Buenos días, Señor, a ti el primero encuentra la mirada del corazón,
apenas nace el día:
tú eres la luz y el sol de mi jornada.
Buenos días, Señor, contigo quiero andar por la vereda:
tú mi camino, mi verdad, mi vida;
tú la esperanza firme que me queda.
Buenos días, Señor, a ti te busco, levanto a ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.
Buenos días, Señor resucitado, tú traes la alegría al corazón
que va por tus caminos,
¡vencedor de tu muerte y de la mía!
Buenos días, Señor…
BUENOS DÍAS SEÑOR
Hace poco escuché esta oración y me encantó, porque es decirle al Señor buenos días. ¿Cómo no le vamos a poder decir buenos días? Si es nuestro amigo, si es nuestro Padre, si es con quien hablamos todos los días, ¿cómo no lo podemos saludar? Buenos días, Señor. Buenos días. Buenos días, Jesús, Quiero que hagamos este ratico de oración, quiero que conversemos un ratico sobre el Evangelio. Así siempre lo hacemos sobre el Evangelio.
Y aparecen los apóstoles que están discutiendo quién es el más importante. Y en el fondo, Señor, los entiendo porque todos queremos ser importantes. No hay nadie en este mundo que diga no, yo no quiero ser importante. Bueno, y quizá no importante es para todo el mundo. Eso debe ser agotador.

¿ QUIÉN ES IMPORTANTE?
Por ejemplo, no sé, ser un artista o un cantante, un deportista famoso, un ciclista, una persona que la paran por la calle todo el tiempo y le piden fotos y autógrafos y no, no, no, no… ¡Qué horror! Señor, pero si queremos ser importantes para alguien, que alguien pueda decirnos, oye, me alegra que existas o me importa lo que te pasa o tengo tiempo para ti. Y eso no está mal, eso es profundamente humano, muy humano.
Y entonces, cuando tú, Señor, ves que los apóstoles están ahí discutiendo quién va a ser el más importante, pues aprovechas para darle vuelta a la pregunta. ¿Y qué haces? ¿Empiezas a darles un discurso? No, Jesús responde enseñándoles a quién deben considerar importante. La escena es muy bonita. Jesús conoce lo que están pensando. No les echa un discurso. No, no, no.
Toma un niño y lo pone a su lado. Yo me imagino la escena Señor; de pronto lo despeinas un poco, le das un cachete, le sonríes, el niño te sonríe, te hace alguna pregunta inocente. Y después miras a los apóstoles y les dices:
“El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí”.
Entonces, preparando la meditación me quiero quedar con una palabra, acoger.
ACOGER SIGNIFICA HACER ESPACIO
Tenemos que mirar a Jesús, eso es lo más importante en un rato de oración, mirar a Jesús y luego entender un poco qué está diciendo, qué quiere decir. ¿Por qué lo está diciendo en ese momento? ¿Por qué escogió ese verbo, acoger? ¿Qué significa acoger? Y creo que mirando la escena, acoger sencillamente significa hacer espacio. Espacio en mi tiempo, espacio en mis planes, espacio en mi cabeza, espacio en mi corazón.
Señor, ¿para quién tengo espacio? Porque tal vez uno de los problemas de querer ser, no sé, importante, demasiado importante, es que terminamos llenándonos de nosotros mismos. Mis planes, mis cosas, mi tiempo, mis preocupaciones. Señor, es que no cabe nadie. Y por eso Jesús pone delante de los apóstoles a un niño. Ese pequeño niño puede acoger porque no necesita ocuparlo todo.
Jesús puede acoger a ese niño. Ya, lo puede acoger. Ese niño no acapara. Pero sí, se alegra un montón porque Jesús reconoce en ese niño a alguien importante y lo acoge. Hace unos días celebré la misa en la universidad, un día normal, y entonces, pues, oh sorpresa, de repente veo que está un compañero mío de la universidad, un compañero con el que yo estudié y me gradué con él.
