ESCUCHA LA MEDITACIÓN

¡SALADO!

Vivimos en un tiempo en el que muchas palabras ya no convencen, pero una vida auténtica sigue interpelando. Jesús no empezó pidiendo normas, sino proponiendo una forma nueva de vivir. En esta meditación vamos a redescubrir el orden del Evangelio: primero ser sal, dar sabor a la vida con la fe vivida; y solo después ser luz, iluminar con la verdad que nace del encuentro con Cristo. Vivir una fe que no se impone, sino que atrae.

Quiero saludar a un amigo sacerdote muy salado. Se trata de un sacerdote andaluz de nombre hm a ver si lo recuerdo. Ah, sí, Ignoto, don Alex.
Perdón, don Ignoto, con los buenos días o ya tardes en España. Un saludo aquí desde Chía, Cundinamarca, Colombia.
Te quiero hacer una pregunta. ¿Qué significa en España ser salado? Porque te cuento que hoy la meditación va de eso.
¡Pero qué alegría, salado, Padre Santi! Perdón, Padre Santi, pero qué alegría que nos pongamos de un lado a otro del Atlántico a conversar con todos vosotros y con el Señor, contigo y con el Señor.
¿Qué es un salado? Un salado eres tú. Un salado es aquella persona que es alegre, que es simpática, que siempre pone una sonrisa, que detrás de todo, incluso de lo que no entiende, ve la mano amorosa de nuestro Señor.
Un tío simpático, un tío que también lleva la alegría y el buen humor de la creación, como dice Benedicto XVI: lo lleva allí, allí donde está, en su trabajo, en sus amigos, en su fiesta, en su deporte, en sus cosas, ¡eso es un salado!
Va ahí escurriendo alegría, esparciendo alegría, esparciendo buen humor. Ligereza, ligereza.

MUCHO SALADO POR ESTAS TIERRAS

Yo creo que son esas personas que son ligeras, que dan el puntito sabroso, que tienen ahí en esa tierra maravillosa. Y un día voy a tener que ir para allá, ¿eh? A ver si organizamos algo.
Que Dios os bendiga. Padre Santi, sigue dándolo todo ahí. Vivan esos salados de Colombia y de toda Hispanoamérica.
Don Alex, cristalino, muchas gracias por la explicación. Bueno, y por aquí te esperamos.
Y sí, es verdad, aquí hay mucho salado y mucha salada por estas tierras, aunque hay veces, es curioso, pero aquí tiene otro significado.
Porque hay veces es echar la sal o tener la sal o tener mala suerte, pero no, ya nos queda muy claro qué significa ser salado.
Jesús, ¿qué dices Tú hoy en el Evangelio?:

“Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo.” (Mt 5, 13-14)

Hay un detalle que no es menor. Jesús primero dice sal y después dice luz. Y ese orden importa y mucho.
Primero, sal. La sal casi ni se ve, no llama la atención, pero se nota enseguida cuando falta.

salado
Todos hemos probado alguna vez un plato insípido. Está bien preparado, se ve bien, pero no sabía nada. Y decimos casi automáticamente, «Le falta sal». Jesús, algo parecido pasa con la vida cristiana.

VIVIR LA FE

Cuando falta fe vivida, cuando falta esperanza ejercitada, cuando falta amor concreto, servicio, alegría, pues la vida se vuelve insípida y no solo para los demás, sino también para uno mismo.
Le pregunté una vez a un sacerdote que además es ingeniero químico, si la sal podía volverse sosa, como dice el Evangelio.
Entonces, me explicó algo interesante y es que la sal como tal no pierde su propiedad, solo se vuelve insípida cuando se mezcla con otra cosa, por ejemplo, con el agua, cuando se diluye.
Y quizá eso es lo que querías decir Tú, Jesús. No que el cristiano pierda su identidad de golpe, sino que la va diluyendo, mezclando, rebajando hasta que ya no da tanto sabor.
La sal es mágica, la sal conserva, la sal da gusto, la sal realza lo que toca. Y eso fue lo primero que hicieron los cristianos, vivir de un modo distinto, como la sal, allí en medio de donde estaban ellos. Así empezó el cristianismo.
Lo que convirtió el mundo antiguo no fue, no sé, primero la doctrina que era sí efectivamente profunda, exigente, sino la novedad de una vida puesta en práctica.
El cristianismo desde el principio no empezó como un sistema de ideas, ni como un código moral, ni como un conjunto de normas.
No, no, no, no. Empezó con una vida distinta, una forma nueva de estar en el mundo y eso atraía a muchas personas.
Los paganos, por ejemplo, veían cómo se trataban entre ellos, cómo cuidaban a los enfermos, cómo perdonaban, cómo vivían la alegría, incluso en medio del dolor y decían: ¡Miren cómo se quieren, miren cómo se aman!

¿DE DÓNDE SACA ESA ALEGRÍA?

