Señor, cuando escuchamos tus palabras en el evangelio de hoy, nos encontramos con una de las famosas preguntas del millón. El evangelio que nos toca escuchar para el día de hoy recoge uno de esos encuentros más conmovedores de la vida pública del Señor.
Un joven se acerca corriendo al Maestro, pero no viene en mal plan, porque no quiere discutir, no quiere ponerle trampas, como hacían los escribas o los fariseos. Tampoco viene por pura curiosidad. Resulta que lo que tiene en su corazón y lo que le impulsa a acercarse al Maestro es esa inquietud tan profunda que seguramente hemos tenido nosotros más de una vez en nuestra vida: ¿Qué hace falta para ser feliz?
El joven le presenta este problema al Maestro, con una pregunta formulada así:
“—Maestro, ¿qué debo hacer de bueno para alcanzar la vida eterna?”
(Mt 19, 16).
Y, claro, tú y yo, por la fe, sabemos que la vida eterna y la felicidad son equivalentes.
Tendremos adelantos de felicidad aquí, en esta tierra, pero la felicidad plena, plena, plena, absolutamente plena, será si, por misericordia del Señor, conseguimos llegar a esa meta final que es el cielo.
Por eso tenemos certeza casi total de la buena intención de este muchacho: lo que busca es un sentido trascendente a toda su existencia. Suponemos que, en medio de del ruido, en medio de las prisas, de los sucedáneos de felicidad de aquella época y también los de esta época, de eso que nos ofrece el mundo como felicidad, el corazón humano llega, tarde o temprano, a un callejón sin salida.
Hay una sed en el alma, en el corazón, que es difícil de saciar con las cosas de este mundo.
SER SANTOS

Este joven parece intuir que la vida no se reduce solamente a sobrevivir ni a ir en automático, sino que está llamada a una plenitud, a una eternidad. Y eso es lo que seguramente le mueve a preguntarle al Señor, intuyendo que está muy cerca de conseguir esa respuesta a ese anhelo de su corazón.
¿Quién no quiere ser feliz?
Bueno, me acuerdo ahora de un refrán japonés, lo que es la sabiduría popular, y dice: “Si quieres ser feliz unas horas, emborráchate. Si quieres ser feliz unos días, mata a un cerdo (porque te da para comer bastante bien, ¿no?). Si quieres ser feliz un año, cásate (bueno, es una visión bastante reducida y pobre del matrimonio, pero bueno).
Pero al final dice: Si quieres ser feliz toda la vida, hazte jardinero.”
Para la mentalidad japonesa tiene todo el sentido, por el aprecio que tienen por la naturaleza y por el cuidado de los pequeños detalles. Sus jardines japoneses son, obviamente, mundialmente conocidos. Pero, claramente, eso para ti y para mí es muy poca cosa.
Si queremos ser muy felices, la respuesta la tendremos solamente en Dios. De hecho, san Josemaría parafraseaba alguna vez esa frase, que también es famosa, de san José de Calasanz, que decía: Si quieres ser santo, sé humilde.
Pero san Josemaría se aventuraba a reformular este consejo, porque decía: “Si quieres ser feliz, sé santo. Si quieres ser más feliz, sé más santo. Si quieres ser muy feliz —ya en la tierra— sé muy santo”.
Consejo de santo para que nosotros también nos tomemos en serio esta pregunta.
GUARDAR LOS MANDAMIENTOS
Precisamente a eso va el Maestro, porque cuando el joven le pregunta:
“¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?”
(cfr. Mt 19, 16).
Jesús le responde, poniendo primero la mirada en el origen de todo bien, de toda felicidad, y le dice:
“(…) Uno sólo es bueno”
(Mt 19, 17).
Obviamente, Dios. Si quieres la felicidad —que consiste en poseer el Bien máximo, un bien que nadie nos puede quitar—, ese bien máximo es Dios.
Entonces, a partir de allí, le enseña el camino para llegar a ese bien máximo que es Dios, le dice:
“Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos”
(Mt 19, 17).
Cuando el joven escucha a Jesús, le pregunta:
“—¿Cuáles? — le preguntó”
(Mt 19, 18).
Y el Señor le da una enumeración bastante parecida a la nuestra, el amor al prójimo:
“—No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”
(Mt 19, 18-19).
Los mandamientos que ya tú y yo conocemos.
Nos sorprende también la respuesta del joven rico, como con un retruco, porque dice:
“—Todo esto lo he guardado desde mi juventud”
(Mt 19, 20).
Esto nos desconcierta, porque estamos aquí ante una persona buena, alguien piadoso, alguien que cumple con lo que toca en cada momento y respetuoso de la ley de Dios…
Es decir, a uno le da muchas veces hasta envidia llegar a poder decir, como este joven, presuponiendo la honestidad: —Oye, yo también cumplo con todos los mandamientos desde mi juventud.
