yEl próximo miércoles veremos a muchos caminando por ahí por las calles, por los pasillos, por la universidad con una marca en la frente. El miércoles comienza la Cuaresma y el miércoles nos signarán, nos pondrán en la frente una cruz de ceniza.
Algunos la llevarán con orgullo; otros la llevarán como una tradición simpática o menos simpática, pero por tradición; algunos pensarán, incluso, que es una solemnidad imprescindible, que es un precepto ponerse la ceniza y no es así; y otros es que ni sabrán lo que significa: una cruz en la frente, un signo.
El evangelio de hoy nos habla precisamente de eso, los fariseos se acercan a Jesús y le piden un signo del cielo. Un signo espectacular, algo que los impresione. algo que, sí, pueda despejar las dudas que puedan tener.
Jesús, ¿Tú qué haces? Pues suspiras:
«¿Por qué esta generación reclama un signo?»
(cfr. Mc 8, 12),
como queriendo decir: ay, todavía no entienden… Qué interesante leer este evangelio pensando, no en los fariseos que no entendían nada o que no querían entender, no, en nosotros, cuando escuchamos en el evangelio la palabra “signo”. Qué bueno pensar en el signo de la cruz, en el signo que llevaremos el miércoles en la frente: una cruz.
Jesús y nosotros estamos en una generación que busca signos, pruebas, evidencias, confirmaciones. Hace unos días, pero en serio, así hace unos días, o sea, un estudiante me preguntaba: «¿Padre, por qué los católicos exaltan la imagen de Jesús en la cruz? Tengo entendido que Jesús resucitó, ¿no? ¿Por qué volver a la imagen de la muerte, del sufrimiento, ver un hombre desnudo, cubierto de llagas de sangre, con una corona de espinas en la cabeza?»
Y la pregunta es honesta, es muy honesta. ¿Por qué mirar la cruz y marcar nuestra frente con una cruz? ¿Por qué empezar la Cuaresma allí?
LA CRUZ SIGNO DE AMOR

