Recuerdo que cuando yo era chico, había un juego en el que se paraba alguien y decía: ¡Ha llegado carta! Y todos respondían a coro con ilusión: ¿Para quién? Y el que había hecho la pregunta decía el nombre de uno de los niños que se levantaba para ir a recibir su mensaje.
Este juego me vino a la cabeza cuando leía el evangelio que nos toca comentar hoy, porque hay pocas cosas que nos hagan tanta ilusión como recibir un mensaje, una carta, una invitación a una fiesta, sea cual sea la edad del que está recibiéndolo.
Es alguien que ha pensado en nosotros, que nos ha querido enviar un mensaje, que nos ha querido invitar a participar con él de una fecha importante, de una celebración y quiere contar con nosotros para ese momento.
Al mismo tiempo, por el otro lado, también algo parecido sucede cuando a alguien le toca organizar una celebración.
UNA FIESTA
Pensaba en una hermana mía que celebrará su matrimonio dentro de unos días y he sido testigo de parte de la organización. Con qué dedicación los novios eligen el lugar, cuidan los detalles y preparan la lista de invitados. Estoy seguro de que una de las cosas que más ilusión les hace es ver llegar a los amigos, a la familia y encontrarse con ellos en ese día tan especial.
Por eso, nos podemos imaginar también la decepción del que prepara una gran fiesta, pero descubre que sus invitados no quieren asistir.
Ha pensado en ellos, ha preparado todo con ilusión, ha reservado un lugar para ellos y cuando llega el momento, empiezan a aparecer las excusas: uno tiene otra cosa que hacer, otro prefiere ocuparse de sus asuntos, otro considera que hay algo más importante… ¡Qué frustración!
No es solamente que la fiesta va a tener menos asistentes, es que esas personas parecen no valorar el regalo que se les está ofreciendo.
Y esta es la escena que Jesús nos presenta en el Evangelio.
EL BANQUETE
Es un hombre, un gran rey, que prepara un banquete para su hijo e invita a mucha gente. Y cuando todo está listo, envía a su sirviente para anunciar a los invitados: ¡Vengan, todo está preparado!
La mesa está puesta, la comida está lista, la celebración puede comenzar, pero los invitados van a empezar a excusarse, uno tras otro. Uno compra un campo, quiere ir a verlo; otro ha adquirido una yunta de bueyes, quiere probarlas. Un tercero acaba de casarse y tampoco puede acudir.
Lo que sorprende es que ninguna de esas cosas en sí misma es mala, sino que, ante una invitación extraordinaria, los invitados prefieren quedarse en sus propios asuntos. No aprecian lo que se les está ofreciendo. Están ocupados con sus planes y no son capaces de descubrir la oportunidad que tienen delante.
Y aquí comienza a aparecer el sentido más profundo de la parábola: Jesús está hablando del Reino de Dios, de la invitación que Dios dirige a cada uno.
Porque nosotros también hemos sido invitados a un banquete, no a una celebración cualquiera de aquí de la tierra, sino a la fiesta más grande que podemos imaginar: la comunión con Dios, una vida de amistad con Él que comienza aquí en la tierra y está llamada a alcanzar su plenitud en el Cielo.

ESTAMOS INVITADOS
Dios quiere que seamos felices y nos invita a participar de su propia felicidad. No se limita a decirnos desde lejos lo que deberíamos hacer. Nos llama a estar con Él, a compartir su vida, a descubrir el amor para el que hemos sido creados.
Nos invita a la santidad, que no es otra cosa que vivir plenamente unidos a Él, aprendiendo a amar como ama Jesucristo.
Pero también nosotros podemos comportarnos como esos invitados. Quizá uno no se imagina rechazando directamente la invitación de Dios. No se nos ocurriría decirle que no queremos estar con Él, pero en la práctica a veces podemos ir aplazando esa invitación.
Tenemos nuestros planes, nuestras preocupaciones, nuestras aficiones, nuestras seguridades.
Queremos seguir a Jesús, pero sin que cambie demasiado nuestra vida, de modo que casi sin darnos cuenta, podemos terminar viviendo como si nuestra vida fuera más importante que la invitación de Dios.
ATREVERSE
Hay una escena de la película Matrix que puede ayudarnos a comprender esta decisión.
El protagonista, Neo, tiene que elegir entre dos posibilidades: seguir viviendo en el mundo que conoce o descubrir una realidad mucho más profunda que transformará por completo su manera de entender las cosas.
Es una decisión que implica dejar atrás seguridades, aceptar que no sabe todo y atreverse a entrar en un nuevo mundo. No puede descubrir esa realidad si se aferra a permanecer exactamente donde está.
También nosotros nos encontramos de alguna manera ante una elección que implica un cierto riesgo.
Podemos seguir amarrados a nuestra pequeña manera de organizar la vida, intentando que Dios ocupe solamente un espacio pequeño, lo que nos sobra o podemos aceptar esa invitación y descubrir que nos está ofreciendo algo mucho más grande que cualquier cosa que nos podíamos imaginar.
La diferencia es que Dios nos invita al mejor banquete posible, porque nos conoce, sabe para qué nos ha creado y nos ama.
Él ve la felicidad que nosotros buscamos a oscuras y sabe que solamente podremos encontrar plenamente esa felicidad cuando aprendemos a salir de nosotros mismos y a entregarnos por amor.
DESCUBRIR ALGO MUCHO MEJOR

