No sé si alguna vez has leído los sueños de san Juan Bosco. Este santo tenía la peculiaridad que Dios le revelaba cosas a través de sueños. No era algo divertido, porque él quedaba bien impresionado y se despertaba agotadísimo como si no hubiera dormido.
Te cuento todo esto porque te quiero compartir uno de sus sueños.
“Me encontraba en el patio con todos los jóvenes de la casa que se entretenían en saltar y correr por él. Salimos del Oratorio para ir de paseo y después de algún tiempo nos detuvimos en un prado. En él los muchachos reanudaron sus juegos y cada uno iba en competencia con los demás para ver quién era el que más saltaba; cuando descubrí en medio del prado un pozo sin brocal.
Me acerco para examinarlo y asegurarme de que no ofrecía peligro alguno, cuando veo en el fondo una horrible serpiente. Su grosor era como el de un caballo, mejor dicho, como el de un elefante; su cuerpo informe y todo recubierto de manchas amarillentas. Inmediatamente me retiré lleno de horror y comencé a observar a los jóvenes que en buen número habían comenzado a saltar de una a otra parte del pozo y ¡cosa extraña! sin que me viniese a la mente la idea de prohibírselo o de avisarles del peligro a que se exponían.
Vi a algunos pequeños tan ágiles que lo saltaban sin dificultad alguna. Otros, mayores, como eran más pesados, iniciaban el salto con mayor brío, pero alcanzaban menor altura y a veces iban a caer en el mismo borde; y he aquí que entonces asomaba y volvía a desaparecer la cabeza de serpiente de aquel horrible monstruo mordiendo a unos en un pie, a otros en una pierna, a otros en diversos miembros del cuerpo. A pesar de esto, aquellos incautos eran tan temerarios que seguían saltando sin parar, no quedando nunca ilesos. (…) Me daba lástima entretanto ver a muchos jóvenes tendidos por los suelos, este con una llaga en una pierna, aquél con un brazo malherido y otro con la misma dolencia en el corazón”
(Los sueños de san Juan Bosco).
¡Qué tremendo! ¿No?
¡Una serpiente horrible! Que muerde y hiere brazos, piernas, corazones… Es el demonio, el pecado…
Don Bosco no puede hacer nada para ayudarles.
PECADO Y SERPIENTE
El sueño recuerda al pasaje del Antiguo Testamento que leemos hoy en la fiesta de la Exaltación de la santa Cruz.
Está el pueblo judío cruzando el desierto cuando
«el pueblo habló contra Dios y contra Moisés: — ¿Por qué nos han hecho subir de Egipto para morir en este desierto donde no hay pan ni agua y nuestra alma no puede más con este alimento tan ligero?
El Señor les envió serpientes venenosas que mordieron al pueblo y murió mucha gente de Israel. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: — Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor y contra ti. Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes».
Ahí está: pecado y serpiente. Ante eso, el pueblo se da cuenta que es Dios quien los libra de la serpiente. ¿Pero cómo? Te podrías preguntar. Pues mira,
«Moisés oró por el pueblo. El Señor dijo a Moisés: — Haz una serpiente venenosa y ponla sobre un mástil y todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá.
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un mástil y si alguien había sido mordido por una serpiente, miraba fijamente la serpiente de bronce y vivía»
(Num 21, 5-9).
Esto es importante no tanto por el sueño de don Bosco como por las palabras de Jesús.
Porque Jesús dice:
«Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en Él.
Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él»
(Jn 3, 14-17).
POR ENCIMA DEL PECADO
Nosotros tenemos pecados. Y pecado y serpiente van juntos, no te olvides. Entonces, así como sobre un mástil puso Moisés la serpiente, así levantaron a Jesús cuando lo crucificaron.
Por eso a esta fiesta se le llama Exaltación de la santa Cruz porque está exaltada, levantada por encima del pecado, de nuestras miserias, de cualquier serpiente.
Ahora, te imaginas cómo todos los israelitas en el desierto intentarían estar cerca del mástil con la serpiente de bronce o, al menos, no la perderían de vista. Así, si los mordía una serpiente levantaban la vista inmediatamente y quedaban curados.
¡Pues así con la Cruz! Es por la Cruz que Cristo nos salva de nuestros pecados. Él se sube a la Cruz porque nos ama por encima de nuestros pecados. Nos ama a nosotros, no a nuestros pecados.
UN LIBRO
“Recuerdo haber visto un vídeo en el que una monja contaba su conversión. Ella era una chica joven, escaladora profesional y un tanto agnóstica.
En un viaje a África para escalar una montaña, se alojó en una hospedería llevada por unas monjas católicas francesas. Su cuarto era austero: una cama, una mesa, una silla y una pequeña estantería en la que había un libro. Lo cogió y comenzó a leerlo. Era el Vía Crucis, de san Josemaría Escrivá.
Al poco comenzó a llorar y al terminarlo ya se había iniciado su conversión. «Lo que me conmovió de aquel libro fue que, a pesar de que narrara una historia terrible —la agonía de un condenado a muerte en la Cruz—, en cada página salía la palabra amor».
Es precisamente el Amor de Jesús el que ha transformado la Cruz, ese instrumento de violencia y tortura, en un signo de amor que cuelga en los dormitorios de millones de matrimonios, adorna el pecho de millones de cristianos en todo el mundo y ha dado tanto consuelo en los últimos momentos a millones de moribundos”
(Deseando Amar, José Brage).
¡Nosotros nos agarramos a la Cruz! ¡Nos agarramos al amor de Dios!
EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
“En el año 614 los persas saquearon Jerusalén y se llevaron la reliquia de la Cruz como trofeo a orillas del Tigris. El emperador Heraclio la recuperó catorce años después. Y el 14 de septiembre de 628 las reliquias de la santa Cruz volvieron a Jerusalén.
Heraclio quiso ingresar en procesión el santo Madero a la ciudad, cargándolo él mismo. Pero al querer llevarla en hombros desde la puerta de Jerusalén hasta el Monte Calvario, no pudo dar un solo paso. El Patriarca Zacarías le manifestó que Dios le daba a entender que no era de su agrado que el rey llevase la Cruz ataviado con vestiduras reales.
Heraclio aceptó la advertencia, se vistió con ropas modestas y pudo avanzar sin dificultad hasta la cima del Calvario, donde colocó la santa Cruz en el sitio donde había sido profanada.
A consecuencia de este milagroso hecho, la Iglesia decretó que todos los años, el 14 de septiembre, se celebrase la fiesta de la Exaltación de la santa Cruz”
(En presencia de Dios Septiembre, Pedro José María Chiesa).
Nos podían haber quitado cualquier cosa ¡pero no la Cruz!
Esa la necesitamos. Estamos dispuestos a luchar por ella, porque sin ella no somos nada… Hay que tenerla a la vista, como los judíos la serpiente de bronce. Por eso la Cruz adorna nuestro pecho, por eso cuelga en nuestros dormitorios. Pero, lo más importante, es que esté en nuestros corazones.
Acuérdate del sueño de san Juan Bosco: la serpiente les causaba dolencia en el corazón…
No huyamos de la Cruz. Busquémosla. No porque deseemos el dolor o los problemas, sino porque en la vida siempre habrá dificultades y las sabremos llevar con alegría sólo si nos abrazamos a la Cruz.
María estuvo al pie de la Cruz, no la perdió de vista. Tú y yo no la dejemos sola.

