Un buen deportista entrena su cuerpo diariamente para que sea fuerte y resista en el juego. De la misma manera, es necesario entrenar el alma para vencer las tentaciones diarias que, a veces, se convierten en grandes batallas. Solo un alma fuerte es capaz de resistir y permanecer limpia.
EL DESIERTO Y LA CUARESMA
Jesús nos enseñó con su ejemplo cómo comunicarnos directamente con nuestro Padre. Se retiraba al desierto, y eso implicaba tanto desafíos externos como internos: días de intenso calor, noches de frío, arena en los ojos y en la boca, hambre, sed, el viento golpeando los oídos y las tentaciones del demonio.
Primero, el enemigo intentó tentarlo por medio del hambre; luego, por la codicia de los bienes terrenos; y finalmente, quiso poner a Jesús en el centro de todo, alejándolo del plan del Padre. Sin embargo, Jesús siempre respondió con amor y obediencia, superando cada tentación.
Para nosotros es igual, aunque necesitamos más ayuda. Nos sirve mantenernos enfocados en Dios y recordar que Él quiere nuestro bien: vivir con los pies en la tierra y el corazón en el Cielo, confiando siempre. Nuestra responsabilidad es buscar las herramientas que den sentido a nuestra vida, valorar lo que realmente importa y descartar lo que no.
Retirarse al desierto puede parecer complicado, pero podemos hacerlo en nuestras casas, en la iglesia o en la naturaleza, buscando momentos de soledad con Él. Dios habla en el silencio del corazón. Lo verdaderamente importante es lo que Él nos dice; solo en el silencio podremos escucharlo.
Un día escuchaba un conversatorio del cineasta Juan Manuel Cotelo, quien relataba su diálogo con una mujer profundamente creyente. Ella le decía: cada vez que tomes una decisión, dile al Señor: ‘He tomado una decisión’, y pon tu mano sobre el pecho mientras se la cuentas. Si sientes paz, viene de Dios; si no, experimentarás inquietud. Todo lo bueno proviene del Señor, a quien escuchamos en el silencio interior cuando estamos en gracia.
MIÉRCOLES DE CENIZA
Después del carnaval —celebrado en muchos países con feriados, fiestas, comida y excesos— llega un contraste significativo. Del ruido pasamos al silencio; del exterior al corazón. No es casualidad, especialmente para los cristianos.
El Miércoles de Ceniza marca el inicio de un camino de cuarenta días que nos prepara para la Pascua, el centro de la fe cristiana.
El signo más visible de esta jornada es la imposición de la ceniza en la frente, generalmente en forma de cruz. Esta ceniza proviene de la quema de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior y posee un fuerte simbolismo bíblico. Es signo de arrepentimiento, humildad y duelo por el pecado.
En el Antiguo Testamento, las personas se cubrían de ceniza para expresar su deseo sincero de volver a Dios. Al recibirla escuchamos frases como: “Conviértete y cree en el Evangelio” o “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”.
Siempre me ha parecido una señal de alerta, pero no negativa; más bien, una invitación a despertar. Ambas expresiones recuerdan nuestra fragilidad humana y, al mismo tiempo, la necesidad constante de conversión.
Lejos de ser un gesto de tristeza, la ceniza es una invitación honesta a reconocer nuestra fragilidad humana. El Miércoles de Ceniza nos ofrece la oportunidad de detenernos, guardar silencio y preguntarnos: ¿Qué necesito cambiar?, ¿cómo puedo vivir con mayor conciencia, compasión y coherencia?
No impone respuestas fáciles, pero sí plantea preguntas esenciales:
¿Qué ocupa el centro de mi vida?
¿Qué debo soltar para crecer?
¿Cómo puedo amar mejor?
Estas preguntas pueden ser el primer paso hacia una Pascua vivida con mayor profundidad y sentido.
El Miércoles de Ceniza también es día de ayuno y abstinencia. No se busca castigar el cuerpo, sino educar el corazón. El ayuno enseña a decir “no” a lo inmediato para poder decir “sí” a lo importante. La abstinencia invita a la sobriedad y al autocontrol, valores que trascienden lo religioso y tienen un impacto real en la vida cotidiana.

EL SIGNIFICADO DE LA CUARESMA
La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y se sostiene en tres pilares fundamentales: oración, ayuno y limosna. Todos conducen a la conversión. La oración fortalece la relación con Dios; el ayuno ordena los deseos; la limosna abre el corazón a los demás, especialmente a quienes más lo necesitan. El camino cuaresmal no es solo interior, sino también profundamente social: es tiempo de hacer un mundo mejor.
Al entender el significado de la Cuaresma nos vemos llamados no al autoflagelamiento, sino a la transformación de pequeños sacrificios en actos de amor. San Agustín decía: Dios no mira tanto lo que somos, sino lo que podemos llegar a ser con su gracia. Hacerlo todo por amor. ¿Quién no quiere mejorar por alguien que ama?
La Iglesia nos invita a este tiempo de recogimiento sin dejar a un lado la alegría: la alegría de servir, de amar y de demostrar a Dios lo que Él significa para nosotros; de ayudar a otros a ser felices mediante actos sencillos; y de enseñarles, con el ejemplo, el amor que viene de Cristo.
San Agustín también afirmaba: todos pueden signarse con la cruz de Cristo, decir amén, cantar aleluya, bautizarse o construir iglesias; pero los hijos de Dios se distinguen de los hijos del mundo por la caridad. Quienes la practican son verdaderamente hijos de Dios. Por eso, tengamos muy presente el servicio, no solo en Cuaresma, sino siempre. El amor nunca es suficiente; se necesita más.

PROPÓSITOS PERSONALES PARA LA CUARESMA
Ahora llevemos esta reflexión a la práctica. Empiezo por reconocer que me cuesta ser obediente en cosas personales: suelo cuestionar demasiado. Esta Cuaresma he decidido tomar un par de días en los que obedeceré cualquier petición que hagan mis seres queridos, sin protestar.
También me he propuesto dar limosna, lo cual significa no solo dar dinero; sino también tiempo, atención y hacer feliz a alguien sin descalificar lo que piensa. También recordaré que no solo se trata de dar, sino de saber recibir con gratitud cuando me ofrecen algo. Eso haré también en esta Cuaresma. Será una muestra de amor para Dios, para esas personas y para mí.
En cuanto a la oración, dedicaré diez minutos diarios adicionales a hablar con María. Si la Cuaresma se trata de Jesús y de cambiar, ¿qué tiene que ver nuestra Madre? Mucho. Conociéndola más, podré parecerme más a ella; ser mejor persona y acercarme al corazón de Dios.
En cuanto a la abstinencia, la mía será no hablar de nadie durante los viernes de Cuaresma. No es que viva hablando de los demás, pero quiero hacerlo consciente y detenerme si sucede.
Hago pública esta decisión para cumplirla de la mejor manera. No será fácil, pero en ello mismo está el reto y la diversión. Por eso empecé diciendo que la vida del cristiano no es aburrida. Es una aventura constante para llenar la vida de sentido, generosidad y amor a Dios.




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