ES ALGO SENCILLO
Entonces, bueno, terminada la misa, cuando ya estaba en la sacristía, quitándome los ornamentos de la misa, le escribí y le dije, oye, almorcemos. Y bueno, él me dijo que sí, él trabaja también en la universidad, va algunos días, es profesor y me dijo, listo, pero tengo clase a las dos. Yo, no, no, no, tranquilo, vamos y almorzamos rápido y puedes llegar a tu clase, no te afanes. Bueno, almorzamos, conversamos muy bueno, le pregunté y le pedí sugerencias para un video que quiero hacer.
Y bueno, ya después le pregunté, ¿y dónde tenés la clase? Me dijo, no, en la biblioteca. Y me sorprendió porque yo no recuerdo que en la biblioteca haya salones. Y bueno, sí, me dijo, sí, tengo la clase en la biblioteca, pero no es propiamente una clase con muchos estudiantes, es una clase para una sola estudiante. ¿Y qué le enseñas? Le pregunté, y me dijo Excel. Ah, bueno, chévere. Bueno, venga, yo lo acompaño.
La biblioteca queda de paso hacia el oratorio y bueno, hasta ahí todo normal. Pero después me contó un detalle y es que la estudiante era, bueno es, invidente, es ciega. Y me quedé pensando… en la escena. Una biblioteca, un computador, Excel, un profesor, una estudiante. Bueno, evidentemente no quiero convertir al profesor en un héroe ni mirar a la estudiante con lástima. No, no, no, no. Me interesa algo mucho más sencillo. Alguien hizo espacio a alguien y eso es acoger, eso es acoger.
¿ A QUIÉN ME ESTÁS PIDIENDO ACOGER HOY?
Quizá uno podría pensar una hora para una sola persona. Pues sí, una hora para una persona. Para Jesús nunca existe solamente una persona. Y aquí el Evangelio se vuelve un poquito más fuerte. Porque Jesús no dice simplemente, sean buenos con los demás. Dice,
“el que acoja a este niño en mi nombre, me acoge a mí”.
Es impresionante, Jesús se esconde en una persona concreta. Entonces, esa persona que aparece hoy en mi camino, puede ser más importante de lo que parece, porque ahí está Jesús.
Tal vez yo estoy esperando encontrarme con Jesús en la oración, en la misa, en el Evangelio. Y claro, claro que está ahí, pero resulta que después Jesús se me acerca disfrazado de alguien que necesita un poquito más de mi tiempo y yo puedo pasar de largo. Señor ¿a quién me estás pidiendo acoger hoy? ¡No mañana, hoy!
En el Evangelio de hoy después aparece Juan y le dice:
“Maestro, hemos visto a uno que expulsa demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido porque no anda con nosotros”.
Los nuestros y los otros… Y Jesús, tú vuelves a ensancharles el corazón:
“No se lo impidáis”.
No les dice nada más. No se lo impidáis. Porque también acoger significa que mi corazón no sea un club cerrado.
SUCEDE ALGO INVISIBLE
Vámonos otra vez al niño. Me gusta imaginar a Jesús tomándolo de la mano. Los apóstoles estaban preocupados por saber quién ocupaba el primer puesto. Y Jesús pone en medio a alguien que probablemente nadie estaba mirando. Y parece decir, este importa. Tal vez hoy podríamos pedir una gracia muy sencilla, tener un corazón donde alguien más pueda caber. No hace falta cambiarle la vida a cincuenta personas, quizá basta una, una, una persona a la que podamos decirle con nuestra manera de tratarla, aquí cabes.
Y qué bonito pensar que cuando hacemos eso sucede algo invisible, acogemos a esa persona, pero acogemos a Jesús y Jesús dice que al acogerlo a Él, acogemos también al Padre.
“Quien me acoge a mí, acoge al Padre”.
Nuestra Madre hizo exactamente eso. María tuvo espacio para Dios. Y porque tuvo espacio para Dios, tuvo espacio para los demás. Madre nuestra, enséñanos a tener un corazón como el tuyo. Y tú, Jesús, muéstrame hoy quién necesita encontrar un poquito de espacio en mi vida.





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