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P. FELIPE

5 min

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CON AMOR Y POR AMOR

El trabajo es un medio de santificación para nosotros. Miremos cómo lo hacía Jesús y José.

El evangelio de hoy nos propone contemplar a Jesús al principio de su vida pública. Jesús ha ido predicando por distintos lugares y vuelve a su ciudad natal. Bueno, estrictamente, no es su ciudad natal, sino la ciudad donde pasó su infancia, su juventud: Nazaret.

Ahí, la gente que lo conocía desde chico, que lo habian conocido siendo un niño, un adolescente, un joven trabajador, ahora está expectante porque viene con una fama nueva, viene como un Maestro de Israel.

El Señor va a la sinagoga el sábado; en medio de la ceremonia, se levanta, le ofrecen el rollo de Isaías para leer y ahí lee esas palabras:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido…”

(Lc 4, 18)

y sigue diciendo que esas palabras proféticas se han cumplido en Él.

La gente está muy sorprendida. Durante treinta años, Jesús había sido uno más; uno más entre muchos otros, sin llamar la atención, sin hacer cosas extraordinarias.

Era una persona normal y corriente, como tú y como yo, y ahora hace milagros, es un maestro. Todos están muy sorprendidos. La gente que lo conoce como que se restriega los ojos y se pregunta: ¿Será o no será ese el mismo que estaba en ese taller? ¿No es ese el hijo de José?

Porque Jesús había decidio, Dios, en su sabiduría eterna, había decidido pasar la mayor parte de su vida en la Tierra, treinta años oculto en las sombras. Había decidido pasar esos años trabajando, rezando, viviendo, amando; tramando en lo ordinario, en lo pequeño, en lo de siempre, con normalidad, con alegría en el día a día.

No había hecho durante esos treinta años nada extraordinario, en el sentido de milagros o predicación. Sino que había ido descubriendo y haciendo descubrir a otros lo extraordinario de la vida ordinaria: lo especial que es poder vivir lo normal como camino hacia el cielo.

UN CAMINO HACIA EL CIELO

Esa es la vida a la que nos llama Jesús a todos: lo que nos toca en cada momento, vivirlo como un camino hacia el cielo. Jesús, Tú nos lo dices ahora, en este rato de oración: no esperas cosas fuera de lo común, fuera de serie. No nos pides cosas que salen de lo normal.

Nos pides que vayamos y sembremos amor en donde estemos, que amemos con obras a Dios y a los hombres en todas las circunstancias en las que estamos. Esa es nuestra vocación cristiana. Eso nos ha querido recordar la Iglesia desde hace mucho tiempo; lo sabían los primeros cristianos.

Quizá durante un tiempo se dejó un poco de lado. Lo recordó la Iglesia con el Concilio Vaticano II y lo han ido recordando santos, papas y mucha gente a lo largo de la historia: el trabajo y la vida ordinaria son medios de santificación.

Nos sirve contemplar, ahora en este rato de oración, el trabajo de José y de Jesús.

La gente, como decíamos antes, se preguntaba: ¿no es este el hijo de José? ¿No es este el carpintero?

Bueno, nos sirve contemplar a Jesús y a José trabajadores, para ver cómo puede ser también nuestro trabajo y nuestra vida ordinaria. José y Jesús trabajaban de modo escondido, trataban de poner ese amor en lo que hacían. Ese trabajo, hecho con cariño, con amor; santificaba lo que se estaba haciendo, por amor.

Hace poco, una persona me regaló una imagen que habían hecho unas religiosas, las monjitas de Belén. Esta persona me decía: “Cuando esas religiosas hacen estas imágenes, van rezando por la persona que va a recibir esta imagen.”  Me decía esta persona: “O sea, estas religiosas han rezado por ti”.

Cuando preparaba este rato de oración, me acordaba de ese comentario: “Cuando estas personas estaban trabajando, estaban rezando por ti”. ¡Qué maravilla!

UNA ORACIÓN HECHA CON LAS MANOS

San Josemaría

En ese trabajo de Jesús, de José, seguramente ellos, cuando trabajaban, estaban pensando en ti y en mí, que vendríamos a lo largo de los siglos. Y estaban rezando, estaban transformando el mundo con sus manos. Ese mundo que nosotros viviríamos; pensando y no solo pensando, sino rezando por nosotros.

El trabajo, la vida ordinaria, son un modo de rezar. El papa Francisco, en un discurso que daba a unos trabajadores de un puerto de Génova, les decía: “El trabajo puede transformarse en un altar desde el cual podemos ofrecer a Jesús oraciones dichas con las manos.” ¡Qué bonito! ¡Qué bonita esa expresión!

“Mi trabajo puede ser una oración dicha con las manos”. Y cuando decimos manos, decimos con la cabeza, con el corazón, a través de los cuadernos, de los libros, de las planillas de Excel, de los documentos, de los informes, de la cocina, del hospital, de lo que sea…

Ahí, todo ese trabajo, toda esa vida normal y corriente, se transforma en un modo de rezar, entregarnos a Dios y de ofrecer todo eso, por alguien, por algo.

Nos puede servir preguntarnos en este rato de oración: ¿Es mi trabajo digno de ser llamado una oración hecha con las manos? Por un lado, porque mi trabajo está bien hecho, pero, sobre todo, porque trato de hacerlo con amor y por amor, buscando acercarme a Dios y acercar a otras almas a Dios a través de ese trabajo.

¿Es mi trabajo digno de ser llamado una oración hecha con las manos, entonces?

Jesús, en este rato de oración, al terminar estos minutos, te pedimos que nos ayudes a poner cada vez más cariño, más amor, más dedicación a nuestro trabajo de cada día.

EL TRABAJO ES UN MEDIO PARA ACERCARNOS A DIOS

Benedicto. Jesús, trabajo

Que me dé cuenta de que mi trabajo es un medio muy eficaz de acercarme a Dios y de acercar a muchas almas al Señor. Es un medio para ayudar a muchos a tener esa relación más íntima contigo, cuando ven que luchamos por amor, cuando podemos ir transformando todo eso en oración, cuando vivimos el trabajo con alegría, con la entrega a Dios y a los demás.

Nos sirve contemplar también a Nuestra Madre Santísima, la Virgen María. Hay un cuadro, muy bonito, de un pintor español, Murillo, que aparecen la Virgen, san José y el Niño: el taller de Nazaret.

San José tiene un pajarito con el que juega el Niño; la Virgen está como en un  segundo plano, con instrumentos de trabajo. Nos sirve contemplar a la Sagrada familia en Nazaret, a la Virgen, a san José, al Niño, en ese ambiente, con esa alegría, con esa serenidad. Se nota que están transformando todo eso en oración.

Le pedimos a Nuestra Madre, maestra del sacrificio escondido y silencioso, que nos lleve a Jesús, que nos lleve a trabajar por amor y con amor a Dios y a los demás.


Citas Utilizadas

1 Cor 2, 1-5

Sal 118

Lc 4, 16-30

Reflexiones

Te pedimos, Señor, nos ayudes a poner cada vez más cariño, más amor, más dedicación a nuestro trabajo de cada día.

Predicado por:

P. FELIPE

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