Se ha preguntado usted ¿qué pasaría si no hubiera sacerdotes? Muy simple: sin ellos, no hay Eucaristía. Sin Eucaristía, no hay Cristo vivo en medio de nosotros. Y sin Cristo, la humanidad ya no tiene ninguna esperanza.
EL SACERDOTE, UN HOMBRE COMÚN
Un día conversando con un amigo, me comentaba su poca disposición para la confesión. La parte central de su argumento era que – según su opinión- el sacerdote era un hombre igual que él. Igual de pecador, igual de ordinario, igual de mortal.
Durante mi vida, había escuchado este razonamiento muchas veces; pero en esta ocasión me conmovió que alguien de buen corazón, estuviera de acuerdo con esta postura.
Con la idea de ilustrar mi criterio frente a este tipo de comentarios, comencé a estudiar al respecto.
Confieso que, mi punto de partida era un poco fantasioso, ya que al haberme educado en un colegio católico, crecí con la idea de que los sacerdotes se convertían en algo así como super héroes, por el hecho de la ordenación; como si sus hábitos les sirvieran como un escudo contra el mal.
Al crecer, me di cuenta que no era así; pero tal vez nunca antes había reparado en una realidad tan evidente: los sacerdotes son, antes que nada, hombres. Y como hombres, no están libres de las pruebas, errores y tentaciones, ni de la oscuridad, el dolor, y los desafíos del mundo. Combinar a ese abismo de humanidad sin dejar de lado lo sagrado de su misión, es donde radica precisamente, la santidad.
Santo Tomás de Aquino decía que “para el digno ejercicio de las órdenes no basta una bondad cualquiera… en la recepción del orden se confiere un don mayor de gracia por el que se hace idóneo para funciones superiores…”.
Lo que equivale a decir que, siendo hombres de carne y hueso, cuentan con una gracia “extra” que el mismo Señor les reserva, una especie de préstamo – o más bien un regalo- que reciben directamente de Dios. Una “gasolina adicional” para poder cumplir con su misión.
¡Sólo así se entiende cómo pasan horas eternas encerrados en un confesionario, escuchando las miserias de otros hombres!
Me encanta lo que dice San Josemaría en su libro “Amar a la Iglesia”: “No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad… La tendencia a configurar al sacerdote como “un hombre corriente” va contra la fe de la Iglesia, porque implica un desprecio o una negación del sacramento del Orden…”

EL SACERDOTE, OTRO CRISTO
En este segundo punto es donde viene el lío mental.
Creo que San Josemaría lo deja claro, hablando en primera persona reclama: “….cuando celebramos la Santa Misa no somos nosotros. Somos Cristo, que renueva en el Altar su divino Sacrificio del Calvario…”
Lo que equivale a decir que son verdaderos representantes de Cristo, al punto que con sus propias manos humanas operan un milagro en cada consagración.
De hecho, en obediencia de esa llamada, el concilio Vaticano II, (Lumen gentium, cpt. V), determinó que “los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno”.
Ese hombre visto desde afuera como común y corriente, se ordena para servir a Dios y para obedecer Su llamada. Al hacerlo, se asemeja a Cristo en el sacrificio, entregándose por las mismas razones que lo hizo Cristo: para guiar las almas al cielo.
¡Qué maravillosa misión la de ser imagen de Cristo y al mismo tiempo, permitirle estar presente en Alma, Cuerpo y Divinidad en cada Eucaristía!

EL SACERDOTE, ALGUIEN POR QUIEN REZAR
Comprendo la mentalidad de quienes se sienten ajenas a la santidad de los sacerdotes. Cuando recibimos noticias de sacerdotes poco fieles a su ministerio, lógicamente sentimos la tentación de calificar no sólo la calidad espiritual del “cura”, sino de todos los que ejercen la misma función.
Sin embargo, vale la pena disentir con mucho respeto.
Actuar así equivale a criticar a todas las madres de familia del mundo, porque una mamá permite el desorden en su familia; o atreverse a afirmar que todos los perros son peligrosos porque un perro mordió a un niño. ¿Se puede juzgar a todo un universo de individuos por un hecho de un individuo de su especie? Pues pareciera que con los sacerdotes así es como funcionamos. He aquí nuestra contradicción: les exigimos mucho porque los consideramos “elevados”, pero los consideramos poca cosa para ser representantes de Cristo.
Entonces, ¿en qué quedamos? Me oare e que San Josemaría lo borda de nuevo: “Si alguna vez os topáis con un sacerdote que, externamente, no parece vivir conforme al Evangelio -no le juzguéis, le juzga Dios-, sabed que si celebra válidamente la Santa Misa, con intención de consagrar, Nuestro Señor no deja de bajar a aquellas manos, aunque sean indignas”.
Jesús entregó en manos de Pedro la misión de apacentar a sus ovejas. Esa es la misma misión que hereda cada uno de los pastores de Su Iglesia. Sin sacerdotes santos, las ovejas nos quedamos sin pastores. “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” (Mt 26,31)
El Señor sabía que no sería fácil; pero nos prometió que aunque haya dificultades y tentaciones, “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
REFLEXIÓN FINAL:
Estamos ante la necesidad urgente de pedir incansablemente por estos pescadores de hombres.
Para que vengan muchos pastores con vocación verdadera, dispuestos a dar su vida por el evangelio.
Para que aquellos valientes que ya dieron un SI, sean capaces de sostenerlo con valentía y alegría.
Para que nuestros sacerdotes sean un cristal, a través del cual se pueda ver el rostro de Cristo en todo momento.
DANOS SEÑOR SACERDOTES SANTOS



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