Jesús, hoy nos encontramos con una escena desconcertante en el Evangelio de este día domingo. Hace apenas unos instantes le decías a Simón, Pedro:
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
Y seguramente Pedro venía con un corazón encendido tras confesar que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Y se sentía seguro, se sentía entusiasmado en la cima de su fe. Pero cuando empiezas tú a explicarles lo que significa el verdadero Mesías: que el Hijo del hombre tenía que subir a Jerusalén, padecer mucho en manos de los ancianos y sumos sacerdotes, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Aquí Pedro, que te quiere con locura humana, no puede tolerarlo y te toma aparte y empieza a increparte diciéndote:
“Lejos de ti, Señor, de ningún modo te sucederá eso”.
Y entonces Jesús, viene de ti una de las respuestas más tajantes de todo el Evangelio. Le dices al pobre Pedro:
“Apártate de mí Satanás, eres para mí un tropiezo, porque no piensas como Dios, sino como los hombres”.
RECTITUD DE INTENCIÓN
¿Qué pasó aquí, Jesús? ¿Cómo es posible pasar del elogio más grande a la represión más severa en cuestión de unas horas? Estamos seguros, Pedro no actuaba por maldad. Pedro quería protegerte, quería retener lo bonito, quedarse con la gloria, la tranquilidad. Como en la Transfiguración, cuando te decía: “Hagamos tres tiendas”.
Pero claro, a Pedro lo que le costaba era pasar por la cruz. En el fondo, su intención no era del todo pura. Quería un Cristo a su medida, una misión sin heridas ni contradicciones. Y todos tenemos días luminosos en los que sintonizamos perfectamente contigo, Señor, y días en los que metemos la pata, no siempre por malicia sino porque nos falta rectitud de intención.
Señor, casi todo lo que emprendemos en la vida comienza. Por una mezcla de motivos. Al principio nos podemos mover por entusiasmos muy humanos. El querer quedar bien, el afán de destacar, el buscar parecernos a alguien a quien admiramos, porque nos parece que vive una vida atractiva o simplemente por necesidad de afecto y seguridad.

NO SE IMPROVISA, SE VA FORJANDO EN EL CAMINO
Pienso en mi propia vocación, en ese sí inicial que tal vez atraído por el carisma de una persona del Opus Dei, por el ambiente ideal que proyectaba. Yo personalmente me fui atrayendo profundamente por ese ideal, convencido de que es una cosa bonita, es una cosa ideal. Pero claro, después de ese chispazo inicial y tal vez de esas intenciones iniciales que no eran completamente puras.
El amor maduro va quedándose, no con ese chispazo inicial, sino que amar de verdad exige ir purificando la intención, pasar de amarnos nosotros mismos a través de los demás, a amarlos de veras por quienes son. Y en la vida interior, pasar de buscar los consuelos de Dios a buscar con rectitud al Dios de los consuelos.
Y ese enamoramiento auténtico, porque no hay otra palabra, irse enamorando de Dios, de ti Señor Jesús, no se improvisa, se va forjando en el camino. Cuando se caen las ilusiones vanas, cuando descubrimos que no hay entrega verdadera sin cruz. En mi caso puntual, cuando vi, por ejemplo, que alguna de estas personas que me atraían tanto como ejemplos de vida, dejaron su vocación. Y sin embargo, eso, aunque me dolió mucho, no fue algo que me tumbó. Sino que eso me ayudó a ir purificando.
PURIFICAR EL CORAZÓN
Porque nos dices, Señor Jesús:
“El que quiera venir en pos de mí, que se niega a sí mismo, que tome su cruz de cada día y que me siga”.
Y tomar la cruz no es buscar el dolor por el dolor. Tomar la cruz es el trabajo cotidiano de purificar el corazón. Una escena de un santo, es una tontería pero me pareció simpático. Esta purificación se jugaba en cosas como muy chiquitas, muy concretas.
Se cuenta que este santo, podía evitar decir su nombre, cuando era un joven seminarista iba con frecuencia a un convento de las carmelitas descalzas porque ahí les atendía. La madre priora, que le tenía mucho aprecio, solía regalarle unos bombones o unas tabletas de chocolate artesanal que hacían las monjas y a este hombre le gustaban muchísimo.
