EL ORIGEN DEL AMOR
Jesús, comenzamos este rato de charla contigo. Y quizás nos venga el domingo en el que ya hayamos ido a misa, ya habíamos escuchado el evangelio de hoy, en donde un doctor de ley se te acerca a poner a prueba y te dice: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?»
Y tú no dudas, dices inmediatamente: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el principal y primer mandamiento y el segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (). Y aquí Jesús nos surge de golpe una pregunta muy humana que podría ser.
Defender este se puede mandar amar a alguien, se puede obligar a amar a alguien y piénsalo un segundo si un desconocido se acerca a ti por la calle o en la oficina y de repente te exige “quiéreme, tienes que amarme” lo mirarías desconcertado, pensarías “estuve en contra de mi libertad, ¿qué le pasa? Este hombre está loco” porque el amor no se puede imponer.
O un presidente que haga un decreto para que todo el mundo le ame sería ridículo.
Sin embargo, la cosa cambia por completo cuando lo ponemos en una perspectiva distinta. Fíjate cuando un padre bueno y sacrificado que se ha desvivido noche y día por su hijo, lo mira a los ojos en un momento de distanciamiento y le dice. “Hijo, quiéreme y déjate querer”. Esa ternura no le está imponiendo una tiranía.
AMOR CONCRETO
Al contrario, le está recordando una relación previa de amor, le está pidiendo que reconozca la verdad de su vínculo. Y con Dios ocurre exactamente lo mismo. No es un extraño engreído que exige un tributo, sino que es el Padre que nos amó primero.
Ya lo entendían así los Padres de la Iglesia, debe sonar San Bernardo de Claraval, que tiene un texto que se llama El tratado sobre el amor a Dios, en donde básicamente se hace esta misma pregunta y responde ¿Cuál es la causa para amar a Dios?
Dios mismo. Y ¿cuál es la medida de ese amor? Amar sin medida. Nadie puede exigir un amor que no ha sembrado antes, pero Dios nos manda a amar porque Él nos amó con gratuidad absoluta antes de que existiéramos.
SAN JUAN CRISOSTOMO
San Juan Crisóstomo añade una imagen bonita al comentar este mismo pasaje: “Cuando un padre le dice a su hijo pequeño: dame la mano y mírame con cariño, él no busca enriquecerse con el afecto del niño, le manda porque sabe que sin esa unión el hijo se extravía y se cae”. Por eso encontramos este mandato supremo en el pueblo judío.
Lo leemos en el libro de Deuteronomio. Lo hemos comentado muchas veces en Hablar con Jesús, se trata del Shemá Israel, ese texto que se traduce por “escucha Israel” y dice:
«El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo, amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,
con todo el alma y con todas las fuerzas» (Dt 6, 4-5).
Fíjate en el orden, antes del “amarás” está el: escucha Israel, amarás a Dios… porque para amar a Dios primero hay que afinar el oído, hay que contemplar lo que Él ha hecho por nosotros.
Dios no manda el amor con el látigo del tirano, sino con la autoridad del Padre que ha derramado toda su vida en nosotros. Benedicto XVI abordó esta aparente paradoja, también en un documento que se llama la Deus Caritas est que dice:
“se puede mandar el amor, el amor no es sólo un sentimiento, los sentimientos van y vienen, en cambio el mandamiento del amor sólo es posible porque antes no es una exigencia sino un don. Dios nos ha amado primero”.
Gracias Señor porque Tú nos amas primero, porque Tú estás siempre detrás, por eso que cualquier espiritualismo desencarnado está también cubierto por eso, porque el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento.
PRACTICA DEL AMOR
Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, en el otro veré solamente al prójimo y no saber reconocer en ese prójimo la imagen divina, pero si en mi vida omito por completo la atención al otro, queriendo ser sólo piadoso, sólo rezando, la relación con Dios también se marchita.
Aquí llegamos a la prueba de fuego que san Juan expresa de una forma tajante, dice: «quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (Juan 4, 20-22).
En la primera carta del apóstol san Juan no hay trampa, no hay cartón. El prójimo visible es el termómetro infalible de nuestro amor a Dios, a ese Dios invisible.
AMAR AL PRÓJIMO
Aterricemos esto en un domingo cualquiera como hoy. Es muy fácil sentirse lleno del amor de Dios en un templo en silencio, con una luz tenue, con la música de órgano de fondo y ahí todos amamos a la humanidad entera.
Si el padre además se manda una homilía fácil de entender e inspiradora, la gente sale bien y además si no lo hace entre dos horas, sino que es una misa dinámica, la gente sale contenta. sale contenta.
Ahora el problema viene dos horas después, cuando sales de ahí y en la autopista te corta el paso de forma imprudente algún rápido y te sientes con el impulso de seguirle con furia o cuando en tu casa tu cónyuge o tus hijos dejan la toalla tirada por tercera vez en el día, cuando llama por teléfono esa persona pesada de la oficina que siempre arruina el descanso del fin de semana…
BANCO DE AMOR
Ahí es donde san Josemaría nos baja a la tierra con esa santa audacia y nos dice: “No digas que eres piadoso si no sabes convivir, si eres egoísta en tu casa, si no sabes ceder ante las opiniones ajenas, porque amar a Dios es amar a las criaturas por Dios”.
El amor no son sólo palabras bonitas porque obras son amores y no buenas razones. Y en surco remataba también san Josemaría “¿Quieres saber si amas a Dios? Mira si amas al que tienes al lado, especialmente cuando te resulta antipático”.
O te hace perder el tiempo. Jesús, Tú no nos pides un amor de museo ni un misticismo etéreo. Nos llamas a amar a tu Padre Dios con todo el corazón, que significa sonreír cuando estamos agotados, escuchar con auténtico interés a quien nos habla de sus problemas cotidianos, de no guardar rencor con los pequeños roces de la convivencia. Señor, ayúdanos.
Ponemos este propósito en manos de nuestra Madre santa María, la mujer del Shemá perfecto, que supo escuchar la palabra y guardarla en su corazón para servir con presteza a su prima santa Isabel.
Haznos, señora, esa pregunta:
¿Quién es la persona de mi entorno más inmediato que hoy necesita una muestra concreta de cariño? De paciencia o de perdón y Señor, ayúdanos a no dejar mañana ese detalle de atención, eso que es la mejor forma de darle gloria a Jesús, cumpliendo este mandato de amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.



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