AQUEL QUE AMAS…
Te comparto un relato que nos ayuda a meternos en la escena: “Hablando con Jesús nos encuentra el enviado de Marta y María. Llega cansado, con los pies cubiertos de barro seco.
«—Por fin te encuentro Rabbí, te estaba buscando». El criado hace una profunda reverencia y transmite su embajada:
«—Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo».
El enfermo es Lázaro, el hermano de Marta y María…
«Al oírlo, dijo Jesús: —Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó que estaba enfermo se quedó aún dos días más en el mismo lugar».
El Señor permanece dos días más en Perea, rezando por Lázaro, por Marta y María.
Me quedo pensativo. Tengo cierta envidia de Lázaro, que está tan metido en el corazón de Jesús. Mientras observo correr las aguas del Jordán, medito las palabras del siervo:
«Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo».
Señor, mírame a mí. Mira mi enfermedad, mira mi pobre alma, no tengo virtudes, no tengo nada para cubrir mi fealdad. Mira mi persona, es débil, llena de llagas, atacada por la fiebre de las pasiones, floja para superar su debilidad. Mírame y ámame. Deseo ser tu amigo, el que amas está enfermo. Haz algo ¡¿A qué esperas Jesús?!
Cúrame, sáciame, ven a mí, méteme en tu Corazón. No esperes a que yo vaya a ti, ven Tú, porque estoy muerto, no puedo caminar, ni moverme, ni respirar. Ven a mí, no ves que ni siquiera puedo llamarte, ven a mí porque Tú me amas y este motivo ya es suficiente. ¡¿A qué esperas Señor?!
MUERE SU AMIGO
Pasan dos días. (…) Jesús nos dijo:
«—Vamos otra vez a Judea».
Los discípulos le recuerdan (…):
«—Rabbí, hace poco los judíos te buscaban para lapidarte, ¿y vas a volver allí? (…) Entonces Jesús les dijo claramente: —Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean; pero vayamos a donde está él».
La decisión del Maestro es irrevocable. Si Jesús tiene que morir, no nos importa morir con Él.
«—Tomás, llamado también Didimo, dijo a sus compañeros: Vayamos también nosotros y muramos con él».
La aldea de Betania está a 15 estadios (3 kilómetros) de Jerusalén…
“La casa de Lázaro estaba de luto, se veían numerosos visitantes que habían ido a dar el pésame. Marta, con la ayuda de una sirvienta, acudía con la comida y la repartía. Tenía los ojos enrojecidos y apretaba los labios con fuerza. Pero cuidaba que a los invitados no les faltara nada. Había pensado en todo y no omitía detalle. Ahogó su dolor en el trabajo. En cambio, María estaba sentada en un banco, en un rincón solitario del jardín… Alguien entró en la casa gritando…: —¡Marta! ¡Marta! ¡Ha llegado el Maestro!
Marta estaba más cerca y salió la primera. Yo la seguí… Marta corrió hacia Él y se echó a sus pies. Sus brazos, que soportaban tan enérgicamente todo el trabajo de la casa, se volvieron débiles, temblorosos, femeninos. Lloraba en silencio, postrada a sus pies. Él se inclinó y le acarició suavemente la cabeza. Luego ella alzó la y le miró. Su voz, tan dominada en presencia de los invitados, se quebraba ahora.
ÉL RESUCITARÁ
— Si hubieras estado aquí, Rabbí, Lázaro no habría muerto… —sollozó—. Pero sé —hablaba conteniendo las lágrimas— que aun ahora cualquier cosa que pidas al Altísimo, Él te la concederá…
Asintió con la cabeza y dijo… —Tu hermano resucitará. —Sé que resucitará —siguió diciendo ella, sumisa—. Lo que dicen los doctores y así lo enseñas Tú, Rabbí: resucitará el último día.
Con suavidad y firmeza a la vez, las manos sobre los hombros de ella, la apartó ligeramente, como si quisiera contemplar sus fieles ojos, y dijo: —Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, vive aunque haya muerto, y quien vive ya no morirá. ¿Tú crees esto, Marta?
Sus ojos se encontraron; ella le miraba con fe y sumisión. —Lo creo, Rabbí —contestó. Y de pronto, con una fuerza insólita en una mujer, exclamó—: Y creo que Tú eres el Mesías, el Hijo del Altísimo que ha bajado del cielo (..).
Pero en aquel momento salió de la casa un grupo de gente delante de la cual iba María. Ahora ella se postró a sus pies. Le saludó con las mismas palabras que su hermana: —¡Oh Rabbí! si hubieras estado aquí, Lázaro no habría muerto…” (Jan Dobraczynski, Cartas de Nicodemo).
Fue en aquel momento cuando Jesús dejó que todo el amor de su corazón por Lázaro saliera al exterior. No le importó que todos le vieran conmovido y dolido por la muerte de un amigo. Él se mantuvo fuerte para dar valor a las dos hermanas, pero ahora su corazón de hombre lloraba por la pérdida de Lázaro.
EL LLANTO DE JESÚS
«Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció en su interior, se conmovió y dijo: ¿Dónde lo han puesto? Le contestaron: Señor, ven y lo verás. Jesús comenzó a llorar. Decían entonces los judíos: Miren cómo le amaba».
Jesús llora como un niño. Llorando va andando hacia el sepulcro de Lázaro.
Llanto de Jesús. Lágrimas de amor. Su dolor es grande como el mar, porque su amor abarca el universo entero. Lágrimas del Señor por un amigo. Lágrimas de Dios por todos los que lloran y están tristes y afligidos. Sollozos de Jesús por los que no tienen consuelo, por los que han perdido un ser querido, por los que no conocen el amor de Jesús por ellos.
«Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra».
El Señor se acerca. Marta y María, a su lado, no se separan de Jesús. Detrás, a unos metros, nosotros y los que habían ido a dar el pésame a las hermanas.
«Jesús dijo: —Quiten la piedra».
Con delicadeza, Marta le dijo:
«Señor ya hiede, pues lleva cuatro días muerto».
Sufre por Jesús, sufre por Lázaro.
Mi alma, Dios mío, también hiede por el pecado. Fuera de Ti, está la muerte, fuera de Ti, la podredumbre y descomposición. Pero Tú no tienes asco y vienes a mí que, atado por las vendas de mi pecado, estoy muerto en una cueva oscura cuya salida está sellada por la impenitencia.
¡LÁZARO, SAL FUERA!
«Le dijo Jesús: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
“No se opuso más. Hizo una señal a los criados. Cuatro hombres fuertes cogieron la piedra y, con un esfuerzo enorme, la sacaron fuera. Salió del interior una corriente de aire frío y olor a perfume mezclado con el insoportable hedor de un cuerpo en descomposición. El Maestro abrió los brazos y levantó la cabeza” (Jan Dobraczynski, Cartas de Nicodemo).
«Gritó con voz fuerte: ¡Lázaro, sal fuera!»
Le hablaba como si hablara con uno que está vivo… Pasan unos segundos. Nadie dice nada. El grito de las dos hermanas, que caen de rodillas, hace que nos fijemos más en la gruta.
Un bulto blanco, inmóvil, espera a la entrada. Las vendas cubren, desde la cabeza hasta los pies, el cuerpo del difunto. Alguna fuerza sobrenatural lo ha subido por los peldaños, labrados en la piedra del sepulcro.
«Y el que estaba muerto salió atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario. Jesús les dijo: Desatenlo y déjenle andar».”
(Para todo: cfr. Acercarse a Jesús, Cuaresma-Semana Santa, Josep María Torras).
Ese es el amor de amistad de Jesús. Tú y yo queremos ser sus amigos…




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