Hace poco me encontraba con la definición de un sabio:
“La humildad es llevarse bien con la realidad”.
En el evangelio hay quien se ubica bien en la realidad y hay quien no. Hay uno que se lleva bien con la realidad y otro que no…
Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. Mientras rezan, del fariseo dice que: de pie, oraba así…
Erguido, bien parado, orgulloso de él mismo. Oraba, y la traducción literal sería: para sí mismo, para sus adentros. No es que rezaba en su interior, sino hacia sí mismo, para sí mismo.
Y aquí está la clave: el problema es que su oración no sale de la frontera de su “yo”. Oraba para él mismo. Su oración rebota dentro de él, no sale de él… O sea: no hace oración…: vive para él mismo, habla para él mismo; se escucha, se aprecia, a él mismo. Su oración parece una acción de gracias, pero es como la dedicatoria de aquel libro: “Para mí, con el aprecio que me tengo” …
HUMILDAD EN LA ORACIÓN
Pero fijémonos: le “da gracias a Dios” por dos cosas.
Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres…
Literalmente dice: como el resto de los hombres.
O sea, piensa que los demás hombres son: ladrones, injustos y adúlteros…
Pero no es que piense así de unos que sabe que son así (que ya estaría mal por ser un juzgón, porque le faltaría misericordia, comprensión), sino del resto de los hombres…
Piensa: yo soy la medida de todos, todos los demás son injustos. Está tan hinchado de él mismo que desprecia no solo a los pecadores, sino absolutamente a todos… Claro: ¡qué daño se está haciendo a él mismo!… Según él está por encima de todos…
Ahora, de pasar por encima de todos así en general pasa a hacerlo en particular:
ni tampoco como ese publicano.
Es curioso: lo tiene super-fichado al pobre publicano, aunque lo tiene muy atrás…
En su oración, en lugar de dedicarse a alabar a Dios, a pedirle por algo, o ayuda para cambiar, lo que hace es dar gracias porque no es como ese pobre tipo…Ninguno nos sentimos totalmente identificados con este fariseo. Pero podemos tener algo de él… Todos tenemos un fariseíto adentro… Y ese fariseíto quiere salir de muchas maneras…
LLENOS DE DIOS Y DE PAZ
En cambio, el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador». Les digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no.
“Dios mueve el corazón de todos, pero cada uno es libre de apretar el freno o de soltarlo. La oración es buena, pero el orgullo la puede manchar. La oración nos lleva a Dios, pero la soberbia la puede estropear, convirtiéndola en diálogo egoísta.
La oración es monólogo con nuestro egoísmo, si de ella sacamos frutos de tristeza, soberbia, amor propio, desobediencia, pereza, comodidad. La oración es de Dios cuando salimos de ella llenos de Dios, o sea llenos de paz. La oración no es de Dios cuando salimos de ella llenos de dureza de corazón.
Jesús, enséñame en la oración a ser humilde, olvidándome de mí para servirte a Ti. La parábola del publicano y del fariseo me deja pensativo, Señor. No es posible conectar con Dios, no es posible llamarte por el teléfono de la oración si no soy humilde. Mi teléfono está desconectado, no marco tu número sino el mío propio cuando sólo deseo seguir mi gusto y criterio.
BUSCAR A JESÚS
Voy a buscar a María para que me dé lecciones de humildad. Ella se sienta junto a mí y me da una serie de consejos:
«Busca a Jesús, nunca a ti mismo. Trata a los demás como tratarías a Jesús. Todo lo que tienes lo has recibido de Dios, ¡no lo olvides! Date prisa en hacer el bien. Dile a Jesús: “He aquí tu esclava”. Escucha la Palabra de Dios y procura ponerla en práctica. Cuando la gente te aplauda dirige tu corazón a Dios. Cuando la gente te desprecie dirige tu corazón a Dios. Vuelve a Jesús todas las veces que sean necesarias. Mi hijo Jesús te espera ¡SIEMPRE!»” (Acercarse a Jesús, Josep Maria Torras).
Así se hace oración. Con humildad, ubicado en mi realidad. Quién soy yo y delante de quien estoy. Entonces yo, un pobre hombre, no duda en caer de rodillas delante de Dios.
Cuentan que “cuando Isabel la Católica llamó a fray Hernando de Talavera para confesar con él, el fraile se negó a arrodillarse ante la Reina. «Sois vos quien os debéis arrodillar, pues, en este sacramento, yo represento a Cristo». La Reina decidió que, en adelante, él fuese su confesor. Con razón.
ELEGIR ANTE QUIEN POSTRARNOS
El hombre vive siempre de rodillas; sólo se trata de elegir ante quién se postra. Muchos viven arrodillados ante el dinero, el sexo, el poder o la soberbia. Y dan lástima, porque el hombre no ha sido creado para humillarse ante los ídolos. Pero cuando ves a un hombre de rodillas ante Dios, algo se estremece dentro de ti. Ese hombre, que, postrado ante el misterio, está reconociendo su grandeza y majestad, es un gigante.
Me cuesta entender (…) que, pudiendo hacerlo, muchos no se arrodillen durante la consagración. ¿No se dan cuenta de lo terrible que es ese momento en que Dios desciende a la tierra? Sólo encuentro explicación en las palabras de la serpiente: «Seréis como dioses»” (Evangelio 2025, José-Fernando Rey Ballesteros).
Por eso el fariseo que reza de pie se reza a sí mismo. Porque se cree un dios. Su propio Dios…
Jesús concluye: Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero.
El publicano volvió justificado: con un corazón nuevo. El fariseo: no…
¿Por qué? Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.
A ÉL LE CORRESPONDE
Y es que a Dios es al que le corresponde medir. No soy yo el que me tengo que levantar por encima de los demás… Es Dios el que me pone en mi lugar: que es el de alguien que es muy poca cosa y cargado de defectos.
Y el que es humilde, el que se sabe pequeño: a ese Dios lo levanta, lo hace gigante. Como al mismo Jesús, a ti Señor, Dios Padre, como a la Virgen…
Así pasa con quien necesita servir, quien necesita pedir perdón, quien necesita a Dios… Pero que también no se considera superior a los demás: puede querer a los demás, apreciarlos…
Te pido Jesús que así sea mi oración y no me olvido que tu Madre, la Santísima Virgen, se alegró y se alegra porque Dios se fijó en su humildad… Te pido ser como ella.





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