Vivimos en una sociedad que ha canonizado el agotamiento. Si alguien te pregunta «¿Cómo estás?» y respondes «Muy ocupado, corriendo, sin tiempo para nada», la reacción suele ser de admiración. Parecería que el estrés es el nuevo estatus social y que las ojeras son medallas de honor. Sin embargo, hay un momento en que el cuerpo dice «basta». Un momento en que la ansiedad se dispara, el mal humor se vuelve crónico y la oración se siente seca.
A menudo, los católicos caemos en la trampa de espiritualizar este desgaste, llamándolo «entrega total» o «sacrificio». Pero, ¿y si te dijera que ese agotamiento extremo no siempre es signo de santidad, sino de desorden? ¿Y si Dios, que descansó al séptimo día, te está pidiendo que pises el freno por humildad?
Aquí te presento cinco verdades incómodas —pero necesarias— sobre la relación entre tu fe, tu cansancio y tus límites.
1. Tu agotamiento no siempre es servicio; a veces es «auto-explotación»
Solemos pensar que estamos cansados porque el mundo nos exige demasiado. Pero el filósofo Byung-Chul Han nos lanza una verdad afilada como un bisturí: hemos pasado de una sociedad de la obediencia a una «Sociedad del Rendimiento». Ya no necesitamos un jefe tirano que nos latiguee; nosotros nos hemos convertido en nuestro propio verdugo.
El lema moderno «¡Tú puedes con todo!» se ha transformado en una tiranía interna. Nos explotamos a nosotros mismos creyendo que eso es realizarnos. En el ámbito de la fe y el apostolado, esto es peligrosísimo. Podemos caer en la tentación de creer que nuestro valor depende de cuánto «producimos» para Dios o de cuán perfecta es nuestra imagen de cristianos comprometidos.
Esta dinámica nos lleva al burnout o síndrome del quemado. Nos sentimos obligados a ser perfectos, a mostrar una vida impecable en redes sociales y a no fallar nunca. Pero hay que hablar con propiedad: esa auto-explotación no es cristiana.
Dios no te ama por tu rendimiento, te ama por tu identidad de hijo. Si tu agenda está tan llena que no tienes tiempo para ser «tú mismo» en el silencio, no estás sirviendo a Dios, estás alimentando a tu propio ego disfrazado de responsabilidad.
2. «No hacer nada» es un deber espiritual (y biológico)
Tenemos una pésima relación con el descanso. Lo vemos como una pérdida de tiempo o, en el mejor de los casos, como una parada técnica para recargar baterías y seguir produciendo. Sin embargo, la visión clásica y cristiana es radicalmente distinta.
La palabra «negocio» viene del latín nec-otium, que significa la negación del ocio. Para los antiguos y para la tradición espiritual, el trabajo era el medio, pero el otium (el ocio santo) era el fin. El ocio no es tirarse en el sofá a ver TikTok hasta que te ardan los ojos; es el tiempo de descanso noble dedicado a «ser», a contemplar, a cultivar el espíritu y a estar con Dios y los tuyos.
Hay una inscripción latina en los relojes de sol antiguos que reza: Sine sole sileo («Sin el sol, guardo silencio«). Es una metáfora brutal de nuestra vida. Así como el reloj es inútil sin luz, nosotros dejamos de funcionar humanamente si no nos exponemos a la luz del descanso y de la gracia.
No somos máquinas. Necesitamos «resetear» el alma. Dormir las horas necesarias, desconectar el celular y santificar el domingo no son actos de pereza, son actos de humildad. Es reconocer que tú no eres el Salvador del mundo; el Salvador es otro, y Él quiere que descanses para que puedas volver a sonreír.
Jesús nos anima a descansar. Hay que saber conjugar en nuestras vidas trabajo y descanso. Es cuidar esa parte de la creación que Dios te ha encomendado más directamente: tú mismo. Aquí te lo explican: https://www.hablarconjesus.com/meditacion_escrita/descansar/
3. Si tienes «cara de vinagre», revisa tu virtud
El Papa Francisco ha popularizado una expresión que debería darnos un sacudón: el peligro de ser «cristianos con cara de vinagre». A veces justificamos nuestro mal carácter diciendo «es que estoy muy cansado» o «es que me tomo las cosas de Dios muy en serio».
