Más de un mes ha pasado desde que escuchamos la sentencia: «Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás». El Miércoles de Ceniza marcó el inicio del período cuaresmal, una época de muchas gracias para nuestra alma; un camino que nos recuerda que debemos velar, orar, mortificarnos y preparar el corazón para poder acompañar al Señor en el camino al Calvario en la Semana Santa.
El Misterio del Amor Extremo
La necesidad de examinarnos en este tiempo, y de tomar decisiones radicales, es grande. Estamos a la puerta de celebrar el misterio de amor más grande: la pasión de nuestro Señor. ¡Qué dicha la nuestra de que todo un Dios se inmola en el árbol de la cruz por amor a cada uno de nosotros! Qué regalo de misericordia; es por esto que recordar la Semana Mayor exige, de nuestra parte, un auténtico deseo de conversión.
Cuarenta días caminó Jesús en el desierto; 40 días dura la Cuaresma. Este es el tiempo propicio para que nuestros corazones se aquieten, se examinen y, de nuestra alma acompañada por la voluntad, broten anhelos de renuncia, de conversión y de santidad. Es un tiempo precioso para examinar el alma, para orar y para dar pasos certeros en nuestro camino al cielo.
Vivir el Evangelio, no solo afirmarlo
Siendo tan grande el misterio que celebramos la Semana Mayor, no podemos vivir la Cuaresma a la ligera. La invitación de nuestro Señor es clara: «Conviértete y cree en el Evangelio». Y creer no es solo afirmarlo, es vivirlo. A Cristo tenemos que vivirlo: vivir su amor, amar, ser testigos de su preciosa misericordia y ser mensajeros de lo extremo que ha sido y es su amor para con nosotros. Un amor tan extremo que su vida entregó por amor a ti y a mí.
Quiero animarte y que no pienses que, si no has tomado acción esta Cuaresma, ya no lo puedes hacer. Requieres, eso sí, tomar una decisión hoy y sostenerla. El camino de la conversión es personal y depende de tu voluntad caminar al cielo de la mano de Jesús. Descubramos juntos cómo iniciar este camino y no quedarnos sentados en un camino que es para andar.
Amor con amor se paga
El camino de la conversión no es una obligación o un camino tedioso; es una respuesta de amor. Mi corazón, que se sabe amado por Dios, y mi entendimiento, que sabe que —siendo Dios— escogió dar su vida por mí para que yo tenga vida, es lo que me debe mover a querer ir al cielo, a convertirme y creer en el Evangelio.
¿Cómo podría yo ser ingrato a tanto amor de nuestro Señor? ¿Cómo podría mi alma, por la cual Jesús derramó su sangre, no anhelar el cielo? ¿Cómo podría yo, conociendo la misericordia de Dios, quedarme expectante y no caminar hacia el cielo con Jesús?
El amor ama, y uno, cuando es amado, lo sabe. El alma que se siente amada es capaz de revelarse y darse por completo a aquel que ama. Esto es lo que sucede con Jesús: al sabernos muy amados por el mismo Amor, nuestro corazón se goza y se regocija, y este gozo no nos debe dejar estáticos. El amor busca darse siempre y entregarse sin medida.
El camino al cielo, el camino de la conversión, inicia dando un «sí» de amor a Dios. El amor del Señor no es un amor que reprocha o reclama; es un amor que abraza, que llena, que limpia y que sana. La experiencia de amar como Jesús te ha amado te recomiendo no saltártela; descubrirás lo hermoso que es caminar de la mano de Jesús.
Y si no hay camino, se hace camino al andar
Empezar en el camino de la conversión requiere de acciones concretas. Te invito a que primero examines tu conciencia y hagas una buena confesión. Muchas iglesias estas semanas están haciendo jornadas masivas de confesiones; aprovecha, verás cuán beneficioso es para tu alma entregarle al Señor tus luchas y proponerte mejorar y cambiar.
La voluntad es clave para sostener este camino, y la voluntad se ejercita en pequeñas acciones: niégate pequeños gustos. Renuncia esta semana y la Semana Santa a comer aquellas cosas que más te agradan y, en su lugar, come aquello que quizá no te gusta tanto; verás cuán provechoso esto puede ser para tu alma.
Descansa de redes sociales, guarda silencio; cuando el mundo te ofrezca ruido, retírate. Ora, visita el Santísimo, reza el santo Viacrucis, lee sobre alguna virtud, medita en las horas de la pasión… Todas estas prácticas son tan provechosas para tu corazón que te ayudarán en tu propósito de caminar al cielo.
María, siempre María
María sostiene tus luchas. No dudes que esta Madre de amor te cuidará y caminará contigo hacia el cielo; no hay mejor intercesora en el camino de la conversión que esta dulce Madre. Acude a ella como un pequeño acude siempre al resguardo maternal; que la bendición de María te acompañe noche y día.
Conserva una estampita de María, reza el rosario y deja que esta Madre amantísima sea tu guía, sea tu consuelo, tu intercesora y quien te guíe y acompañe en este caminar hacia el encuentro con aquel que siempre ha amado tu alma.

