Hoy celebramos una fiesta grande en la Iglesia. Celebramos a san Marcos, uno de los cuatro evangelistas. Podemos comenzar este rato de oración agradeciéndole especialmente a san Marcos, porque nos dejó una de las cuatro biografías de Jesús. A él le debemos muchísimo. Le debemos que conocemos buena parte de la vida de Jesús. Él que escribió el primer evangelio, cronológicamente hablando; el primero que escribió la biografía del Señor.
La Iglesia nos presenta hoy en la fiesta de san Marcos un pasaje de su propio evangelio que está al final. Ese pasaje en el cual Jesús envía a sus apóstoles a predicar a todas partes.
Ahí les dice:
“Vayan por todo el mundo y anuncien la buena noticia”
(cfr. Mc 16, 15)
y los manda a bautizar a los que vayan creyendo y les promete su propia compañía.
“Verán signos, habrá cosas increíbles, porque yo voy a estar con ustedes”, les dice el Señor. Yo voy a estar con ustedes o como dicen al final del Evangelio de san Mateo:
“ (…) yo estaré con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos.”
(cfr. Mt 28, 20).
Jesús promete esa compañía a todos sus apóstoles.
Cuando leí este evangelio, me pregunté, ¿por qué será que la Iglesia nos habrá querido poner hoy justo este mandato apostólico, en la fiesta de san Marcos, que no es un apóstol? O al menos no es uno de los doce apóstoles.
Me parece, no conozco a fondo lo que pensaban los que seleccionaron este evangelio, pero pienso que la Iglesia nos quiere poner este evangelio diciéndonos, precisamente: aunque Marcos no sea uno de los doce apóstoles, sí que está llamado a ser apóstol; igual que todos los cristianos de todos los tiempos.
JESÚS NOS LLAMA A TODOS
Tú y yo también recibimos esta misma llamada de Jesús. Jesús también a ti y a mí nos dice: “Vayan por todo el mundo y anuncien el evangelio. Vayan por todo el mundo y extiendan lo que yo mismo he hecho con ustedes.
Estamos convencidos de que Tú, Señor, estás con nosotros y que nos llamas. Esa presencia tuya en nuestra vida es lo que hemos estado celebrando todos estos días de Pascua. Estamos todavía en este tiempo de Pascua en el cual Tú, Señor, nos dices: Sí, yo resucité. Ahora ya no estoy limitado ni por el tiempo ni por el espacio, y por eso puedo estar contigo siempre.
Por eso, al final del Evangelio de san Mateo se nos dice, o sea, nos dices Tú, Señor:
“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”
(cfr. Mt 28, 20).
Porque estás aquí con cada uno de nosotros, porque resucitaste, ya no tienes esa limitación.
Ahora sigues siendo Dios y Hombre verdadero y estás con nosotros en todo momento, en todo lugar. Esa seguridad es la que no nos fundamenta, nos sostiene, para poder ser esos apóstoles. Para poder ir con tu presencia, con tu compañía, con tu fuerza, Señor, a todas partes a predicar esa buena noticia.
SER LEVADURA
Cuentan de un joven que una vez estaba escuchando a una persona hablar con entusiasmo y citando un pasaje de un discurso del Señor, decía que todos nosotros estamos llamados a hacer esa levadura en la masa, a transformar el mundo desde dentro, ser esa levadura que poco a poco va transformándolo todo…
No se sabe si fue la emoción del momento u otra cosa que habría pasado, pero ese joven se levanta y dice en voz alta: ¡Yo también quiero ser legumbre! Más allá de la confusión entre legumbre y levadura, pienso que es muy bonito ver esa reacción, esa reacción de decir: ¡Yo también quiero ser levadura! ¡Yo también quiero ser ese factor de transformación del mundo! ¡Yo también quiero ser apóstol! Quiero transformar la harina.
La harina que es ese fruto de la tierra, pero que con la acción de la levadura, con ese trabajo, con ese meternos ahí, vamos transformando eso, en una masa buena que puede alimentar, que puede llegar a muchos lugares.
Señor, quiero ser un instrumento en tu mano, para que tú puedas transformar toda la masa en la que yo me encuentro, este mundo tan espectacular en el que me pusiste. Aquí, en este mundo, en medio del mundo, quiero ser ese factor de transformación, tanto: en mi familia, mi trabajo, en mi universidad, si estoy estudiando, con las personas con las que me encuentre.
Quiero ser esa levadura en la masa que transforma todo y que pone Tu Nombre, Señor, en todas partes. Quiero ser ese verdadero apóstol, como san Marcos que, aunque no era uno de los doce, sí que fue un gran apóstol y llevó tu mensaje, lo escribió, lo mandó y hoy, tú y yo quizá, nos hemos convertido, nos hemos acercado a el Señor.
ORACIÓN
Y así, quizá, lo más probable, gracias a él esa levadura suya llega hasta nuestros días. Tú y yo también estamos llamados a una misión similar: somos apóstoles de Jesucristo, somos apóstoles del Señor.
Quería quedarme ahora con un aspecto de ese ser apóstoles. Hace poco leía una homilía de Benedicto XVI que decía a unos sacerdotes recién ordenados que su primera preocupación apostólica, su primera preocupación como pastores era la de su propia vida interior, cuidar su oración.
Pienso que esto que le decía Benedicto XVI a esos sacerdotes recién ordenados también se lo puede decir a cualquier persona: para que seas un apóstol, un buen apóstol, para que seas esa levadura en la masa que transforme todo, cuida tu oración en primer lugar, cuida tu vida interior, habla mucho con Jesús.
Cuentan de una vez que el santo Cura de Ars estaba hablando con una señora y esta señora le decía: Padre, yo le hablo y le hablo a mi hijo de Dios, pero el no reacciona; el santo Cura de Ars con esa sabiduría que le daba la santidad, le dice: No le hable tanto a su hijo de Dios y háblele más a Dios de su hijo. O sea, rece más por su hijo. Es el primer apostolado, es el primer paso de la misión apostólica de todo cristiano.
Vamos a la oración a llenarnos de energía, a llenarnos del amor de Dios, a contarle al Señor de esas personas con las que vivimos cada día y a las que nos gustaría llevarle el mensaje de Jesucristo, porque sabemos que ese mensaje las va a hacer felices.
Vamos a la oración a cuidar nuestra propia vida interior y a contarle a Jesús de los demás, a pedirle al Señor esa energía para poder comunicar a todos ese mensaje, porque todos, todos, todos necesitamos a Jesús en nuestra vida.
LLEVAR A JESÚS A TODAS PARTES
Tú y yo quizás ahora estamos haciendo este rato de oración, pero siempre necesitamos también volver a llenarnos una y otra vez del Señor y sobre todo, cuando queremos pegarlo a los demás, cuando queremos llevar a Jesús a todas partes.
Jesús, que nos demos cuenta de que la oración es el mejor servicio. De que cuidar nuestra propia vida interior es nuestro primer apostolado. Así podremos ser como san Marcos, esos apóstoles que lleven a todas partes el mensaje de Jesucristo.
Terminamos esta rato de oración pidiéndole especialmente su intercesión a la Santísima Virgen, ella es Nuestra Madre, ella es Reina de los apóstoles. Cuando los apóstoles tenían que ir a predicar, se juntaban, en primer lugar, en torno a María, la Madre de Jesús. Así dice el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Bueno, Madre Nuestra, que nosotros también nos congreguemos en torno a ti y tú nos consigas esa gracia para poder ser esos apóstoles de tu Hijo que llegan a todas partes.

