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P. MANUEL

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¡SOMOS HIJOS DE DIOS!

Muchos no conocen a Dios y viven como si Dios no existiera. Quienes hemos nacido en un hogar cristiano y nos han enseñado el catecismo, hemos conocido a Dios y lo hemos empezado a tratar. Nos dimos cuenta que Dios nos quería más que nadie. Cuando alguien nos pregunta ¿quién eres? Podemos decir con fe: ¡Soy hijo de Dios!

En el evangelio de hoy, el Señor pregunta:

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy?

Ellos contestaron:

Juan Bautista, Elías, Jeremías o algún que otro profeta.

Pedro, en cambio, respondió:

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”

(cfr. Lc 9,19-20).

El Señor también nos pregunta a nosotros: “¿Quién soy?” ¿Y cuál es nuestra respuesta? Hoy, muchos no conocen a Dios, porque en su casa no les enseñaron, no les dijeron nada. Puede que tengan una idea de Dios, una idea que muchas veces está mezclada con alguna ideología o con modos de pensar donde no está Dios presente, y viven como si Dios no existiera.

Hay mucha gente que vive así, como si Dios no existiera. Otros han expulsado a Dios de sus vidas porque han elegido el pecado: viven en pecado y cometen pecados como si no pasara nada. Aparentan una falsa seguridad y piensan que son libres y que tienen derecho a vivir como ellos quieren.

Es como defender el derecho a la cárcel, a estar prisionero, defender el derecho a las drogas o a las borracheras. ¿Cómo puede llamarse derecho a algo que destruye al ser humano?

Hay muchas situaciones en el mundo que dan pena, pero las penas son diferentes. Podemos tener pena por un indigente que no tiene medios para vivir, por alguien que está pasando por una grave enfermedad o la pérdida de un ser querido.

Todas esas penas van acompañadas de una compasión y motivan a las obras de misericordia: dar de comer, atender al enfermo, acompañar al que ha perdido un ser querido, visitar a alguien que está lejos…

REZAR POR LA CONVERSIÓN DE LOS PECADORES

padre

En cambio, la pena que nos da alguien que no quiere tener a Dios, que está aferrado a su pecado, que no quiere salir de los vicios de la droga o de la pornografía, que no le importa vivir en pecado y cree que así es libre y que todo está bien es una pena muy dolorosa.

Y es la que tiene Jesús cuando está rezando en el Huerto de los Olivos y suda sangre. Está sufriendo por nuestros pecados, por los pecados que cometemos los hombres. La Iglesia entera reza por la conversión de los pecadores.

Los conversos no solo son los gentiles o los que vienen de otra religión. Los conversos son también los que abandonan una vida de pecado y cambian. San Agustín, por ejemplo, estaba muy lejos y cambió: se convirtió y pidió perdón.

Un converso que ha estado en pecado se arrepiente de la vida pasada, pide perdón a Dios y empieza una vida nueva. Una vida con Cristo, una vida distinta, una vida de paz, de alegría.

Todos los que de alguna manera hemos descubierto a Cristo estamos conscientes de cómo es cuando uno se encuentra con el Señor. A algunos de nosotros, a la mayoría, de niños, nos enseñaban esos dibujos de la Historia Sagrada o nos pasaban algún video en la catequesis…

Yo, en mis tiempos infantiles, veía las filminas que nos pasaban los sacerdotes del colegio sobre la vida de Cristo y eso se me quedaba. Se me quedó en la cabeza el primer conocimiento de Cristo.

El papa Juan Pablo II decía que Jesús era un dulcísimo, pero también un exigentísimo amigo y que quien se encuentra con Él no puede seguir viviendo como si no lo hubiera encontrado. O sea, siempre impresiona el encuentro con Jesús.

EL SEÑOR NOS QUIERE MUCHO

la higuera

San Josemaría nos decía que Jesucristo nos ponía planos inclinados para que vayamos hacia Él y que muchas veces se hacía el encontradizo con nosotros, porque quería estar con nosotros, en nosotros y que nosotros estuviéramos con Él.