Aquí entra una virtud olvidada: la Eutrapelia. Santo Tomás de Aquino explica que es la virtud del «buen recreo». El alma se rompe si está siempre tensa, igual que un arco se rompe si nunca se afloja la cuerda. La risa, el chiste, el juego y la broma no son frivolidades; son necesarios para la salud mental y espiritual.
Una verdad incómoda es que la alegría es un termómetro de la caridad. Carlos De Marchi nos recuerda que la sonrisa es la distancia más corta entre dos personas y un acto de fe que dice: «Tu presencia es un bien para mí».
Si tu apostolado, tu trabajo o tu vida familiar te tienen tan agotado que ya no puedes sonreír, algo falla en tu esquema. Un santo triste es un triste santo. La verdadera virtud es «amablemente alegre». Si te has vuelto insoportable, quizás lo más santo que puedes hacer hoy no es rezar un Rosario más, sino dormir una siesta y reírte un poco de ti mismo.
4. Tu cuerpo lleva la cuenta de tu falta de confianza
Cuando vivimos al límite, nuestro cuerpo empieza a gritar. La psiquiatra Marian Rojas Estapé explica que, ante el estrés crónico, nos «intoxicamos de cortisol», la hormona de la alerta y el miedo. Esto es útil si te persigue un león, pero destructivo si vives así porque tienes miedo al futuro o porque quieres controlarlo todo.
El problema espiritual de fondo es la falta de confianza. Vivimos en «modo supervivencia» porque, en el fondo, creemos que todo depende de nosotros. Nos preocupamos por el 90% de cosas que jamás sucederán. Esa ansiedad constante inflama el cuerpo y apaga el alma.
La fe ofrece un antídoto biológico: la confianza y el amor generan oxitocina. Cambiar el «modo víctima» («¿Por qué me pasa esto?») al «modo protagonista» («¿Para qué permite Dios esto?») transforma nuestra bioquímica y nuestra espiritualidad.
No se trata de no sentir dolor o cansancio, sino de gestionarlo con fortaleza para sostener a los demás. Pero ojo: incluso un tanque necesita mantenimiento. Tu cuerpo te está diciendo la verdad: necesitas soltar el control y abandonarte más en la Providencia. La Cruz es la máquina definitiva para transformar el cortisol del miedo en la oxitocina del amor.
5. El desorden de amores es la causa de tu fatiga
Finalmente, vayamos a la raíz. San Agustín hablaba del ordo amoris (el orden del amor). Él explicaba que la infelicidad y el agotamiento vital no surgen necesariamente de hacer cosas malas, sino de amar las cosas de forma desordenada.
Santo Tomás de Aquino propone una jerarquía clara: 1) Dios, 2) el prójimo, 3) las cosas. ¿Por qué estamos tan cansados? Porque a menudo invertimos la pirámide.
- Amamos más las «cosas» (el éxito, el dinero, la tecnología, el like) que a las personas.
- Buscamos la aprobación de los «demás» antes que la mirada de Dios.
Este desorden es agotador. Mantener una imagen falsa en redes cansa. Perseguir el éxito material como fin último, como le pasó al protagonista de la novela La Ciudadela, anestesia el alma y nos deja vacíos.
Cuando tu jerarquía de amores está en su sitio, la vida fluye con otra energía. Si pones a Dios primero, el trabajo se ordena (y descansas). Si pones a las personas antes que a las cosas, dejas de usar a la gente y empiezas a servir, lo cual —paradójicamente— cansa menos el espíritu que el egoísmo. Como decía C.S. Lewis, estamos diseñados para salir de nosotros mismos; el egoísmo va contra nuestra «ingeniería espiritual» y funde el motor.
La humildad de saber parar
G.K. Chesterton decía que los ángeles vuelan porque «se toman a sí mismos a la ligera». El diablo, en cambio, cae por su propia pesadez. Quizás tu cansancio viene de tomarte demasiado en serio, de creer que eres imprescindible, de olvidar que eres criatura y no Creador. Tal vez te puede ayudar esta meditación para profundizar: https://www.hablarconjesus.com/meditacion_escrita/el-descanso-es-necesario/
Hacer las paces con tus límites no es mediocridad; es el comienzo de una vida interior sana. Atrévete a decepcionar las expectativas del mundo para cumplir con lo que tu alma y tu cuerpo necesitan. Atrévete a parar. Al final del día, Dios no te pedirá tu lista de tareas tachadas, sino cuánto amor pusiste en cada una de ellas. Y para amar bien, hay que estar bien.

