¿No te pasa que, a veces, parecemos actores de una película de espías cambiando de identidad, según quien nos mire? Rezamos en la Iglesia con cara de ángeles, pero luego en el tráfico nos sale lo gandalla -ese que llevamos dentro- y nos vamos metiendo entre los carriles para adelantar.
Somos encantadores con los extraños, con los de fuera, pero, a veces, tratamos de mala gana a los que conviven con nosotros en nuestra casa… Bueno, pues esa fractura, ese ir por la vida con una máscara distinta en la mochila según las circunstancias, es lo que Jesús quiere ayudarnos a quitar hoy.
Porque lo que de verdad cansa no es ser quien uno es, sino el esfuerzo agotador de intentar aparentar lo que no somos. Hoy, Jesús en el evangelio, nos propone la alegría de la sencillez: ese tener un solo rostro para todo y para todos.
En el evangelio de la misa de hoy, Jesús está ahí rodeado de gente y señala a los escribas y fariseos, no porque no se sepan la ley, porque se la saben de memoria. El problema es que viven una incoherencia espiritual, porque dicen y no hacen; son expertos en poner cargas pesadas a los demás, pero ellos no las mueven ni con un dedo. Buscan el primer puesto, que les saluden por las calles, que les llamen maestros…
En el fondo de su vida es una fachada bonita, pero por dentro están vacíos. “Jesús, ahora te miro a ti, me pongo frente a ti en este rato de oración y me doy cuenta de que tú eres lo más opuesto a una doble cara.
JESÚS TODO LO HIZO BIEN
Tú eres el que todo lo hizo bien y lo acabó muy bien. El que no hizo más que el bien, en Ti no hay fisuras. Tu palabra es tu vida. Lo que predicabas arriba en Jerusalén, lo vivías abajo en la vida cotidiana de Cafarnaúm.
Señor, enséñame a no ser un cliché andante con mis golpes de pecho en la Iglesia, pero viviendo de espaldas a Ti cuando salgo de ahí.
¿Y para qué sirve ser coherente? Podrías pensar que es una exigencia más de la Iglesia, otra regla para la lista. Pero la lógica de Dios es distinta. La unidad de vida es lo más útil para ser feliz. Nada da más paz que saber que no tienes nada que ocultar.
San Josemaría solía decir una frase que te va a gustar, porque está llena de verdad, incluso de buen humor. Está escrita en un libro para hacer oración que se llama Surco, que te recomiendo. Luego lo puedes encontrar en internet.
Bueno, en el número 534, dice:
“No te escandalices porque haya malos cristianos, que bullen y no practican. El Señor —escribe el Apóstol— ha de pagar a cada uno según sus obras: a ti, por las tuyas; y a mí, por las mías. Y termina diciendo esto que te quería resaltar: —Si tú y yo nos decidimos a portarnos bien, de momento ya habrá dos pillos menos en el mundo.”
(Surco, punto 534)
Podríamos pensar que aquí se resume la esencia de la unidad de vida, en esa invitación de san Josemaría a la coherencia cristiana, a la unidad de vida; no a algo externo, sino primero interior.
SAN JUAN PABLO II
Vamos a portarnos bien tú y yo. Vamos a hacer coherentes tú y yo y así habrá, al menos, dos pillos menos en el mundo, pues qué gran verdad. Si tú y yo nos tomamos en serio nuestra fe, el mundo empieza a cambiar por ahí, sin necesidad de grandes discursos.
Fíjate en la vida de los santos, que no eran gente rara ni amargada. Mira, por ejemplo, a san Juan Pablo II cómo vivió esa unidad de vida de forma tan natural, ¡qué asombra!
Cuentan, por ejemplo, que siendo Papa se escapaba a hacer ejercicio a la montaña, cerca de Roma; se ponía una boina, una capa negra, un poco para disfrazarse y sus botas viejas… Para los de la gasolinera, para los de la caseta, pues era un señor más, pero ese hombre, ese mismo hombre mientras caminaba por la nieve, estaba unido a Dios.
