Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves y que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón por mis pecados y la gracia para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José mi padre y señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.
La gravedad de la ira
En este viernes de Cuaresma, el Evangelio nos trae palabras fuertes del Señor:
“Todo el que se irrita contra su hermano merece ser condenado por un tribunal; el que lo insulta merece el castigo del sanedrín; y el que lo maldice merece la gehenna del fuego”.
Son palabras que estremecen.
Hoy muchos vivimos la abstinencia y algunos también el ayuno. Pero quizá el Señor nos está invitando a otra forma de abstinencia: abstenernos de palabras hirientes, de tonos duros, de gestos que lastiman.
¿Cómo aprender a ser más amables?
La amabilidad: un don necesario
La amabilidad purifica, enaltece y ennoblece todo lo que toca. Abre la risa en los niños. Recoge las lágrimas del amor arrepentido. Alivia el peso del cansancio.
Y sin embargo, a veces parece un don poco frecuente.
Puede haber personas caritativas, sacrificadas, incluso piadosas… y no ser amables. A veces la piedad puede encerrarse en un egoísmo espiritual que termina siendo obstáculo para la delicadeza en el trato.
Por eso necesitamos vigilancia. Estar atentos a nuestras palabras, a nuestros gestos, a nuestros tonos.
Señor, Tú nos dices claramente que no quieres que hablemos mal, que no nos irritemos contra nuestros hermanos. Y perdón, porque tantas veces la ira me gana y actúo como si Tú no estuvieras conmigo.
Tres “no debes” y tres “debes”
En el libro El Poder Oculto de la Amabilidad, de Lawrence Lovasik, se proponen reglas muy concretas:
Tres “no debes”
- No debes hablar mal de nadie.
- No debes hablar mal a nadie.
- No debes portarte mal con nadie.
Tres “debes”
- Hablar amablemente a alguien al menos una vez al día.
- Pensar algo amable de alguien al menos una vez al día.
- Tener un gesto amable con alguien al menos una vez al día.
Y si fallas en la amabilidad:
- Haz un breve acto de contrición: “Perdón, Señor”.
- Si es necesario, pide disculpas.
- Reza por esa persona.
Esto transforma el corazón. Nos enseña a no ser rudos.
El caballero que no inflige dolor
El cardenal John Henry Newman decía que un caballero es alguien que nunca inflige dolor.
Un verdadero caballero:
- Es atento con el tímido.
- Amable con el distante.
- Misericordioso con el ausente.
Evita temas hirientes. No habla mal. No se justifica con argumentos acalorados. No disfruta del chisme ni de la difamación. Interpreta todo, en la medida de lo posible, en positivo. Y si no puede, calla.
Señor, quiero ser un caballero cristiano.Quiero corregir cuando sea necesario, pero con la delicadeza que enamora tu corazón.
Dominar las pasiones
Si queremos orden en la vida, necesitamos disciplina.
Las pasiones y emociones deben estar iluminadas por la razón. La razón debe estar iluminada por la fe. Y nuestra inteligencia debe estar dominada por Dios.
No podemos excusarnos diciendo: “Es que mi carácter es así” “Es que me hizo perder la cabeza”
Eso no es justificación.
Señor, enséñanos a dominar la ira.Enséñanos a ser mansos y humildes de corazón.
No es hipocresía dejarse guiar por la voluntad en lugar de los sentimientos. Si alguien nos cae mal, no tenemos por qué hacérselo sentir. La educación, la delicadeza y el respeto no son falsedad: son caridad.
El ejemplo de Teresa de Lisieux
Se cuenta que Santa Teresita tenía en su convento una hermana que le resultaba especialmente desagradable. Sin embargo, decidió tratarla siempre con especial amabilidad.
Por dentro sentía dificultad. Por fuera, elegía la caridad.
¿El resultado? Aquella hermana llegó a pensar que Teresita era su mejor amiga.
Y seguramente eso dio mucha alegría al Señor.
La verdadera alegría
No seríamos verdaderamente alegres si solo lo fuéramos a ratos. Tampoco es sana esa alegría selectiva que es amable con algunos y dura con otros, especialmente con los más cercanos.
Minimizar la ira o el resentimiento es peligroso. Necesitamos huir de juicios internos constantes contra los demás.
Y algo que ayuda muchísimo es el sentido del humor.
No se trata de ser ingenioso o contar chistes.Es la capacidad de reírnos de nosotros mismos. De reconocer nuestras incoherencias con humildad.
Eso hace la vida más ligera para nosotros… y más agradable para los demás.
Propósito final
Señor:
Que vivamos tu ley. Que nunca nos irritemos contra nuestros hermanos. Que nunca insultemos. ¿Que nunca maldigamos.
Que nuestras palabras te den gloria.
Ponemos estas intenciones en manos de nuestra Madre, la Virgen María.
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, intercedan por mí.

