LA REVELACIÓN DEL PADRE
Nos estamos acercando a los tiempos de grandes revelaciones porque la Semana Santa -concretamente la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo- revela grandes realidades que estaban ocultas a nosotros los hombres. Y esa revelación que ha venido a traer Cristo tiene que cambiarnos la vida.
Para prepararnos también a esa revelación máxima de la Cruz, la Iglesia quiere que leamos hoy lo que nos revela la Santísima Trinidad, porque en el capítulo 5 de san Juan -que es el que corresponde al Evangelio de la misa de hoy- vemos cómo Jesucristo nos revela al Padre.
Y por supuesto cuando revela al Padre, nos revela también esa vida intra-trinitaria: la vida de relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
En la víspera de su Pasión, Jesucristo habla del Padre y por supuesto que los apóstoles están deseosos, extasiados; quieren conocer al Padre. El apóstol
«Felipe dice: —Maestro, muéstranos al Padre y eso nos basta. Y Jesucristo le responde
[con una asombrosa franqueza]:
—Yo estoy en medio de ustedes hace tanto tiempo y ¿no me conoces, Felipe? Quien me ve a mí, ve a mi Padre»
(Jn 14, 8-9).
Bueno este no es exactamente el Evangelio que toca el día de hoy, pero la idea sigue siendo la misma. Jesucristo nos revela a Dios Padre y sorprendentemente nos encontramos con algo que no esperábamos encontrar.
La imagen que nos revela Cristo de Dios no es la que estábamos esperando a lo largo de los siglos. Y para muestra basta con irse a los inicios de la humanidad, porque desde allí ya nos hemos formado una imagen equivocada de Dios.
UNA IMAGEN EQUIVOCADA DE DIOS
Para que Adán y Eva cayeran, el tentador -la serpiente- les ofrece una imagen desdibujada de Dios. Nuestro Señor dirá que él es mentiroso desde el inicio, pero resulta que su modo de mentir es muy sutil porque no es solamente decir cosas totalmente falsas, sino sobre todo decir medias verdades. Claro y en este caso ¿qué es lo que le dice la serpiente? Que
«si comen del fruto prohibido […] Dios sabe que se les abrirán los ojos y serán iguales a Él, y conocerán el bien y el mal»
(Gn 3, 5).
Resulta que esta es una media verdad, pero sobre todo es una media mentira, porque es verdad que se abren los ojos, pero se abren los ojos para lo que no interesa, para lo que distrae de Dios; en definitiva, para lo que nos distrae de nuestro verdadero fin, que es la felicidad eterna.
Y la mentira que les vende es que van a ser autónomos como Dios, serán conocedores del bien y del mal, no tendrán que depender de otra persona, serán totalmente autosuficientes.
Esa es la imagen falsa que les está vendiendo el tentador: que Dios no depende de absolutamente nadie, que Dios no tiene que adaptarse a los planes de otra persona.
En el fondo les está diciendo que Dios es arbitrario y que ustedes no tienen por qué depender de esa arbitrariedad de Dios, cuando también ustedes pueden elegir arbitrariamente lo que quieran, sin depender de nadie.
Además, otra mentira es decirles que Dios no quiere que sean como dioses, como una idea tonta y absurda de que Dios tiene un temor terrible de que sean como Él.
Adán y Eva caen en la trampa y desde entonces la humanidad ha tenido una imagen desdibujada de lo que verdaderamente es Dios, hasta que llega Jesucristo en la plenitud de los tiempos.
Jesucristo viene a corregir el error de Adán y Eva, porque viene a revelarnos que Dios es amor; y sobre todo es un amor de donación total, es un amor generoso, es un amor que se entrega sacrificadamente hasta el extremo.
Y por eso nos sorprendemos cuando escuchamos el Evangelio de hoy y se nos revela que Dios Padre y Dios Hijo tienen una relación de dependencia, de donación total, de querer exactamente lo que quiere el otro. Así por ejemplo leemos en el evangelio de hoy:
«En verdad, en verdad os digo, que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino que lo que ve a hacer al Padre. Lo que el Padre hace, eso mismo hace también el Hijo. Pues el Padre ama al Hijo y muestra todo lo que Él hace y le mostrará obras mayores que éstas para vuestro asombro»
(Jn 5, 19-20).
SANTÍSIMA TRINIDAD: UNIDAD EN EL AMOR
Como ves es una imagen totalmente opuesta a la que vendía la serpiente, porque es verdad que Dios uno, la Santísima Trinidad, es totalmente trascendente a nosotros y por lo tanto absolutamente independiente, no depende absolutamente de nada; todo ha sido creado por Él desde la nada.
