Comenzamos hoy un nuevo mes, el mes de septiembre, y tenemos estas palabras que Tú nos diriges en la Misa de hoy, Jesús:
“En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.” (Lc 4, 31)
El evangelio, como vemos, nos presenta que Tú, Señor, estás buscándonos: Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea.
Igual que bajas aquí, a donde yo estoy, a donde está cada una de las personas que estamos ahora haciendo este rato de oración.
Tú bajas, Señor, del Cielo a la tierra, de la eternidad a este momento, de tu amor infinito, a mi presente que es limitado, chiquito: ¡bajas!
Esta maravilla nos recuerda que Tú te acercas, no eres un Dios lejano, no eres mucho menos un concepto, una idea.
Eres alguien y alguien que se acerca. “Jesús bajó y los sábados les enseñaba”, sigue diciendo el Evangelio.
El día en que la gente se reunía para rezar en los templos, Tú hiciste ya una tradición de enseñarles y esto son como los recuerdos, los orígenes de nuestro domingo.
Nosotros nos reunimos los domingos en la Iglesia para la Misa y Tú, Señor, nos enseñas, pues no has dejado de hacerlo.
Cuando estabas aquí, los sábados les enseñabas. Ahora, de esta manera nos enseñas a nosotros los domingos, también un día.
Pero hoy que es martes también nos enseñas, no es que te encierras en un día, pero hay un día, diríamos en que lo haces de manera especial.
LLENO DE AUTORIDAD
Lo has hecho así siempre, pues ahora también es un día, el domingo es el día especial para aprender de Ti.
Por eso leemos la biblia en la Misa y por eso tenemos los sacerdotes, la obligación de comentarla en la homilía.
Bueno, y dice aquí:
«Se quedaban asombrados de su enseñanza porque su palabra estaba llena de autoridad.” (Lc 4, 32)
Esta maravilla, Señor, nos pasa también cuando estamos atentos, cuando no nos despistamos, no nos distraemos, sino que nos recogemos.
¿Qué estás diciendo, Señor, con este Evangelio? ¿Qué me estás diciendo con estas palabras a mí? Y entonces, voy aprendiendo.
Se quedaban asombrados de su enseñanza. Y dice:
«Porque su palabra estaba llena de autoridad. (Lc 4, 32)
Tiene que haber sido muy especial el timbre de tu voz, tiene que haber sido también muy bonito mirarte a los ojos.
Pero esta autoridad, creo que no viene solo de la armonía de tu cuerpo, de tu porte externo, Señor, sino de la fuerza de tu vida coherente, de que has hablado primero con tus obras y después con tus palabras.
SEAMOS COHERENTES
Para no caer nunca en esa caricatura, que oía cuando era chiquito: del “diablo predicador”, una persona que sabe hablar de Ti, Señor, pero que no te representa con los hechos.
Ahora mismo yo te pido, Jesús, que nunca permitas que yo pueda recibir ese título. Ayúdame a tener autoridad moral y todos los que estamos ahora haciendo oración, que lo tengamos también, que seamos coherentes y que primero hablemos con nuestro ejemplo, con nuestras obras.
Sigue diciendo el Evangelio:
«Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo, y se puso a gritar con fuerte voz: ¡Basta! ¿Qué tenemos que ver con nosotros contigo, Jesús Nazareno?» (Lc 4, 33-34)
Bueno, esta experiencia que siempre despierta un poquito la curiosidad y, por qué no decirlo: el morbo, la experiencia de una posesión diabólica, que un demonio empiece a dar alaridos, que se enfrente a Ti, Señor.
Que te diga:
¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? (Lc 4, 34)
Todo esto decía, bueno, es una escena efectivamente, que pasa a la historia, en parte porque el demonio se atreve a desafiarte, Jesús.
TÚ TIENES EL PODER
Pero Jesús le increpó diciendo:
«Cállate, y sal de él.» (Lc 4, 35)
Se acaba el morbo, se acaba la curiosidad, porque dice:
«Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño. Quedaron todos asombrados, y comentaban entre sí: ¡Qué clase de palabra es esta! Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen.” (Lc 4, 35-36)
Pues yo creo, Señor, que a ninguno de los que estamos ahora haciendo este rato de oración nos atrae la idea de protagonizar o de estar acerca de un exorcismo, de una manifestación visible del demonio.
No, pero sí nos da mucha tranquilidad el saber que Tú tienes poder sobre él: Cállate, y sal de él. Y salió el demonio.
Esa fuerza de tu palabra, Señor, esa autoridad que se impone sobre el diablo nos da tranquilidad.
Y es precisamente sobre esto que creo que podemos, como que ir redondeando nuestra conversación contigo hoy.
Sé quién eres, el santo de Dios, dice el demonio: “El santo de Dios”. El demonio dice: que Tú eres el Mesías.
TÚ ERES EL HIJO DE DIOS
Dice que tienes mucho de parecido con Dios, de alguna manera se cumplen las palabras del apóstol Santiago recogidas en la Biblia:
“También los demonios lo creen y tiemblan.” (Stg 2, 19)
Está aquí describiendo precisamente un demonio que dice:
«Sé quién eres Tu; el Santo de Dios.» (Lc 4, 34)
Pero en realidad no sabía quién eras, Jesús. Por eso, de alguna manera, se puede intuir que él está desafiándote con el empeño de conocerte, pero ignorando que Tú eres Tú: el Hijo de Dios, Dios encarnado.
Y que, por lo tanto, con solo hablarle lo ibas a expulsar de su juguete, donde estaba él metido.
Si nosotros tuviéramos claro, lo que este demonio no tuvo claro, si nosotros te conociéramos un poquito mejor, si te contempláramos como en realidad Tú eres.
Yo lo que te pido ahora, Señor, ya terminando, es que todos los que estamos ahora haciendo este rato de oración, podamos decir con verdad, estas palabras que salieron de la boca del demonio con mentira.
Pero que de nosotros salgan con verdad: “Sé quién eres Tú, el Santo de Dios” y que precisamente porque sé quién eres: el Santo de Dios, me acerco a Ti y quiero elegirte como mi modelo y quiero elegirte como mi protector. y quiero ser como Tú.
Miremos más a Jesús, pero no como los diablos, con desconfianza, sino como quien tiene fe, ¡Y aprendamos!

