ELEGIR A DIOS
Ayer leímos en el Evangelio el pasaje del joven rico, aquel joven que fue invitado por Ti, Señor, a seguirlo. Y él se fue triste porque tenía muchas posesiones. Así termina el Evangelio.
Hoy continúa el diálogo de Jesús con sus apóstoles después de este encuentro con el joven rico. Y antes de seguir, podemos pensar, detenernos un poco y mirarte, Señor, después de que este joven se va triste porque tenía muchas posesiones. Te quiso seguir, vio en ti un gran bien, pero como que no quiso desprenderse de lo que Tú le pedías y prefirió sus cosas…
Y se fue triste. Tú, Señor, lo ves que se va, que se aleja. Y tú también estás triste.
Te quedas triste al ver cómo él se aleja y no quiso a Dios. Quiso algo distinto. Y nuestro corazón está hecho para Dios y sólo en Dios encontrará plenitud, sólo en Dios encontrará felicidad.
Y bueno, pues en esta vida se trata de aprender a elegirte a Ti, Señor.
Ahora en este rato de oración te decimos que te queremos sobre todas las cosas. Queremos elegirte. Y cuando venga la alternativa de elegir algo distinto a Ti, queremos ya desde ahora pedirte que nos des la fuerza, la claridad en la mente también para darnos cuenta de que no perdemos nada al elegirte a Ti. Al contrario, que lo ganamos todo.
EL REINO DE LOS CIELOS
Justo se va ese hombre y Tú te quedas con tus discípulos y les dices:
«Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Se los repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos».
Nos adviertes que no es fácil ir al Cielo, que no es fácil tener esa vida sobrenatural continua que es el Reino de los Cielos.
Esa libertad total de todas las cosas en la cual, pues amamos a Dios y hacemos su voluntad. Pero no quieres desanimarnos tampoco, sino tratar de advertirnos.
Ahora recuerdo unas palabras del famosísimo padre Loring que hablaba sobre los novísimos, sobre la muerte, el infierno, la condenación y decía: “No, la iglesia no quiere asustarnos, quiere advertirte”. Es como si vas por la carretera y ves un letrero que dice, “aquí se acaba el camino, cuidado, no seguir adelante”. Y tú sigues adelante, pues no es que el letrero quiera asustarte, sino que quiere advertirte que hay un agujero, que hay un precipicio, que hay un socavón.
“Te vas a ir”, decía este padre, “te vas de narices”, (porque era el español y así hablaba) pero no lo decía así como con mucha vehemencia.
No se trata de asustarnos, se trata de ayudarnos a conseguir esa libertad para llegar a la vida eterna, porque hay un peligro, hay un peligro grande que leemos en la primera lectura de la misa de hoy del libro del profeta Ezequiel.
Y DAR GLORIA A DIOS
«En aquellos días el Señor me habló y me dijo: —Hijo de hombre, dile al príncipe de Tiro, el Señor Dios dice esto, tu corazón se ha ensoberbecido y has dicho, soy dios, estoy sentado en el trono de Dios, en medio de los mares.
Pero eres hombre y no Dios, y te crees tan sabio como Dios, pretendes ser más inteligente que Daniel y conocer todos los secretos, con tu sabiduría y habilidad te has hecho rico, has amontonado oro y plata en tus tesoros. Con astucia de comerciante has aumentado tus riquezas y te has ensoberbecido por tu fortuna».
Tú Señor nos has dado inteligencia, nos ha dado este mundo tan maravilloso para dominarlo, para darte gloria, para ofrecerte nuestro trabajo, para parecernos a Ti, mientras transformamos este mundo y lo hacemos un lugar amable, un lugar donde Tú puedas hacerte presente. Pero cabe el peligro de creernos dueños de las cosas.
Como lo vemos en las parábolas también, la parábola de los viñadores, ¿te acuerdas? Los viñadores homicidas que Tú los pones en el viñedo, los pones a trabajar ahí y luego cuando pides tu parte del fruto, ellos se rebelan y no te quieren dar lo que es Tuyo.
Pues así nosotros aquí en el mundo podemos caer en ese error de no reconocerte como el Ser Supremo, nuestro Creador, como nuestro origen y fin. Y nuestro Padre que nos quiere dar muchísimas cosas más de las que hay aquí en este mundo que se acaba.
LA TENTACIÓN SUPREMA
Es una tentación muy grande, como dice el Cardenal Gottfried Daniels, que hace poco conseguí un librito que se llama “Cien Oraciones para Vencer las Fuerzas del Mal”. Hay una oración para vencer la tentación suprema.
Le pedimos a Dios que nos libre de la tentación suprema y ¿cuál es esa tentación suprema?
Pues ahí te va la oración del Cardenal Gottfried Daniels.
«Padre, no nos dejes sucumbir cuando nos engañen el dinero, el prestigio y el poder. Aleja de nosotros la tentación de la hora tenebrosa, cuando se llama bien a lo que es mal y mal a lo que es bien. Esta hora del adormecimiento en la que incluso los vigías se duermen.
Cuidarnos, padre de la tentación suprema. La del hombre que se ha creído tanto que ya no hay lugar para TI en este mundo.
Padre, líbranos del orgullo, Amén».
Así termina esta oración. ¿Y cuál fue la tentación suprema? Pues la de no darle lugar a Dios en el mundo, pensar que ya no lo necesitamos.
El orgullo, la soberbia, el mirarnos a nosotros mismos y olvidarnos de Dios, olvidarnos que estamos aquí para dar gloria a Dios, para hablar con Él. Somos seres para ser interlocutores de Dios.
Y a veces nos olvidamos de Ti Señor y nos dejamos deslumbrar por la belleza de las criaturas, por las riquezas, por el orgullo, por el placer, por el poder y esa es la tentación suprema, son los ídolos. Crear esos ídolos y olvidarnos de Ti.
TODO EL POSIBLE PARA DIOS
Por eso nos lo adviertes en el Evangelio, pero no quieres desanimarnos.
Y continúa el Evangelio:
«Los discípulos se quedaron asombrados y exclamaron, entonces: —¿Quién podrá salvarse? Pero Jesús mirándolos fijamente les respondió: —Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible».
Señor, Tú vienes a salvarnos, Tú eres nuestro Redentor y nos quieres llevar a todos al cielo. Señor, pues llévanos al cielo cuando Tú quieras, pero ayúdanos a tener un corazón libre de las cosas para estar siempre disponibles para Ti, para saber escuchar tus invitaciones, como el joven rico que escucha tu invitación, pero seguirte, que no nos ate nada, porque nos conviene, porque Tú eres un gran pagador.
El Evangelio continúa:
«Pedro le dice: —Señor, nosotros hemos dejado todo por Ti. Y Tú le dices: —Todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna».
Tú pagas muy bien, Tú no nos quitas nada. Tú nos has dado este mundo para que a través de él te reconozcamos, y ayudemos a los demás, y hagamos producir la tierra, y esos bienes los usemos con moderación, también disfrutándolos, pero con moderación, sin adorarlos. Porque solo Tú mereces nuestra adoración.
Le pedimos a nuestra Madre, la Virgen, que nos ayude a reconocerte como nuestro Dios, y que nos ayude también, como ella, a estar siempre disponible para hacer Tu voluntad.