Primero gustaban la sal y después sí, atraídos por esa vía o por esa vida más bien, se abrían a la luz.
¿Qué pasa? Claro, el ejemplo despierta preguntas. Cuando alguien nota que una persona es coherente, alegre, que da paz, que tiene paz, los demás empiezan a preguntarse ¿por qué vive así?
¿De dónde saca esa alegría, esa esperanza? ¿Qué hay detrás de esa forma de amar?
Y ahí sí, puede aparecer también el deseo de la luz también. Claro, es importante, después la luz. Por eso Tú dices:

“Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo.” (Mt 5, 13-14)

La luz también es importante, pero a diferencia de la sal, la luz sí se ve. La luz ilumina, la luz orienta, muestra un camino.
Pero Jesús, Tú eres claro, una luz auténtica no se enciende para deslumbrar ni para imponerse. No, no, no. Se enciende para servir, para que otros puedan ver mejor.
La luz cristiana, la luz del Evangelio, es sí, la doctrina, la moral, el camino que Jesús propone.
Pero esa luz solo se entiende bien cuando antes se ha experimentado el calor, el sabor de una vida cristiana auténtica.
No podemos empezar por la luz si antes no hay sal. No podemos empezar por normas si antes no hay un encuentro.

UN CAMBIO DE ÉPOCA

No podemos empezar por: ¡esto está mal! Si antes no mostramos la belleza de lo que está bien vivido, de las virtudes, de vivir como como Tú vives, Señor, de imitarte a Ti.
Hay una frase que estos días me ha impactado mucho leerla. Es una frase que dijo con fuerza el Papa Francisco: y es que ya no estamos más en cristiandad.
Ahora me estoy leyendo un libro donde apareció esa frase y hay otra del documento de Aparecida donde dice:

«No estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época».

Y esto tiene consecuencias también para cada uno de nosotros. Durante mucho tiempo, quizá en la época, no sé, de nuestros abuelos, la fe se transmitía mucho más.

Transmitir la fe como San Joaquín y Santa Ana, salado
Por ejemplo, con normas claras, qué se podía hacer, qué no se podía hacer, cómo comportarse. Muchas veces eso ayudaba.

¿QUÉ ESTÁ PERMITIDO?

Pero hoy, Señor, no sé, en este cambio de época, ese camino ya no basta. Hoy el gran desafío no es solo moral, es existencial.
Las personas y especialmente los jóvenes no preguntan primero, oye, ¿qué está permitido?
No, los jóvenes ahora preguntan: ¿qué vale la pena vivir? ¿Cómo vale la pena vivir? ¿Esto vale la pena vivirlo así? ¿Esto me hace más humano, esto me da sentido a la vida? ¿Esto es bello?
Por eso hoy hace falta volver al orden que Tú ponías, Jesús. Primero sal, después luz.
Hablar más de lo bello que, de lo prohibido, ayudar al que está mal, más que señalar lo que está mal, predicar desde la vida con imágenes, con historias, con cercanía y así habrá sal y habrá luz.
Es muy bonita esa imagen. Jesús, Tú pones la imagen de una ciudad en lo alto del monte, y allí esa ciudad puede estar iluminada con una sola luz en la oscuridad y esa sola luz pues ya dice alguna cosita.
Pero imaginémonos muchas luces bien distribuidas, pues eso hace que toda la ciudad resplandezca.
Ese es el sueño tuyo, Señor. No cristianos que, no sé, están ahí figurando, sino cristianos que están calladitos, pero iluminando.

YO ME SÉ HIJO DE DIOS

No personas que aparentan, sino personas que aman, hombres y mujeres corrientes ahí en medio de la vida ordinaria, siendo sal, siendo salados, con una sonrisa, con una alegría, dando paz, la sal de saberse Hijo de Dios.
Yo me sé hijo de Dios y por eso vivo así con sal y doy luz. Vivo con sentido. Eso da luz.
Bueno, vamos a pedirle hoy al Señor esa gracia, ser salados como don Ignoto, con nuestra vida, con nuestro ejemplo, con nuestra cercanía.
Y entonces sí, dejar que brote la luz, para que otros al ver nuestras obras, den gloria al Padre que está en los Cielos.
Acudimos a nuestra madre Santa María; madre mía, tú fuiste sal escondida en Nazaret, dando sabor al mundo sin hacer ruido.
Viviste el Evangelio antes de anunciarlo. Creíste antes de comprender. Amaste antes de explicar. Fuiste esa luz discreta, no para deslumbrar, sino para señalar a Jesús.
Enséñanos a vivir como tú. Primero sal con una vida entregada y después luz que lleve a otros hasta tu Hijo.


Citas Utilizadas

Is 58, 7-10
Sal 111
1Co 2, 1-5;/ Mt 5, 13-16

Reflexiones

¡Ayúdanos Señor, a ser sal del mundo, a iluminar para que todos puedan llegar a Ti!

Predicado por:

P. Santiago

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