A veces pensamos que la santidad consiste sobre todo en renunciar a ciertos gustos, ciertos planes, nuestras comodidades… Y es verdad, seguir a Cristo exige renuncias, exige negarnos un poco a nosotros mismos. Pero esta parábola nos ayuda a descubrir que esas renuncias no son el centro.
Nuestra yunta de bueyes, nuestro matrimonio que acabamos de comenzar, ese campo que hemos comprado, no son el centro. Lo importante no es aquello a lo que renunciamos, sino la alegría a la que estamos llamados.
Cuando alguien acepta una invitación a un matrimonio, deja de hacer otras cosas, pero no vive esa decisión como una pérdida, sino como una gran ganancia. Va porque quiere compartir la alegría de esas personas que lo han invitado.
Algo semejante ocurre con nuestra respuesta a Dios. Dejamos algunas cosas porque hemos descubierto algo muchísimo mejor y esto se concreta en nuestra vida ordinaria.
PONER ATENCIÓN
Quizá hoy Jesús te está haciendo una invitación a dedicar un poco más de tiempo a la oración o un mejor tiempo a la oración.
Que salga al encuentro una persona que necesita ayuda, alguien que está a tu lado y que está sufriendo; que perdone a alguien, que dé un paso de generosidad, que viva con más desprendimiento mi vida normal, que tome en serio una llamada que hace tiempo vengo percibiendo pero que no me atrevo a dar el paso.
Y a veces nosotros ante todas estas llamadas de Dios respondemos: Ahora no, más adelante, cuando tenga tiempo, cuando las circunstancias sean mejores, cuando resulte más fácil…
Pero Jesús te está llamando hoy. La invitación de Dios es ahora, en este momento. Después, quizá no tengas la oportunidad.
No se trata de dejar todo botado. El campo, los bueyes, la familia de la parábola representan realidades que pueden ser buenas y pueden ser compatibles, pero no se pueden convertir en excusas para dejar de escuchar a Dios.
La santidad no está fuera de nuestra vida ordinaria, sino en aprender a vivirla con Él. Compatibilizando todas esas cosas con el amor de Dios, poniendo el amor por encima de nuestro egoísmo y reconociendo las oportunidades que nos ofrece cada día el Señor.
DAR LA CARA
Quizá hoy el Señor no te está pidiendo una decisión extraordinaria, sino empezar con algo pequeño; como decíamos, reservar un tiempo concreto para estar con Él, dedicarnos con más cariño a alguna persona, cumplir una tarea que nos cuesta por amor a Dios…
Lo importante es dar la cara, no responder con una excusa, sino aprender a reconocer la voz del Señor y confiar en que su invitación conduce a la verdadera felicidad.
Al final la parábola nos pone ante una decisión: podemos quedarnos con nuestros pequeños planes, nuestras seguridades, aquello que creemos que nos hará felices o podemos aceptar la invitación de Jesús: lanzarnos al vacío y atrevernos a descubrir una vida mucho más grande.
Podemos terminar este rato de oración pidiéndole al Señor que nos acostumbremos a escuchar sus invitaciones, pero no dejarlas sin responder.
Que no nos escondamos detrás de nuestras ocupaciones, nuestras cosas, nuestras tareas, nuestros trabajos, no dejar para mañana lo que podemos responder hoy.
Que descubramos la grandeza de la llamada del Señor y la felicidad que podemos encontrar precisamente ahí, que no tengamos miedo de aceptar la invitación del Señor, que nos atrevamos a amar y que descubramos desde ahora la alegría de ese gran banquete.
Se lo pedimos por intercesión de nuestra Madre santísima, que ella supo aceptar esa invitación y es ahora la más feliz, la llena de gracia, la que está más alto en el Cielo.



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