Hoy escuchamos en el santo evangelio las siguientes palabras:
«¿No habéis leído nunca lo que hizo David? ¿Cómo entró en la casa de Dios, comió de los panes de la proposición y se los dio también a quienes estaban con él? El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Así que el Hijo del hombre es Señor también del sábado»
(Mc 2, 25-28).
Estas palabras tuyas, Jesús, son una definición que Tú nos vas dando, de a pocos, de ti mismo.
Si lo leemos con calma, nos da para mucha oración y para mucha acción de gracias. En primer lugar, podemos fijarnos en que Tú dices:
«así que el Hijo del hombre es Señor también del sábado».
Nos estás diciendo que Tú eres el dueño, Tú eres el dueño del sábado, de todo el calendario, del mundo y de la historia.
Eres el dueño. ¿Por qué? Porque eres Dios y nos viene bien recordarlo. Has dicho hace un ratito:
«¿No habéis leído nunca lo que hizo David? ¿Cómo entró en la casa de Dios, comió de los panes de la proposición y se lo dio también a quienes estaban con él? El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así que el Hijo del hombre es Señor también del sábado».
Aquí nos estás diciendo que Tú eres más que el rey David.
EL SÁBADO
El rey David, todos sabemos que es un personaje muy importante de la historia que aparece en la Biblia y que a él le fue prometido que de su descendencia nacería el Mesías.
Tú acabas de decir que eres más que ese rey, porque eres el Mesías, Tú eres Dios. Además, has dicho en el Evangelio:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado».
Tú eres el Hombre con mayúscula para quien se hizo el sábado; o sea, el sábado estaba pensado, en concreto, para que Tú, Jesús, fueses sepultado el sábado.
De manera que le da sentido a ese día y es un día especial para todos los cristianos, porque nos recuerda tu descanso en el Sepulcro.
Ese día, en la Semana Santa, que es un día alitúrgico, donde no hay misa, no hay sacramentos, estás Tú en forma de cadáver, está tu Cuerpo en el sepulcro, y los demás, junto a la Virgen María, estamos esperando tu resurrección.
SEÑOR DE LA HISTORIA
Toda esta cita del Evangelio de la misa de hoy es una verdadera declaración de tu grandeza, de tu soberanía, de tu majestad. Y, en ese sentido, todos los que te seguimos, todos los que queremos conocerte, tenemos muy claro de a quién estamos siguiendo y, ahorita mismo, con quién estamos hablando.
Es tan importante que te conozcamos y nos ubiquemos. Eres el Hijo de Dios, eres el Señor de la historia. Somos tus amigos los que estamos aquí, ahora haciendo un rato de oración contigo. Y esto es para nosotros un honor, que nos des una audiencia Tú, que te intereses por mí, que me quieras y que me tengas presente.
Puedo entender con más facilidad esas palabras de san Pablo:
«Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios»
(1Cor 3, 21-23).
Es una maravilla el poder recordar que, en realidad, formamos parte de ese plan del Señor, que es el plan de su familia, familia a la que nos has incorporado por el bautismo y a la que pertenecemos con derecho a herencia, que tenemos derecho a llegar al Cielo, porque Tú, Señor, nos lo has dado. Derecho a llegar al Cielo… es una maravilla.
ESTAR A LA ALTURA
Ahora lo que nos toca es no hacernos indignos y, por lo tanto, terminar desheredados, sino estar a la altura.
Para eso, lo que forma parte del Evangelio de hoy también que Tú vas a comer el pan. Dice así el Evangelio:
«Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas. Los fariseos le preguntan: “Mira, ¿por qué hacen el sábado lo que no está permitido?”»
(Mc 2, 23-24)
Entonces viene la respuesta que antes hemos comentado y que Tú das, Señor. Comer el trigo, comer el pan, comulgar. Nosotros tenemos este pan que Tú nos has dejado, Señor y que eres Tú mismo bajo esas apariencias que nos confunden, pero que en realidad es donde Tú te escondes.
“Eres tan poderoso que puedes renunciar incluso a tu apariencia y te escondes tanto”
(Papa Benedicto).
Tu humildad, Señor, siempre será para nosotros una fuente de mucha admiración.
Vamos a intentar, todos los que estamos ahora aquí, haciendo este rato de oración, ser muy conscientes de con quién estamos.
Eres -como hemos dicho- más que David, eres el dueño de la historia, eres el Hijo de Dios.
Vamos a darnos cuenta también de, cada vez que comulgamos, a quién recibimos. Cómo deberemos prepararnos para estar dignamente dispuestos en el cuerpo y en el alma, para que Tú, Señor, entres en nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestro pecho.
Con todas estas luces que te agradecemos, vamos a disponernos, si es posible, para comulgar hoy día y recibirte, Señor, como te recibió la Virgen santísima, como te han recibido las personas que te han querido en este mundo, que son los santos. Ayúdame a hacerlo con esa misma piedad con que ellos lo hicieron.

