«En aquel tiempo, el rey Ezequías se enfermó de muerte y vino a verlo el profeta Isaías, hijo de Amós y le dijo: –esto dice el Señor: arregla todos tus asuntos porque no te vas a aliviar y te vas a morir»
(2Re 20, 1).
Es una dura noticia. Imagínate que se acerca el profeta y te dice eso a ti; que supieras que te vas a morir. Todos sabemos que nos vamos a morir.
Recuerdo aún mis clases de lógica en la preparatoria que estudiábamos los silogismos de Aristóteles y uno era: “todos los hombres son mortales. Sócrates es hombre, por lo tanto, Sócrates es mortal”.
Y así como Sócrates murió, todos los hombres vamos a morir. Pero quizá vemos la muerte como algo lejano. No sabemos cuándo nos vamos a morir.
Sabemos que la vida es un don de Dios. En este caso el profeta va y le dice al rey:
«vas a morir».
Dios ya lo determinó. Y esta verdad nos debe dar paz. La vida es un regalo que Dios nos da y vamos a morir cuando Dios quiera.
BOSCO GUTIÉRREZ
Esta verdad la tenía muy en su corazón Bosco Gutiérrez, aquel arquitecto que secuestraron hace ya varios años y que supo, con la ayuda de Dios, gestionar su secuestro y aprovechar el tiempo que estuvo ahí.
Tenía una rutina para cada día, hacía ejercicio, rezaba y hasta trabajaba. ¿En qué trabajaba? En cómo escaparse. Es una historia increíble.
Cuando estos hombres, sus secuestradores, lo trataban de atemorizar y se presentaban en su presencia con sus metralletas, él no se asustaba y ellos se admiraban y decían: “¿por qué no te asustas? ¿No sabes que te puedo matar cuando queramos?”
Y él les decía: “yo no voy a vivir ni un minuto menos, ni un minuto más del que Dios diga, no el que ustedes digan. Mi vida está en manos de Dios y yo voy a vivir tanto como Dios quiera”.
Eso nos debe dar mucha paz porque nuestra vida no depende de circunstancias.
Pero en este caso es Dios el que le dice a través del profeta a Ezequías: ya se te acabó, se te acabó el veinte, se te acabó el hilo.

Mira cómo el salmo expresa el sentimiento ante esta certeza:
«yo pensaba que a la mitad de mi vida tendría que dirigirme hacia las puertas del abismo y me privarían del resto de mis años. Yo pensaba que ya no volvería a ver al Señor en la tierra de los vivos y que ya no volvería a ver a los hombres entre los habitantes del mundo. Levantan y enrollan mi vida como una tienda de pastores, como un tejedor tejía yo mi vida y me cortaron la trama»
(Is 38, 10-12).
Se me acabó el hilo. Estaba tejiendo mi vida y de repente ya no hay hilo, se acabó.
Me llama la atención cómo en este salmo, (que no es un salmo propiamente, aunque se reza como el salmo de la misa de hoy, que es del profeta Isaías también) dice: «yo pensaba que la mitad de mi vida tendría que dirigirme hacia las puertas del abismo, que me privarían del resto de mis años. Yo pensaba que iba a vivir más años».
Todos pensamos que vamos a vivir muchos años. Señor, regálanos muchos años. Tenemos expectativas, tenemos proyectos, pero ¿qué es lo importante? ¿Qué es lo que no debo dejar pasar de tal forma que, si se acabara mi vida ya, no tuviera que arrepentirme de no haber hecho eso?
ANTES MORIR QUE PECAR
Le preguntaron una vez a un santo que vivió poco, vivió sólo quince años:
“¿Qué harías si supieras que el momento de tu muerte está a unas horas?”
Domingo Savio contestó:
“seguiría haciendo exactamente lo mismo que estoy haciendo en este momento”.
No sabemos bien qué es lo que estaba haciendo, pero seguramente era algo ordenado, algo honesto que estaba haciendo para dar gloria a Dios. Porque era un joven que desde que hizo la Primera Comunión, se propuso ser santo de verdad y hacer siempre la voluntad de Dios. Incluso tenía una frase que era:
“antes morir que pecar”.
Seguramente estaba haciendo algo muy bueno, normal, jugar, quizá porque era la hora de jugar o comer o hacer tarea… hacer lo que tocaba en ese momento.
Ezequías, cuando supo esta noticia mira lo que hizo:
«Ezequías volvió la cara hacia la pared, oró al Señor y le dijo: –Acuérdate Señor de que te he servido con fidelidad y rectitud de corazón y de que he hecho siempre lo que a ti te agrada»
(2Re 20, 2-3).
Ezequías era un buen hombre que siempre quiso agradar a Dios. Eso es lo importante en esta vida: Buscar agradar a Dios, buscar hacer la voluntad de Dios.
Tú, Jesús, lo dices en el Evangelio:
«no todo el que diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre»
(Mt 7, 21).
Señor, que yo busque hacer siempre tu voluntad y así voy a ser feliz también porque Tú quieres que yo sea feliz, Tú quieres que yo de fruto, Tú quieres que esté contento.
«El rey lloró con abundantes lágrimas, entonces el Señor le habló a Isaías y le dijo: –ve a decirle a Ezequías, esto dice el Señor, Dios de tu padre: he escuchado tu oración y he visto tus lágrimas, voy a curarte y en tres días podrás ir al templo del Señor. Voy a darte quince años más de vida»
(2Re 20, 3-6).
No hombre, se puso súper contento Ezequías porque su oración fue escuchada.
Yo veo en este pasaje un signo también de lo que es esta vida presente y lo que es la vida futura. Ezequías recibió el premio de vivir más por hacer la voluntad de Dios. Nosotros recibiremos el premio de la vida eterna por hacer la voluntad de Dios; el regalo de la vida eterna por hacer siempre la voluntad de Dios.

“Señor, que yo siempre haga tu voluntad, que lo tenga muy en mi mente, en mi corazón”. Lo digo en el Padrenuestro todos los días al rezarlo: “hágase tu voluntad; venga tu Reino; santificado sea tu nombre…”
EL PADRE NUESTRO
Qué importante son esas tres primeras peticiones del Padrenuestro que son lo más importante en nuestros deseos. Luego ya lo demás,
“danos el pan de cada día, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal”.
Pero primero:
“santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad”.
Que yo haga tu voluntad, que te agradezca cada día; cada día de vida es un regalo.
¿Cómo empiezo yo mi día? Cada quien tiene un despertar distinto. Hay gente que incluso antes de que suene el despertador se despierta y de buenas; otros que nunca se despiertan de buenas y otros que nunca se despiertan.
“Señor, que en cuanto sea consciente, me ponga de rodillas a agradecerte con alegría un día más, que te salude porque Tú me miras y esperas que hable contigo: ‘Señor, buenos días. Gracias por este nuevo día. Ayúdame a que todos mis pensamientos, todas mis palabras, todas mis acciones busquen agradarte.
Ayúdame a darme cuenta de las cosas que no van para rectificar y tener siempre esa paz en el corazón, sabiendo que cada día me voy acercando más a esa plenitud de vida y de amor que encontraremos en el Cielo’”.
Y con la ayuda de mi madre María santísima, porque también en el Ave María le pedimos eso: ruega por mí ahora y en la hora de mi muerte,
“ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.
Madre nuestra, no nos dejes y ayúdanos a llegar seguros al Cielo.



Deja una respuesta