Recuerdo una niña, una pequeña niña del colegio en el que trabajé que le tenía miedo a la cruz. Se ponía a llorar; me imagino que —no sé— le parecía triste, oscura, tenebrosa, inquietante… ¿No es demasiado fuerte, también lo pensaba, Señor, poner una cruz de ceniza en la frente de un niño?
Una vez tuve el regalo de ir a un preescolar para la imposición de la ceniza. Y hay que ver a esos niños acercándose a que les impusiera la ceniza. Claro, me tocaba casi que con el dedo meñique buscarles la frentecita, chiquitica y ponerles ahí la señal de la cruz; algunos lloraban. ¡Experiencia tan bonita!
Bueno, Señor, y ¿será que el problema es la cruz o será que el problema es cómo estamos mirando la cruz? Porque la cruz como signo no es un signo de derrota. No es un signo de muerte. Es un signo de amor. Eso sí, llevado hasta el extremo.
La cruz no es muerte sin sentido. La cruz es entrega, además libre. Jesús se quiso entregar libremente a la cruz, libre: «Aquí estoy. ¿Vienen por mí? Aquí estoy, miren mis manos, tómenme, amárrenme, hiéranme…». Jesús se deja flagelar, se deja desnudar, escupir, insultar todo, libremente, libremente.
La cruz no es fracaso. La cruz es obediencia. Lo que nos redimió, no fue que Jesús perdiera toda su sangre o no sé, que recibiera más flagelos de los que estaba permitido o que hubiera quedado vacío sin un gramo de energía, no, no, no. Lo que nos salvó fue la obediencia de Jesús, la obediencia.
Aquí me quiero detener un momento, Señor, porque San Pablo dirá qué Cristo, que tú fuiste obediente, «(…) hasta la muerte y muerte de cruz.» (Fl 2, 8). Habla de la obediencia. Una obediencia que no fue pasiva, que no fue resignada, amarga. Una obediencia que fue fruto del amor, de un amor confiado.
JESÚS AMA
Jesús, no muere porque no pudo evitar morir. No, no, no. Jesús muere porque ama, porque confía en el Padre:
“Padre, haz que pase este cáliz de mí, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
(cfr. Lc 22,42; Mt 26,39).
Yo confío en Ti.
Muere porque su libertad fue más grande que el miedo. Tuvo un miedo, sí, pero fue más grande su libertad y su amor, y eso cambia todo. Cuando miramos la cruz no estamos mirando el sufrimiento por el sufrimiento.
Estamos mirando a alguien que nos dice: — Esto vale la pena, el amor vale la pena, vale la pena darse. Vale la pena obedecer; cuando obedecer significa amar. Obedecer, ¿qué es? Aceptar la voluntad de Dios.
Es impresionante cuando uno va a un hospital o una clínica y ve allí pacientes con unos sufrimientos realmente insoportables, pero tranquilos, serenos, con mucho dolor, sí, pero confiados, con fe, con esperanza, con amor, sin quejarse, sin maldecir. Eso es muy misterioso; eso lo da la fe.
Estamos, sí, en un en un momento cultural en donde pues buscamos la libertad a como dé lugar… La libertad para hacer lo que yo quiera, cuando quiero y como quiero. Y la cruz, muchas veces, nos dice que la verdadera libertad realmente es amar hasta el final.
Por eso la Iglesia no esconde la cruz; por eso en los Oratorios no se tapan las cruces; por eso en las casas muchas familias tienen ahí la cruz.
JESÚS ES DIOS
A la mamá, de esta pequeñita niña, que le da miedo la cruz, yo le decía: —Síguele la cuerda… Dile: ¿por qué te da miedo? ¿Tú sabes quién es Él? ¿Sabes por qué está ahí? ¿Tú sabes, por qué está desnudo? Háblale de Jesús.
No escondemos la cruz; incluso, la levantamos, la exaltamos. Porque ahí está la verdad de Dios como Hombre o de Hombre como Dios; más bien de Hombre como Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre. Ahí está el verdadero Dios, Jesús es Dios.
Bueno, volvamos a la ceniza. Porque el miércoles, no solo nos pondrán una cruz, sino una ceniza: una cruz de ceniza: ceniza, ceniza, polvo, restos, fragilidad. Las cenizas nos recuerdan algo incómodo pero verdadero: somos frágiles.
La vida pasa rapidito: el éxito, las notas, los proyectos, los seguidores, la plata, la fama, todo eso es pasajero.
“Polvo eres y en polvo te convertirás.” Eso no es una amenaza, es una realidad. La ceniza no es para deprimirnos, no, no. Es para despertarnos.
Es como si el sacerdote nos dijera: —No vivas como si fueras eterno aquí. No te distraigas. Espera, espera, recuerda que eres polvo y al polvo volverás. No vivas superficialmente, porque esa superficialidad te llevará al vacío. Vuelve a Dios.
Y la otra fórmula: “conviértete y cree en el evangelio”.
La Cuaresma empieza así: con una invitación a cambiar de rumbo. Y eso es precioso. Dios no nos impone la conversión, la propone, la sugiere. Es como si dijera: —Ven por aquí. Empieza otra vez. Conviértete.
ORACIÓN, AYUNO, LIMOSNA

Bueno, quizá en estos días saldrá alguna meditación sobre la oración, sobre el ayuno, sobre la limosna. Porque no son cosas antiguas, no, son muy actuales, son caminos concretos.
Oración para volver a mirar a Dios. Ayuno para volver a gobernarnos a nosotros mismos. Limosna para volver a amar a los demás: servir.
Y todo eso comienza con un signo: una cruz de ceniza. Aquí lo impresionante es que los fariseos pidieron un signo del cielo y Dios ya nos había dado el único signo necesario: la cruz.
Muchos de ellos verían la cruz y nunca se olvidarían de la cruz. Algunos fariseos, me imagino, se convirtieron después de ver a Jesús en la cruz.
La cruz no es espectáculo. Es un milagro de amor. Un Dios que ama hasta el extremo.
Tal vez este miércoles, cuando veas por ahí personas con la cruz en la frente, puedas pensar: — No es una moda. No es un ritual meramente tradicional, es un recordatorio: soy amado, pero soy frágil y estoy llamado a algo más grande.
Si alguna vez la cruz nos ha dado miedo, hay que mirarla de nuevo. No como instrumento de muerte, sino como el árbol de la vida. Tan bonita la imagen de la cruz como árbol, un árbol que da fruto. ¿Fruto de qué? De vida, de resurrección, de vida eterna.
Vamos a pedirle a la Virgen que nos enseñe a mirar la cruz como ella la miró, ella no entendía del todo, pero confiaba. La Virgen permaneció, no huyó. No fue cobarde, ella se quedó ahí. Ella creyó que el amor de Jesús no era absurdo.
Que en esta Cuaresma aprendamos a permanecer, a obedecer por amor y a dejarnos convertir por la gracia de Dios.



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