Y una vez le preguntaron si no le cansaba no tener nada de tiempo libre, porque su agenda estaba llena desde las 5:30 de la mañana hasta las 11:30 de la noche. Se le quedó mirando al que le preguntaba y le contestó: Si todo mi tiempo es libre. ¡Qué crack! Para san Juan Pablo II, rezar, esquiar, caminar en la nieve, gobernar la Iglesia o estar con amigos era lo mismo: Tiempo para Dios, tiempo para amar a Dios.
Eso es tener un corazón unificado. Señor, Jesús, quiero que mi vida sea así como la de san Juan Pablo II, de una sola pieza. Que mi fe no sea una gorra que me quito cuando entro al gimnasio o cuando salgo de fiesta con mis amigos.
JESÚS NUESTRO FIN
Ayúdame a entender que ser otro Cristo no es hacer cosas raras, sino ponerle amor a lo que ya hago. Como decía un alma de oración en las intenciones, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo.
Si nos tomamos la vida así con naturalidad, como el agua que sale de una fuente, te aseguro que vamos a atraer a la gente a Dios. No hará falta que nos pongamos místicos o aleluyas para que los demás noten algo distinto.
Mira lo que le pasó a una mujer que se dedicaba a las tareas del hogar y se subió a un taxi y se puso a hablar con el taxista con toda naturalidad, sin rollos clericales, simplemente contándole la belleza de ser amigo de Dios, de la alegría de confesarse. Y el taxista la miró y le dijo que él no necesitaba de esas cosas, que él no necesitaba confesarse.
Esta mujer le dijo al taxista: Oiga, de verdad, ¿usted no necesita confesarse? Ay, por favor, antes de bajarme, deme su autógrafo. Es la primera vez que viajo con un santo.
Pues efectivamente, solo los santos no necesitan confesarse, y como no hay santos en la tierra, pues todos necesitamos confesarnos.
Pero Jesús, a veces me veo tan lleno de goteras… Me propongo ser coherente y a la primera de cambio me sale el mal genio o la flojera. ¿Cómo voy a hacer uno si me rompo en mil pedazos?
Bueno, pues aquí entra la humildad. La unidad de vida no es no caer nunca, sino tener la valentía de reconocerlo con sencillez y volver a empezar. Santidad no es no tener defectos, sino luchar por vencerlos.
HACER EXAMEN
Recuerda lo que le dice Jesús a aquella mujer del evangelio, que era una pecadora pública: Sus muchos pecados son perdonados, porque amó mucho.
Bien, pues vamos a hacer un pequeño examen, pero no de esos que te ponen nervioso, sino uno para ver dónde podemos mejorar.
Pregúntate con sinceridad: ¿Soy la misma persona en el centro de formación que con mis amigos de siempre? ¿Tengo una cara para la oración y otra para las personas? ¿Me gasto de verdad por los demás? ¿O sólo hago las cosas para que me vean o para cumplir o para ponerle palomita?
Bueno, Jesús, enséñame a hacer de mi corazón un altar donde te ofrezca cada minuto de mi día. Que aprenda que la pregunta clave no es: ¿Qué puedo hacer yo por los demás, sino qué necesitan los demás de mí? Si vivo así, pendiente de los otros por ti, mi vida se va a llenar de una luz que no se apaga.
Y todo con esa naturalidad de quien sabe que su padre, Dios, le mira siempre con orgullo.
No tenga miedo a esos retos, que me plantea el mundo moderno, porque quien está en las manos de Dios cae siempre en las manos de Dios.
Terminamos este rato de charla con Jesús mirando a Nuestra Madre, María. Ella es la maestra de la normalidad: lava la ropa, prepara la comida, habla con las vecinas de Nazaret y en todo eso está amando a Dios con locura. En ella no había paréntesis espirituales. Su “hágase de la mañana” era el mismo que sostenía al pie de la cruz.
Madre mía, enséñanos a no tener más que un solo rostro: El de un hijo de Dios que quiere ser luz en medio de la calle.