Sin embargo, hay algo que todavía no ha terminado de encajar porque, aunque cumple, todavía hay un anhelo de felicidad. Ese cumplimiento externo de las cosas no ha conseguido todavía colmar el vacío de su alma; él mismo presiente que todavía le falta algo más.
NECESITAMOS UN CORAZÓN ENAMORADO
“¿Qué me falta aún?”
(Mt 19, 20).
El Señor, en vez de decirle: —Bueno, efectivamente, perdón, me equivoqué con el consejo anterior, el no cumple los mandamientos o no hacen falta para ser felices… más bien intuye, mira en su alma y se da cuenta de qué es lo que le falta.
Le falta la donación total, que es producto del auténtico amor. Que le falta más amor y, que precisamente, le falta más donación, se nota por lo que el Señor le dice:
“Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.”
(Mt 19, 21).
Respuesta maestra, ¿no? El Señor que ve en el alma de este joven y se da cuenta de que lo que le falta a él para terminar de ser feliz es terminar de enamorarse. En el caso concreto de este joven, de este personaje, lo que todavía tiene que soltar para poder amar de modo absoluto, con gran libertad, es también soltar ese apego desordenado a las cosas materiales.
Jesucristo, que es verdadero Dios, ve en el alma de este joven una necesidad imperiosa de soltar incluso aquello que es lícito, que es la posesión de cosas materiales, la posesión de medios que nos ayuden a tener cierta comodidad en esta vida.
La posesión, ya no te digo ni siquiera de riquezas, sino de seguridades, seguridades materiales. Aquí nos acordamos de ese consejo que también nos decía san Josemaría, que aparece recogido en el punto 795 de Surco:
“Lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado.”
DEBEMOS SEGUIR AL SEÑOR CON TOTAL LIBERTAD
¡Qué impresionante qué justo de esto va el evangelio de hoy! Porque el Señor le está pidiendo a este joven que renuncie incluso a su comodidad, porque en su caso, esa comodidad, esa seguridad le está impidiendo ir con toda libertad a seguir al Maestro.
Tú y yo también podemos preguntarnos: ¿Qué comodidades podríamos todavía soltar, dejar ir? Comodidades —entiéndase también seguridades—, con tal de que este corazón nuestro esté más libre para seguir al Señor.
Y que Jesucristo, donde pone el ojo, pone la bala y no da puntada sin hilo, lo vemos también en el Evangelio de hoy, que no deja de sorprendernos:
“El joven, al oír estas palabras, que dieron justo en la médula, se fue muy triste, porque tenía muchos bienes”
(cfr. Mt 19, 22).
Y claro, la tristeza no es por la exigencia de Jesús en sí misma, sino por la propia incapacidad de este joven para soltar aquello que le tenía amarrado y que le impedía precisamente ser plenamente feliz.
Tenía muchos bienes, pero la realidad es que esos bienes lo tenían más bien poseído a él. Sus riquezas eran su red de seguridad, su zona de confort, su estatus.
Vemos una vez más que todo concuerda, por supuesto. Si san Josemaría nos dice que tenemos la posibilidad de ser felices en estar enamorados, pues claramente es incompatible con ese enamoramiento, el egoísmo, el apego a las cosas terrenales.
Porque eso siempre produce tristeza, mientras que, al contrario, la generosidad, el desprendimiento y la donación total son requisitos para el verdadero amor y producen la verdadera alegría.
HACER EXAMEN DE CONCIENCIA
Aprovechando el Evangelio de hoy, hacemos también nosotros examen de conciencia, para preguntarle al Señor en el sagrario: —Señor, ¿qué me falta todavía soltar para que yo te pueda amar más? Señor, ¿a qué me estoy aferrando yo que me impide seguirte con más alegría, con mayor rapidez, con mayor libertad?
Mientras se nos ocurren cosas que el Señor nos vaya diciendo, vamos ejercitándonos en actos pequeños de desprendimiento: ya sea dar una limosna a una persona que encontramos en un semáforo, desprendernos de algún objeto material que probablemente ha generado en nosotros un cierto apego desordenado o ceder en alguna discusión, y así renunciamos incluso a la seguridad del propio juicio, del propio criterio, porque es más importante la caridad.
Siempre, siempre, siempre decirle: — Señor, yo quiero seguirte a donde quieras.
Nos encomendamos a Nuestra Madre, la Santísima Virgen, que, por supuesto, en todo esto es maestra. Es maestra del seguimiento de Dios; es maestra en el decirle inmediatamente que sí al Señor, incluso si cada vez nos pide más.
Es la maestra en el desprendimiento; le pedimos que nos conceda un corazón libre, generoso, enamorado para que seamos plenamente felices en el cielo y, como adelanto, ya aquí en la tierra.