Pero eso es perfectamente compatible con que ese Dios intra-trinitario -dentro de la Trinidad- es de una dependencia total en el amor.
Si lees con detenimiento el Evangelio de hoy te vas a encontrar con muchas expresiones que hablan precisamente de esta unidad en el amor, de una dependencia libre, totalmente libre, hecha por amor. Por ejemplo, dice
«lo mismo que el Padre resucita a los muertos […], así también el Hijo da vida a los que quiere»
(Jn 5, 21).
O más adelante cuando dice:
«Para que todos honren al Hijo como honran al Padre»
(Jn 5, 23).
O por ejemplo otra línea más donde dice:
«Porque igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo»
(Jn 5, 26).
Y por si no quedara clara esta unidad entre el Padre y el Hijo, termina el evangelio diciendo:
«o no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo a mi Padre juzgo y mi juicio es justo porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió»
(Jn 5, 30).
Claro, todo esto es una luz asombrosa que Dios nos revela para que podamos conocer a Dios como es. Dios es amor. Y como decíamos, es un amor generoso, un amor de donación total, un amor que identifica con la persona amada.
Ese es el verdadero Dios. Qué diferencia con esa imagen que nos vendieron de Dios, de Dios caprichoso, de Dios arbitrario, de Dios egoísta que no quiere depender de nadie porque no necesita a nadie. No quiere depender de nadie.
Ahora con este Evangelio de hoy y con esta preparación para la Semana Santa, nos damos cuenta en cambio de cómo este Dios ha querido depender por ejemplo de dos pobres criaturas, muy santas, pero criaturas al fin: María y José. Nos preparamos para ver cómo Dios tan humilde ha querido depender de las decisiones de los pobres humanos que lo condenan a muerte.
Dios que es amor y creador de todas las cosas ha querido depender de otra persona que piadosamente le dé de beber en la cruz para calmar su sed. Un Dios Hijo que tiene resistencia humana al sufrimiento o al dolor, como vemos en la oración del huerto, pero que se identifica por amor absolutamente a lo que quiere la persona que más ama: a Dios Padre.
DIOS NOS INVITA A SER COMO ÉL
Tú y yo hemos sido engañados, pero ahora gracias a la Cruz sabemos quién es Dios. Además, cae también aquella mentira del: “seréis como dioses”, es decir, que Dios no quería que fuéramos como Él. Porque resulta que Jesucristo nos ha revelado todo esto precisamente para que seamos como Él.
Dentro de poquísimas semanas, también en la Cruz, esta mentira se va a desenmascarar porque es precisamente allí donde Cristo nos gana esa adopción filial. Podemos ser llamados verdaderamente hijos de Dios y ahora Él está esperando que tú y yo seamos como Él, sobre todo en esta donación total por amor.
Ahora que sabemos toda la verdad vamos a aprovechar esta invitación que nos ha ganado Cristo en la Cruz, la invitación de ser como Él. Vamos a dejar a un lado la soberbia, el deseo de autosuficiencia, la vanidad, el orgullo, el aspirar a no tener que depender de nadie y que los demás tengan que depender de mí, de mi sabiduría, que los demás tengan que depender de mis criterios que siempre son correctos -yo que a veces pienso que tengo el monopolio del sentido común.
Vamos a tomarnos en serio esta invitación de Jesús a ser como Él, es decir, a desvivirnos por los demás, de ser generosos con Dios con lo que Dios nos pida, aunque aquello implique un cambio de nuestros planes.
Ahora que quedan pocos días para revivir esas horas de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, vamos a retomar esa idea que aspiraban falsamente nuestros primeros padres.
Vamos a ser como Dios. Vamos a pedirle con valentía: “Señor, que yo cada vez me parezca más a ti”. Y esta próxima Semana Santa será excelente ocasión para darnos cuenta de que si queremos imitar a Dios, hay que imitarlo también en la Cruz, por amor.
Nos encomendamos a nuestra Madre la Santísima Virgen María. Ella por supuesto que conoce a Dios muchísimo mejor que nosotros porque fue su Madre, quien más lo conoció aquí en la Tierra y quien más quiso identificarse con Él, tanto así que estuvo allí al pie de la Cruz.
Bueno, pidámosle a Ella que nos enseñe a tener también este deseo de parecernos más a su Hijo, de desdibujar esa imagen falsa que a veces nos hacemos de Dios y de desear esa unión perfecta que sólo puede lograr el amor.