La mayoría hemos ido conociendo mejor al Señor a través de la lectura de los evangelios o de las prédicas de los sacerdotes cuando asistimos a la santa misa. Después, cuando pasa el tiempo, ese conocimiento inicial de Jesucristo nos lleva al trato, al trato con Él: a rezarle, pedirle, escucharle…

Es allí cuando nos damos cuenta de que el Señor nos quiere mucho, de que Él nos había amado desde antes. Siempre nos ha amado; antes de que naciéramos ya nos estaba amando el Señor.

Somos conscientes de que Dios nos quiere mucho cuando empezamos a tener conciencia. Cuando nos enseñan en nuestra casa a rezar, empezamos a tener conciencia; ahí, en ese momento podemos descubrir muchas cosas, ¿no?

Podríamos decir como Pedro, cuando Jesucristo nos pregunta: “¿Quién dicen que soy?”, podríamos contestar también: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”, y lo decimos con fe, convencidos, plenamente convencidos, porque sabemos quién es Jesús.

Y ese convencimiento se convierte en un seguimiento. Queremos seguirle a donde nos lleve. Ese descubrimiento es el descubrimiento más grande que podemos tener y que nos hace felices.

Es el descubrimiento más grande del mundo: ¡Descubrir a Dios! Nos sentimos libres para volar por esas alturas donde todo se ve mejor y donde se comprenden muchas cosas.

Sobre todo, se conoce muy bien a las personas y se comprende muy bien a las personas. Los actos de fe no son solo expresiones de apoyo o de estar de acuerdo; son disposiciones para hacer la voluntad de Dios en todo lo que nos pide. Sin dudarlo. Con una fe firme.

YO SOY HIJO DE DIOS

 

 

Por eso hemos dicho, al empezar esta oración:

“Creo firmemente que estás aquí.” San Josemaría nos decía: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes”

(Camino, n. 755).

Es una experiencia que vamos teniendo en la vida si hacemos la voluntad de Dios. Dios nos utiliza como instrumentos para cosas grandes, inimaginables, impensadas, que nos llenan de mucha alegría cuando las descubrimos.

No solo se trata de una conducta, sino también de la certeza de la fe; de la certeza de saber que Dios está con nosotros y está en nosotros y que somos instrumentos de Dios.

Al ser instrumentos de Dios, claro, Él lleva nuestra vida. Él hace maravillas con nuestra vida a través de nosotros, si nosotros le dejamos. Tenemos primero llamarlo primero, luego dejar que entre, preparar bien nuestra interioridad para que entre bien y pedirle al Señor, pedirle al Espíritu Santo —que es el santificador— que haga su labor dentro de nosotros. ¡Qué maravilla!

Esa experiencia de ver la actuación de Dios en nosotros es la mejor experiencia del mundo. Entonces, cuando alguien nos pregunta: “Tú, ¿quién eres?”, podemos responder con mucha convicción: “Yo, yo soy hijo de Dios”. Con alegría, con un orgullo santo: “Yo soy hijo de Dios”.

Si soy hijo de Dios, entonces también soy para Dios. Dios me ha creado para Él. Es por eso que, cuando crece nuestro amor a Dios, nos salen casi espontáneamente aquellas palabras del salmo:

“Como el ciervo ansía las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, oh Dios… ¿Cuándo iré y veré el rostro de Dios?”

(cfr. Sal 42, 2-3).

Crecen esas ganas de ver a Dios, de verlo cara a cara, que es el premio del cielo: la visión beatífica, porque estamos creados para ver a Dios.

La Virgen nos ayudará a llegar a esas metas.


Citas Utilizadas

Ecl 3, 1-11

Sal 143

Lc 9, 18-22

Camino, n. 755

Reflexiones

Señor Jesús, ayúdanos a vivir cada día como hijos tuyos. Aumenta nuestra fe y fortalece nuestro corazón para hacer siempre tu voluntad.

Predicado por:

P. MANUEL

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