El Evangelio de hoy nos da una oportunidad muy bonita para asomarnos al corazón misericordioso de Jesús. Es un sábado; Jesús está en la sinagoga enseñando y, después de un rato, aparece una mujer que lleva dieciocho años enferma. El Evangelio nos dice algo que es impresionante: está completamente encorvada, no puede enderezarse de ninguna manera.
Nosotros podemos imaginar la situación de esta mujer: dieciocho años viviendo así, mirando el mundo hacia abajo, con una enfermedad que le ha condicionado toda su vida.
Entonces Jesús la ve y se conmueve —una persona que no puede mirar hacia adelante, no puede mirar hacia arriba, solo hacia abajo— y la llama. No es una persona anónima cualquiera entre la multitud; Jesús se da cuenta de ella.
Esto es algo que podemos contemplar al inicio de este rato de oración. Jesús mira a las personas y no ve solo números, sino que ve personas que lo necesitan. Donde otros ven, quizá, simplemente una mujer enferma, Jesús ve una hija de Abraham, una persona que sufre, que necesita ser ayudada, y le dice:
“—Mujer, estás sanada de tu enfermedad. Y le impone las manos y ella se endereza enseguida”
(Lc 13, 12-13).
Nos podemos imaginar la alegría de esa mujer después de tantos años: poder volver a mirar hacia delante, poder mirar a los ojos a las personas, poder mirar hacia el cielo. El Evangelio dice que comienza inmediatamente a glorificar a Dios.
Jesús pasa por delante de esa mujer y la sana. Pero entonces aparece un personaje que nos parece un poco ingrato, el jefe de la sinagoga, que, en lugar de alegrarse por lo que acaba de suceder, se indigna porque Jesús ha curado en un sábado. Para él, el sábado tiene que ser respetado.
Eso es verdad. El descanso sabático forma parte de la ley de Dios, pero él había convertido algo bueno, un precepto bueno, en una especie de barrera que le impedía ver lo más importante: que una persona que necesita ayuda estaba delante de él.
EL AMOR NO TIENE HORARIO
Jesús se lo hace ver con mucha fuerza. Le dice:
“ (…) esta hija de Abraham, a la que satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser liberada de sus cadenas un sábado?”
(cfr. Lc 13, 16).
Es como si estuviera diciendo: ¿cómo puede ser un mal momento para hacer el bien?
Quizá esta es la pregunta que podemos plantear en nuestra oración: ¿hay algún momento en que no sea bueno amar? ¿Hay algún momento en el que podamos decir: Ahora no toca hacer el bien?
Como es lógico, siempre es necesario ver si es el momento adecuado para hacer algo, porque hay momentos para trabajar, para descansar, para hablar, momentos para guardar silencio, para rezar, momentos para realizar nuestras tareas… Pero el amor no tiene horario, siempre es buen momento para hacer el bien.
Jesús pasó por este mundo haciendo el bien y nosotros, que queremos imitarlo, estamos llamados a hacer lo mismo. Quizás pensamos que vivir la caridad significa hacer grandes obras, dedicar nuestra vida a los pobres, trabajar en alguna institución misionera, atender a personas necesitadas. Todo eso es muy bonito y muy necesario.
Pero, en general, las oportunidades de amar que Dios nos pone delante son mucho más pequeñas: una persona que necesita ser escuchada, alguien que lo está pasando mal y que nosotros podemos acoger; una tarea que podemos hacer para aliviar el trabajo de otro miembro de la familia…
Una persona que está sola; una conversación en la que podamos elegir entre hablar o escuchar; alguien que nos ha pedido ayuda justo cuando teníamos otros planes. Y aquí aparece una tentación muy común: pensar que, para hacer el bien, tiene que llegar el momento adecuado.
EL FUNDAMENTO ES LA ORACIÓN
Jesús, en el Evangelio de hoy, nos está diciendo precisamente lo contrario. El momento para amar, el momento para hacer el bien, es hoy. La mujer estaba ahí, había estado dieciocho años atada por el pecado, por satanás, y Jesús la vio y la liberó.
Quizás nosotros tenemos también hoy delante a una persona que necesita un poco de nuestro tiempo, nuestra paciencia, nuestra comprensión. Y, aunque no sea el momento más cómodo, es el momento que el Señor me está llamando a amar.
