Llevamos una semana en la que Jesús nos va dando pistas del sentido de nuestra vida y leíamos, por ejemplo, el martes esas palabras que decía:
«La mies es mucha y los obreros son pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de mies que envíe operarios a sus campos»
(Mt 9, 37-38).
Y hoy en el evangelio es Jesús que reúne a sus apóstoles y los envía a la misión, los envía a curar, los envía a predicar la llegada del Reino de Dios.
Pienso que nos puede servir a ti y a mí que estamos ahorita en este momento platicando con Jesús. Yo lo estoy haciendo mirando directamente al Señor en el Sagrario, tú lo estás haciendo quizá manejando, quizá sentado, sentada en tu casa mirando un crucifijo, una imagen de la Virgen o los dos.
No importa las circunstancias. Lo importante en primer lugar es que te detengas un ratito a considerar esta idea central: que tú y yo somos enviados por Cristo. Y no sólo enviados, así como en general, sino somos enviados por Jesús en las circunstancias en las que nos encontramos.
No sé por qué tengo, de manera muy paradigmática, la ciudad de Calcuta como un lugar de misión, quizá por las misioneras de la Madre Teresa de Calcuta y el enorme cariño que les tenemos en el mundo entero, porque es una labor tan bonita, tan pura, tan auténtica, tan sobrenatural.
Es una gracia de Dios muy grande porque no sólo están en Calcuta, sino están en el mundo entero, estas hermanitas de la caridad a los que queremos con todo el corazón.
NUESTRO CALCUTA
Pero a veces se nos olvida que tú y yo también tenemos nuestro Calcuta, porque podemos pensar: “si yo fuera una misionera de la caridad…” y quizá lo puedes ser, quizás el Señor te lo está pidiendo.
No descartes nunca esa posibilidad de ser una misionera de la caridad, una numeraria o numerario del Opus Dei, un sacerdote religioso de alguna congregación, un sacerdote diocesano, un supernumerario, un ministro extraordinario de la comunión… o lo que tú quieras.
Más que lo que tú quieras, lo que Dios quiera, porque para eso es la oración: para mirar a Jesús y preguntarle: “Señor, ¿Tú qué quieres de mí? ¿Cuál es tu voluntad en mi vida? ¿Cómo puedo tener esa disponibilidad total para hacer tu labor en este mundo?” Y levantar mirada y mirar lo que tienes frente a ti.
Ahí está tu Calcuta: en tu esposo, en tu esposa, en tus hermanos, en tus hijos, en tus amigos… y que tengas esa alegría de compartir el espíritu del evangelio del que habla hoy Jesús:
«gratis lo recibiste, dadlo gratis»
(Mt 10, 8).

DARLO GRATIS
Hemos recibido gratuitamente la fe por diversas circunstancias, quizá tú eres un converso o quizá no. Todos somos conversos, porque de alguna manera todos, aunque nos bautizaron de chiquitos a la mayoría de los oyentes de este audio, siempre llega un momento de quiebre; no uno sino varios, de conversión, de determinación.
Es decir, decídete a compartir tu vida de manera gratuita con los que tienes a tu lado, a dar tu vida por ellos, a gastar tu vida, a gastar cada una de tus disposiciones, cada una de tus fortalezas, cada una de tus facultades, muy alegre por cada una de las personas que Dios ha puesto a tu lado y con una alegría que es muy evangélica.
Porque es como tener esa seguridad de que eres el que se sacó la lotería, eres el más afortunado del mundo por haber recibido de Dios esa vocación allí, precisamente donde estás, en esas circunstancias de trabajo, de familia.
Que no se te olvide esto que Jesús le está diciendo hoy a los apóstoles y nos lo está diciendo a todos: Ve a dar gratis todo aquello que tú has recibido.
DIOS SE SIRVE DE CADA UNO
Me platicaba un amigo, que el otro día fue a rezar y traía en su corazón una intención especial que le preocupa, que le agobia, que muchas veces le quita paz.
Entonces se acercó al presbiterio de la iglesia y a un lado se encontró un nichito de la Virgen del Carmen. Se puso de rodillas en el reclinatorio y la tenía justo a la altura de su cabeza y se puso a rezar con mucha devoción, con mucho fervor pidiéndole a la Virgen por esa intención y se fue contento, se fue tranquilo, con esa seguridad de que la Virgen lo había escuchado.
Volvió al día siguiente y al día siguiente. Y el tercer o cuarto día estaba esperando que abrieran la iglesia y en eso se acercó una mujer que él la juzgó mal al principio, dijo: “es una señora que me viene a pedir dinero, a ver qué le digo porque no tengo”.
Él estaba todavía en el estacionamiento, la señora se acercó y él bajó la ventana de su carro y ella le dijo:
“me da mucha alegría verlo”
y él pensó: “ah caray, ¿de qué nos conocemos?” Y ella sin detenerse, le dijo:
“es que yo a usted lo he visto rezar y lo he observado a la distancia rezarle a esa Virgen del Carmen y créame que me ha conmovido y que me ha servido muchísimo para mi vida interior. Nunca pensé que lo iba a volver a ver, pero me hice el propósito de que, si lo volvía a ver en alguna otra ocasión, venir a darle las gracias porque me transmitió esperanza y me transmitió confianza”.
Qué bonito, cómo el Señor se sirve de ti y de mí, incluso aunque no lo sepamos, incluso aunque hacemos cosas que no las hacemos porque nos vea la gente, pero Dios se sirve de todo, de todo.

EL AMOR
Estamos ya terminando nuestra oración y vamos a pedirle al Señor esta gracia, de poder llevar el mensaje del evangelio, de la alegría, de la vida de Cristo, de la dicha de haber recibido toda la compasión y toda la misericordia de Dios a otras personas y que podemos quererlas como Él nos quiere.
Porque al final de cuentas eso es el amor: recibir la vulnerabilidad de otra persona sin juzgarla y estar dispuestos a acompañarlos, a quererlos. Quizás por eso el Señor nos quiere tanto cuando nos ve más vulnerables.
Terminamos así, ofreciéndole, junto con la Virgen, nuestra vulnerabilidad física, quizá por algún tema de salud o anímica por algún tema también de salud o cualquier situación que tengamos en nuestro corazón lo ponemos en manos del Señor, llenos de esperanza y de confianza de que el Señor se sirve de nuestra vida para que llevemos ese mensaje a muchas personas.
Un mensaje de alegría, un mensaje de paz y que lo hagamos gratis, con esa conciencia de que somos misioneros, no siempre llamándonos misioneros, pero con esa conciencia firme de que lo somos.



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