Hoy la liturgia nos presenta un evangelio que se da en el contexto de lo mismo que hemos estado escuchando en la santa misa los últimos días.
Estamos en la Última Cena, Jesús está reunido con sus apóstoles, les está dando ese testamento espiritual, está dándoles esas últimas palabras antes de padecer. De hecho, el evangelio comienza con esa frase:
«A la hora de pasar de este mundo el Padre, Jesús dijo a sus discípulos…».
O sea, poco antes de pasar de este mundo al Padre, de entregar su vida por nosotros. Luego dice Jesús:
«Cuando venga el Paráclito que Yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, Él dará testimonio sobre Mí».
Y aquí pasa a hablarle a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito, ustedes también darán testimonio porque están conmigo desde el principio»
(Jn 15, 26-27).
«Cuando reciban al Espíritu Santo…»,
nos estamos preparando ahora para recibir al Espíritu Santo el día de Pentecostés, quedan pocos días para eso.
«Cuando venga el Paráclito, ustedes también darán testimonio».
Nos toca contemplar en este tiempo de Pascua todas esas apariciones de Jesús. Y al principio, sobre todo al principio, aunque durante todo ese tiempo antes de Pentecostés los discípulos están un poco asustados, están como recluidos, Jesús se les tiene que aparecer para darles ánimo, pero siempre están ahí sin mucha fuerza para poder dar ese testimonio que Jesús les había dicho. Porque todavía no han recibido al Espíritu Santo.
BILBO
Viendo esa situación de los apóstoles al principio de las apariciones del Señor y sobre todo después de la Ascensión, cuando están ahí todos reunidos sin saber muy bien qué hacer, me venía a la cabeza la historia de Bilbo Bolsón, este personaje de la obra de Tolkien.
Bilbo era un hobbit respetable, que se preciaba de que en su familia nadie había participado de una aventura nunca. Era como el sello de su familia.
Sin embargo, un día apareció Gandalf, un mago muy sabio, muy viejo, muy anciano, que le complicó la vida. De un minuto a otro, le cambió totalmente todo lo que él estaba acostumbrado. Se metió en su casa con una compañía de enanos y lo embarcó en una misión: la misión de rescatar un tesoro.
Bilbo no estaba convencido de querer ir al principio, pero encontró el valor por estar acompañado por Gandalf, porque el mago le había dicho que él iba a acompañarlo sobre todo al principio.
Los apóstoles, como Bilbo, estaban asustados, no se decidían a salir a cumplir su misión, no se atrevían a emprender esa aventura. Hasta que llega el Espíritu Santo que entra en sus corazones y les cambia radicalmente su vida. Los impulsa a la aventura más importante que pueden emprender en sus vidas.

Nadie pensaría que unos pescadores, un recolector de impuestos y otros personajes desconocidos de la época llegarían a ser esos que conquistaron todo el mundo conocido.
Como tampoco nadie nunca se esperó en ese país de los hobbits, que Bilbo Bolsón, un hobbit respetable y que no tenía ningún afán de aventuras, emprendiera ese camino y volviera lleno de tesoros.
SACRAMENTOS
Como Bilbo recibió a Gandalf, como los apóstoles recibieron al Paráclito, nosotros también hemos recibido al Espíritu Santo.
El día de nuestro bautismo fue el primer momento en que el Espíritu Santo quiso venir a nuestra alma a transformarnos por dentro. Esa efusión del Espíritu Santo en nuestra alma, el día del bautismo. Luego más adelante, quizá tú ya la has recibido, otros que están haciendo este rato de oración se están preparando para ello o la ven como algo que sucederá en algún momento, pero recibimos una nueva efusión del Espíritu Santo el día de nuestra Confirmación.
Y con estos dos sacramentos tan potentes nos embarcamos en una misión increíble. Además, hemos ido recibiendo junto con estos dos sacramentos, otros, los más frecuentes: la confesión y la Eucaristía. Quizá algunos también el sacramento del Matrimonio, del Orden Sacerdotal y los enfermos también esa Unción. Porque para este camino, para esta aventura increíble, recibimos todo ese apoyo del Espíritu Santo.
Sí, es verdad, no vamos a destruir un anillo ni nada parecido, vamos a dar testimonio de Cristo. Nosotros también daremos testimonio, nosotros también seremos apóstoles de Jesucristo.
Hace poco leí un texto que describía cómo murieron los apóstoles, todos martirizados, dando testimonio por el Señor, repartidos por distintos lugares del mundo: Mateo murió en Etiopía, Tomás en India, Simón en Jordania, Santiago en Jerusalén, Pedro en Roma; todos dando testimonio, todos fortalecidos por el Espíritu Santo.
Y ante este registro de la historia, quizá nos preguntamos: ¿y yo? ¿Yo también voy a dar testimonio como los apóstoles? Sí, lo más probable es que el Señor no te llame a ti y a mí a ir a otros países a predicar. A algunos se los pedirá por un tiempo, a otros se los pedirá definitivamente y a muchos, nunca. Pero se necesita un compromiso muy grande de todos los católicos hoy en su lugar, en donde están siempre.
No a todos el Señor nos llama a esa aventura de ir fuera, pero a todos sí nos llama a la aventura de transformar el mundo donde vivimos.
APÓSTOLES EN SU TRABAJO

Nuestra aventura cristiana tiene como paisaje principal, quizá la universidad, el colegio, la familia, el trabajo, un bar, un restaurant, una cancha de fútbol… Sí, ese es ese paisaje de nuestra aventura cristiana.
Es cierto que parece que no tiene tanto glamour como venir a tierras lejanas a destruir un anillo, pero es lo que nos corresponde, donde seremos más eficaces. Esa es nuestra vocación. Ahí nos toca dar testimonio, ahí nos toca dar a conocer a Jesús para que muchos puedan conocerlo, para que muchos puedan descubrir el tesoro que es el amor de Dios.
Es lo que hicieron muchos cristianos en los primeros siglos. Sabían que tenían ese impulso del Espíritu Santo, pero no eran del grupo de los Doce o no eran de esos que estaban llamados a predicar como san Pablo, san Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Felipe, etcétera, a ir a todos esos rincones del mundo.
Sin embargo, esos primeros cristianos, bajo el impulso del Espíritu Santo, se sentían totalmente apóstoles en su trabajo, en su familia, con sus amigos. Y allí ellos también dieron testimonio, dóciles a la acción del Espíritu Santo, siendo esos buenos instrumentos en las manos del Señor.
Y así, tú y yo estamos llamados a lo mismo, a ser como esos primeros cristianos, esos cristianos que donde estaban, eran levadura que transformaban la masa donde vivían.
Le vamos a pedir al terminar este rato de oración a la Virgen, nuestra Madre santísima, ella que es esposa del Espíritu Santo, que fue dócil a toda la acción del Paráclito, de la tercera Persona en la Santísima Trinidad y por eso ella es Reina de los apóstoles.
Le pedimos a ella que nos ayude a ser esos buenos instrumentos en las manos de Dios, que seamos esos buenos instrumentos ahí donde estamos, porque ahí en nuestro trabajo, en nuestra familia, con nuestros amigos, en el mundo donde nos toca vivir, porque ahí daremos testimonio.



Deja una respuesta