Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.
¿El mejor psiquiatra es el sagrario?
Muchas veces queremos que Jesús nos resuelva la vida, pero él quiere salvar nuestra vida.
Por eso, me causó un poco de gracia hace unos días leer un artículo de un psiquiatra que se llama Carlos Chiclana, que comenzaba con una frase un poco divertida. Decía que a veces, en su consulta, le comentan: «El mejor psiquiatra es el sagrario«. Él responde: «Sí, y también el mejor ginecólogo y el mejor traumatólogo, y así sucesivamente».
Comenta que, al principio, la gente se queda desconcertada, pero enseguida añade algo que me hizo sonreír: «A Dios le hace gracia porque Dios es el mejor humorista». Me gustó esta expresión, Señor, porque yo siempre he visto que tú tienes buen humor; no que eres vacilón o que nos juegas malas pasadas, pero sí que Dios es el mejor humorista.
Tal vez a veces empezamos a imaginarnos a Dios muy serio, como si en el cielo estuvieran prohibidas las sonrisas. Sin embargo, basta leer el Evangelio para encontrar a un Jesús lleno de alegría, a veces hasta de ironía:
- Habla de una viga en el ojo —¿cómo vas a poner una viga en el ojo?—.
- De un camello intentando pasar por el ojo de una aguja.
- De colar un mosquito y tragarse un camello.
- O de los niños jugando en la plaza.
Son ideas que nos enseñan porque tiene un modo muy humano de enseñar. San José María insistía mucho en eso: decía que una de las mejores virtudes humanas era saberse reír de uno mismo, no de los demás, porque cuando uno aprende a hacerlo, deja de tomarse tan en serio a sí mismo y empieza a tomar mucho más en serio a Dios.
El Evangelio del centurión: Fe sin magia
El Evangelio de hoy nos presenta al centurión que tiene un criado enfermo. Podría haber exigido un milagro, pero va a pedir ayuda. Cuando Jesús se ofrece a ir a su casa, le responde esa frase que repetimos tantas veces: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle».
¡Qué equilibrio tan bonito! Este hombre confía totalmente, pero no convierte la fe en magia; no intenta manipular a Dios, simplemente reconoce quién es Jesús.
Aquí está una de las primeras enseñanzas: muchas veces acudimos a Dios esperando que haga aquello que quizás nos corresponde hacer a nosotros.
- Queremos que resuelva conversaciones que no queremos tener.
- Que sane heridas que nunca mostramos.
- Que quite ansiedades mientras seguimos viviendo sin descansar.
- O que arregle matrimonios sin pedir perdón.
En definitiva, queremos que haga milagros donde nosotros evitamos poner los medios. Jesús nos diría: «Pongan también de su parte», tal como pidió a los sirvientes de Caná que hicieran su trabajo.
Dios actúa a través de los medios humanos
Jesús puede hacer cualquier milagro, pero normalmente nos invita a acudir al médico. Esta es una idea profundamente cristiana porque Dios creó un mundo donde las causas funcionan: el agricultor tiene que sembrar, el estudiante tiene que estudiar y el cirujano tiene que operar.
Recuerdo a una señora que pensaba que le hacían «mal de ojo» y yo le decía: «Tienes que rezar, pero sobre todo, más que llenarte de medallas y agua exorcizada, lo que tienes que hacer es tener más confianza en el Señor y sentirte hija de Dios». Hay que hacer nuestra parte; la fe no es una «pata de conejo» que atrae la suerte automáticamente.
A Dios le encanta hacernos participar de su obra. Cuando un médico cura con competencia, cuando un amigo escucha con paciencia o una madre vela a su hijo, Dios está actuando ahí. La mayoría de los milagros consisten en que Dios trabaja discretamente a través de personas normales. > Seguramente han escuchado la historia del hombre en la inundación que, subido al tejado, rezaba: «Señor, sálvame». Rechazó dos lanchas y un helicóptero diciendo que Dios lo salvaría. Al morir y llegar al cielo, preguntó indignado por qué no lo salvaron, y Dios le respondió: «Te envié dos lanchas y un helicóptero».
A veces hacemos algo parecido:
- Pedimos paz pero no dormimos.
- Pedimos serenidad pero no soltamos el celular ni para ir al baño.
- Pedimos fortaleza pero evitamos el esfuerzo.
- Pedimos que desaparezca la ansiedad pero rechazamos toda ayuda.
¿Es el mejor psiquiatra el sagrario? Sí y no. No, porque Jesús no sustituye a los profesionales; no vino para ser el mejor dentista o arquitecto. Pero sí lo es, porque ningún psiquiatra puede responder a las preguntas más profundas del corazón: ¿Quién soy? ¿Por qué valgo? ¿Por qué existo? Ahí entra Cristo.
Cuatro ideas clave para la reflexión
Al rezar con este Evangelio, me impresionaron cuatro ideas:
- Dios te ama porque eres: No por lo que hayas hecho hoy o por cuánto hayas rezado. Ya eras amado antes de cualquier mérito.
- Dios te dio talentos: No quiere hijos paralizados, sino que desarrollen su inteligencia, creatividad y profesión para colaborar con Él.
- Tienes límites: No eres Dios. Puedes cansarte, necesitas dormir, amigos y ayuda. Hasta Jesús aceptó ayuda para llevar la cruz.
- Necesitas ser transformado por el amor: No solo por Dios directamente, sino a través de las personas. «No es bueno que el hombre esté solo».
El Terapeuta y el Salvador
Al final del Evangelio de Mateo se dice algo precioso: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». No dice que simplemente las quitó, sino que las cargó. Cristo no siempre elimina el sufrimiento inmediatamente, pero nunca permite que lo llevemos solos.
Esa es la diferencia fundamental:
- El terapeuta te ayuda a comprender tus heridas, pero Cristo entra dentro de ellas.
- El terapeuta te da recursos, pero Cristo te da su propia vida.
- El terapeuta te acompaña un tiempo, pero Cristo promete quedarse para siempre.
Por eso, el sagrario no sustituye al médico; hace algo infinitamente más grande: nos recuerda que somos hijos amados y que ninguna fragilidad tiene la última palabra. Psiquiatras hay muchos, pero Salvador solo uno.
Señora, te pedimos que nos ayudes a escuchar siempre tus palabras: «Haced lo que él os diga».
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación; te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José mi padre y Señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.

