DIFICULTADES
Seguimos en el discurso de la Última Cena. Jesús habla al grupo de los apóstoles. Hablan en un ambiente de intimidad y las cartas están sobre la mesa. “Seguro que Tú, Señor, no solo los ves a ellos y no solo los ves ahí. Me explico: los ves en los años que están por venir, en sus alegrías y dolores. Sabes lo que les espera mejor que ellos. Y sabes que después de ellos serán otros los que tomen el relevo y continúen con la misión que les estás encomendando en el cenáculo.
Es una empresa entusiasmante, pero no está libre de dificultades. Se los dice con claridad:
«Si el mundo los odia, sepan que antes que a ustedes me ha odiado a mí. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero como no son del mundo, sino que yo los escogí del mundo, por eso el mundo los odia. Acuérdense de las palabras que les he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a ustedes los perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la suya. Pero les harán todas estas cosas a causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado».
Ellos darán a conocer a Quien te ha enviado. Y, hacerlo, no será un camino triunfal. Por eso te escucho y pienso en mí y en todos los creyentes. No podemos extrañarnos si la contradicción se vuelve un compañero de viaje. Tú ya nos lo has advertido”.
Algunos opinan que esa es una de las razones por la que varios de los apóstoles son pescadores de profesión. “Porque solo quien ha tenido que luchar con las tormentas y tempestades, quien sabe de esos momentos en que el sol se oscurece y las tinieblas más espantosas se abaten sobre una frágil barquichuela, y sobre todo, quien está dispuesto a cualquier sacrificio en cualquier momento, como lo ha de estar siempre un pescador, puede servir para el ministerio del apóstol. Cuando Andrés echaba las redes con su hermano Pedro en el mar azul y sereno de Galilea y después de largas horas las recogía con el gozo de verlas llenas o con la amargura de encontrarlas vacías, se estaba preparando para entrar en la escuela del apostolado” (José María Zavala, Los Doce).
“Yo soy apóstol, quiero serlo. No soy pescador, pero te pido que me enseñes…”
Ahora, quiero salir al paso del típico error de algunos al escuchar palabras como estas. Primero, fijémonos en lo que dice Jesús:
«Si el mundo los odia…»
y luego dice:
«Si me han perseguido a mí, también a ustedes los perseguirán».
O sea, no es Dios quien manda la contradicción. En todo caso vienen. Y, en muchas ocasiones, viene de gente que no conoce a Dios.
DIOS NOS FORTALECE
Te cuento una anécdota: “Había un herrero que, después de una juventud llena de excesos, orientó su vida hacia Dios. Luchó durante años por vivir de forma coherente con ese ideal, pero no parecía que le fueran bien las cosas. Un día, una persona que le conocía desde joven le comentó: «es extraño que, justo después de decidirte a tratar a Dios, tu vida empezó a empeorar. No deseo debilitar tu fe, pero es evidente que no te van bien las cosas».
El herrero no dijo nada; ya había pensado eso muchas veces, sin entender lo que le sucedía. Sin embargo, le contestó: «yo recibo en el taller acero y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes cómo se hace?
Primero caliento la chapa de acero con calor, hasta que quede roja; después, le doy golpes con el martillo hasta que la pieza adquiere la forma deseada, luego la sumerjo en un cubo de agua fría. Repito el proceso hasta conseguir la espada perfecta, pues al primer intento es difícil».
El herrero continuó: «a veces, el acero que me llega no aguanta este tratamiento; el calor, los martillazos y el agua fría lo rompen. Jamás se transformará en una lámina de espada; entonces, lo pongo en un montón de hierro viejo que hay junto a la puerta».
Tras una pausa, el herrero dijo: «Dios me está colocando entre aflicciones. He aceptado los martillazos que la vida me da y, a veces, me siento tan frío como el agua del acero. Pero le pido: ‘Dios mío, no me dejes hasta que tome la forma que esperas de mí. Hazlo como quieras, durante el tiempo que quieras, pero no me eches nunca en el montón del hierro viejo»” (AA.VV., Rezar Hoy 1).
Ahora, Dios no manda la contradicción. En todo caso Dios, se sirve de ella para fortalecernos. Porque Dios no es que sea bueno, es el Bien con mayúscula. Por lo que de Él no nos puede venir ningún mal. El mal viene como consecuencia de nuestros males o porque la vida es la vida, y tiene sus cosas buenas y sus cosas duras. No nos sucede ningún mal por estar cerca de Dios, en todo caso las cosas malas que nos iban a suceder igual (porque la vida es la vida), nos encuentran unidos a Dios, que es quien nos ayuda a superarlas.
NO MÁS APARTARME DE ÉL
Por eso me gustan mucho aquellas palabras de san Josemaría: “Por mi miseria, me quejaba yo a un amigo de que parece que Jesús está de paso… y de que me deja solo.
—Al instante, reaccioné con dolor, lleno de confianza: no es así, Amor mío: yo soy quien, sin duda, se apartó de Ti: ¡ya no más!” (Forja).
Es más, las tribulaciones que podemos atravesar son las tribulaciones de Jesús, no las mías… Como les dice a los apóstoles:
«Ustedes son los que han permanecido junto a mí en mis tribulaciones»
(Lc 22,28).
Son SUS tribulaciones. Nosotros permanecemos con Él.
“Jesús, la vida no es fácil. Casi desde el momento en que uno adquiere uso de razón, se da cuenta de que las cosas no son como a uno le gustaría.
Cuando se es niño, se frustra porque no todo sale como uno quiere: mi equipo de fútbol no gana, no saco la mejor nota, cuando salgo a jugar empieza a llover, me toca ir al dentista, etc.
Pero ahora que he madurado me voy dando cuenta de que hay dificultades serias, de las de verdad: la muerte de seres queridos, peleas dentro de la familia, enfermedades de todo tipo, injusticias que a veces suceden… Hay mucha gente que lo pasa muy mal y a mí a veces también me ha tocado pasar por momentos complicados.
Por eso, Jesús, me encantaría que la vida fuera más fácil. Que el camino fuera más recto, que no hubiera tantas curvas, ni tantas subidas y bajadas. Sería más cómodo que la vida fuese una línea recta y, si es bien ancha, mejor. Pero mientras pienso estas cosas, me acuerdo de lo que salió en el Evangelio (…).
Es por eso, Jesús, que me gustaría ser capaz de aprender de las dificultades. Hablando de este tema con el sacerdote, me citó un punto de san Josemaría que me gustó bastante: «Si no hay dificultades, las tareas no tienen gracia humana ni sobrenatural. Si al clavar un clavo en la pared, no encuentras oposición, ¿qué podrás colgar ahí?». Efectivamente, cuando leo historias de personas grandes, que han hecho cosas que valen la pena, me doy cuenta de que la vida de nadie ha estado exenta de dolores. Empezando por los santos. Esas dificultades que enfrentaron fue lo que les dio solidez a sus acciones.
De todas formas, Jesús, Tú sabes que soy bastante flojo y que, aunque ahora mismo tenga buenas intenciones, en cuanto me vuelva a encontrar con algún obstáculo voy a tener la tentación de tirar la toalla. Por eso, desde ya, te pido ayuda para aprender a no rendirme tan fácilmente y ser capaz de ver los problemas como oportunidades” (AA.VV., Rezar Hoy 1).
“Y, por eso mismo, solo te pido una cosa: no me sueltes de tu mano. Quiero perseverar contigo. Contigo y con tu Madre, que también es madre mía, y me ayuda, y me consuela”.