Esa actitud de Jesús se entiende a partir de otra frase del Antiguo Testamento:
“Misericordia quiero y no sacrificios”
(Os 6,6).
Dios no desprecia los sacrificios; Jesús mismo es el primero que está dispuesto a entregar su vida en la cruz. Lo que Dios no quiere es un sacrificio vacío, un sacrificio que no tenga como fundamento al amor.
Podemos hacer en nuestra vida muchas cosas buenas, pero perder de vista a las personas que tenemos delante. Que no se nos olvide que la pregunta no es: ¿estoy cumpliendo mi deber? Sino, más bien: ¿estoy amando a través de esto? Porque el centro de la vida cristiana no consiste en hacer muchas cosas, sino en aprender a amar a través de esas cosas.
Lo que sí existe —y esto está incluido en todo lo que hemos dicho—, es un peligro. A veces, podemos convertir la caridad en puro activismo. Podemos pensar que amar significa hacer muchas cosas por los demás hasta quedar agotados, pero la vida cristiana no es esto.
Porque el motor de la vida cristiana no es nuestra fuerza, sino el amor de Dios. Y por eso es tan significativa la vida de esos santos que han unido una intensa actividad misionera, apostólica, caritativa, pero fundamentada siempre en la oración.
VER CON LOS OJOS DE JESÚS
A mí siempre me ha llamado la atención la exigencia de santa Teresa de Calcuta, en este sentido. Ella enseñaba que las hermanas de su congregación necesitaban dedicar cada día mucho rato a la adoración y a la oración delante del Santísimo.
No es algo secundario, sino que es algo principal en su trabajo con los pobres. Esto es lo que les permite reconocer a Cristo en los pobres y servirlos como Cristo.
Algo parecido encontramos en san Alberto Hurtado, que podía salir de noche a buscar personas necesitadas por las calles de Santiago, pero su actividad no nacía simplemente de una sensibilidad social, sino de su amistad con Jesucristo. A los jóvenes que colaboraban con él, les insistían en la necesidad de la oración.
Porque, si no estamos unidos a Cristo, incluso nuestras buenas intenciones pueden terminar girando alrededor de nosotros mismos. Necesitamos rezar, necesitamos apoyarnos en la roca firme, que es el Señor, estar con Él y aprender de Él a mirar a los demás.
Así como Jesús, cuando ve a la mujer, se da cuenta de su necesidad, nosotros podemos pedirle al Señor que nos ayude a reconocer en los demás esas necesidades. Que, a través de la oración, nos cambie nuestro modo de ver, que nos enseñe a ver con sus ojos.
San Josemaría le pedía al Señor:
“que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma”.
“Señor, te pido que Tú me ayudes a mirar como Tú, a mirar con tus ojos. Mirar a una persona que sufre y decir: Esta es una oportunidad que yo tengo para hacer el bien”. Cuando hay una persona que necesita amor, nunca es mal momento para hacer el bien.
HACER EL BIEN
Nos podemos preguntar, hoy: ¿hay alguna persona a la que podría hacer un bien y estoy esperando? ¿Hay alguien a quien debería escuchar? ¿Algún pequeño servicio que pueda hacer? ¿Alguna reconciliación que estoy retrasando? ¿Hay alguien a quien yo tenga que pedirle perdón? ¿Hay alguien que necesite que le dedique tiempo?
Jesús me está diciendo: “No esperes a que llegue un momento perfecto; ama ahora con lo que tienes y dónde estás. No hace falta hacer cosas extraordinarias, sino lo de siempre.
Terminamos, como siempre, mirando a nuestra Madre Santísima. En ella encontramos perfectamente unidas la oración y la acción. María es una mujer que escucha, pero qué hace. Ella recibe el anuncio del ángel y parte inmediatamente a ver a su prima santa Isabel.
Ella observa en Caná de Galilea, se da cuenta de que no tienen vino y sale al rescate. Todo nace de esa mirada preocupada y de esa fuerza que tiene para actuar. Madre nuestra, ayúdanos a nosotros también a darnos cuenta de que siempre es momento para hacer el bien.

