tener las manos ocupadas, el corazón puesto en Dios, la mirada puesta en Dios.
Vamos a terminar mirando a María, nuestra Madre. Nuestra Señora fue profundamente contemplativa y su vida estaba llena de cosas normales: una casa, la comida, la ropa, un viaje, José, Jesús, los vecinos…
Bueno, las tareas de cada día normal. María no tuvo que abandonar la vida ordinaria para contemplar a Dios, ahí lo tenía, tenía a Dios metido en su vida. Madre nuestra, enséñanos a vivir así.
Y Tú, Jesús, enséñame a conocerte, a dejarme conocer por ti, a encontrarte en todo lo que hago. Que nunca me suceda que, haciendo muchas cosas por ti, termine olvidándome de ti. Dame las manos de Marta y el corazón de María.



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