Pero un día, haciendo su oración delante del Sagrario, se puso a examinar con sinceridad sus motivos. Se preguntó ¿Vengo a este convento a atender espiritualmente a las religiosas y a rezar por amor a Jesús o vengo también atraído por el detalle de los chocolates? Y se dio cuenta que se le había colado como esta pequeña impureza de intención, una complacencia humana.
LECCIÓN PRÁCTICA
Mira, no es que sea malo, pero qué hizo este santo, tomó la firme decisión de no volver a probar esos dulces durante ese año, no porque fueron malos para él, sino porque quería recordarse a sí mismo que a Dios no se le sirve con el corazón totalmente libre y desprendido cuando buscamos también cosas humanas. Y aunque es una tontería y no pasaba absolutamente nada, yo creo que es una lección práctica que a veces nosotros disfrazamos de celo apostólico, de deber de profesionalidad o de generosidad familiar, cosas que en el fondo alimenta nuestra vanidad, nuestra comodidad, nuestro gusto propio.
Y purificar la intención es también tener la valentía de preguntarnos en la presencia de Dios ¿Esto que hago lo hago de verdad por ti, Señor o lo hago por mí? San Josemaría también vivió esa purificación de manera radical también en las grandes decisiones.
En su juventud, tenía clarísimo que el Señor le llamaba para algo en concreto, que él no sabrá hasta años después que era fundar el Opus Dei. Pero se da cuenta que para él tendría que ser más fácil cumplir ese propósito, que no sabía cuál era, barruntaba nada más si se ordenaba sacerdote. Entonces se lo dice su padre y su padre, que había sufrido ya unos reveses económicos muy fuertes, había perdido todo lo que tenía. Acepta eso y dice san Josemaría, que fue de las pocas veces que le vio llorar o la única en todo caso.
DIOS TIENE TIEMPOS PERFECTOS
Cuando san Josemaría empieza todo ese camino de formación, su padre era el que mantenía su casa. Trabajaba de dependiente en Logroño y pasó de tener su propio negocio a ser un vendedor más. Pero Fíjate, san Josemaría continuaba sus estudios, y está previsto que durante esos estudios uno vaya recibiendo algunas órdenes menores se llama. Que luego terminan en el diaconado, que es una ordenación previa, es el primero de los niveles del sacerdocio y después recibirá la ordenación sacerdotal.
Y ya cuando había recibido una serie de estos ministerios, su padre murió. Murió justamente unos días antes de que él reciba la ordenación diaconal. Y muchas veces dijo san Josemaría que si su padre hubiera muerto antes, él no hubiera sido sacerdote. Es como Dios hace las cosas. Dios nos va cambiando sobre el tiempo, Dios tiene tiempos perfectos y dispuso las cosas con una providencia admirable.
ABRAZAR LA CRUZ
Mira tal vez también tu propia vida. Mira tu matrimonio, que con el paso de los años quizás ya no está la fascinación posible del noviazgo, el cuerpo cambia, el cansancio pesa. Pero ese cónyuge, es tu compañero al camino al cielo, es testigo fiel de tu vida. Has aprendido a quererlo, no con la efervescencia de los veinte años, sino con un cariño tal vez más hondo, sacrificado, leal. Podríamos decir también que tu intención se ha purificado.
Cuando en el camino nos sintamos defraudados, cuando las cosas no salgan como soñamos o nos cueste la entrega, recordemos que no es un punto final “The end”, cómo me mata esto… Es solo un paso en la pedagogía de Dios para limpiarnos el alma. La Santidad no se juega con un único sí emotivo del pasado, se construye tomando la cruz una y otra vez cada mañana para seguir a Cristo.
Acudimos a nuestra Madre, María. Ella estuvo junto a la cruz con la intención más limpia y pura de toda la historia, sin quejas, sin exigir explicaciones. Sencillamente amando y sosteniendo con su silencio la redención de su Hijo. Madre nuestra, enséñanos a abrazar la cruz de cada día para que nuestro amor sea cada vez más semejante al de Jesús.





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