La vida suele enseñarnos que es la madre quien, con ternura, sostiene la mano de sus hijos, los cuida y vela por ellos. Es ella quien muchas veces, en silencio, carga preocupaciones y el peso invisible del amor de cada día. Así es como, en teoría, funciona la relación entre madre e hijo.
Pero puede llegar un día en que esos papeles se invierten. Entonces, aquel hijo que un día fue llevado de la mano con ternura se convierte en la mano que sostiene a su madre. Aquel que fue consolado pasa a consolar. Aquel que recibió cuidados descubre la gracia de devolverlos convertidos en amor agradecido. Y en ese intercambio silencioso hay algo hermoso: el amor regresa a su fuente.
Un momento en que los papeles se invierten
Uno de esos días llega cuando irrumpe el cáncer. Las cosas, sin lugar a dudas, cambian.
Nadie quiere escuchar que tiene cáncer. Pero en mi caso siempre digo que llegó a mi vida para revolucionarla para bien. La primera revolución fue que quise poner mi alma limpia y en paz para ir al cielo, ya que el cáncer que me diagnosticaron es el más letal de los femeninos y su tasa de supervivencia es muy baja. Solo un 15 % es diagnosticado en etapa temprana, y yo soy una de las afortunadas.
Al recibir el diagnóstico, sintiendo que podía morir, busqué ponerme en paz. Ese paso cambió la forma en que enfrenté la enfermedad y cómo llevo mi vida después de siete años. Uno de esos cambios fue poner mi don de la escritura al servicio de Dios.
La revolución del amor de un hijo
Para ese momento, mis dos hijos ya no vivían en casa, pero durante esos meses fue como si la moneda se hubiera volteado: fueron ellos quienes estuvieron
pendientes de mí, con pequeños gestos que para mí fueron inmensos.
Me acompañaron en varias sesiones de quimioterapia, que duraban seis horas cada vez. Pacientes, sonrientes, presentes, así como también lo estuvo mi esposo.
Mi hijo mayor, muy independiente, que vivía en el exterior, decidió pasar largas temporadas en Panamá. Recuerdo una conversación que sostuvimos en su primer viaje después de conocer la noticia de mi tratamiento. Me dijo: «Mamá, mi sitio está ahora aquí contigo». Disfruté su cercanía al máximo.
Tengo especial apego por una muñequita de trapo que ambos me regalaron. La mandaron a hacer tomando como guía una foto mía en vestido de baño, en un ambiente de mar, que tanto disfruto. No venía con tarjeta. Solo me dijeron que la habían mandado a hacer especialmente para mí. No necesitaba nada más. Sentía el amor que llevaba. Todavía hoy la mantengo en mi estudio, cerca de donde
escribo.
Esa muñeca fue compañía, consuelo y una especie de ancla emocional. Pero lo más importante es que, todavía al verla, siento a mis hijos siempre presentes.
En mi primer libro, Te ofrezco mis puertas, hablo sobre la revolución que fue el cáncer en mi vida. Les dejo el enlace del video de lanzamiento, donde hablo de mi encuentro con Dios y donde al inicio verán esta preciosa muñequita de trapo:
Dejarse querer
Yo había sido la Súper Woman. De hecho, mi esposo me llama «la ardilla», porque soy quien revoluciona la casa y está pendiente de todos y de todo. Por eso cada capítulo de Te ofrezco mis puertas inicia con una ardilla en diversas poses.
Pero después de cada ciclo de quimioterapia quedaba cansada, y con el paso de los días el cansancio era mayor. Cada vez que tenía que lidiar con los efectos más duros de la quimio, era como si me desconectaran de la máquina vital, como si le bajaran de golpe el volumen a mi ánimo. Me sentía impotente, inútil.
Además, una vez pasaban los efectos más fuertes de cada ciclo, no podía salir a lugares públicos ni hacer supermercado, porque las defensas bajan con el tratamiento y existía el riesgo de tener que suspenderlo.
Sintiéndome tan mal, me sinceré con quien llamo mi ángel, una guerrera que me acompañó durante todo mi proceso. Ella, siempre sabia, me dijo: «Tere, ya no eres Súper Woman. Debes pedir ayuda, dejar que te cuiden, ceder el control».
Pensaba que si lo hacía sería una molestia, una carga para mis hijos y para mi esposo. Lo que menos quería era molestar. Suficiente tenían con mi enfermedad.
Pero, por el contrario, lo que ellos querían era demostrarme su amor. Si yo me hubiera encerrado, no les habría dado esa oportunidad de quererme. Eso permitió que recibiera el amor de mi familia. Por primera vez pedía que me fueran a comprar algún antojo o algo que necesitara. Antes era yo quien estaba pendiente de todos los detalles. En ese momento aprendí a dejarme cuidar.
Siempre le agradezco a mi ángel que sabiamente supo hablarme: logró que me abriera y me dejara querer.

