PADRENUESTRO
¿Qué quiere Dios de mí? Es una pregunta válida. Más que eso: es esencial. Pero ¿cómo sé lo que quiere Dios de mí?
Hay una clave que te puede servir, que es: fíjate en las oraciones vocales. Lo que se dice en ellas, lo que tú dices cuando las rezas, muchas veces esconde (o hace evidente) lo que Dios quiere de ti.
Es cierto que muchas de esas oraciones han sido compuestas por personas, pero Dios se puede servir de esas oraciones para hablarte. Pero si tuviéramos una oración que nos hubiera enseñado el mismo Dios eso ya sería otro nivel de claridad, de evidencia. Y resulta (seguro que ya te has adelantado con el pensamiento) que Dios nos ha enseñado una oración. Una que repites todos los días.
Y hoy nos la transmites, Jesús, en el evangelio:
«al orar no empleen muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no sean como ellos, porque bien sabe su Padre de qué tienen necesidad antes de que se lo pidan.
Ustedes, en cambio, oren así: —Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal.
Porque si les perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará su Padre celestial. Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará sus pecados».
EL DOBLE DE LO QUE TU LE DESEES
O sea ¿qué quiere Dios de ti? Eso mismo que acabas de escuchar. Que sepas tratarle como Dios, que le alabes; que expandas su reino en ti y, desde ti, por todo el mundo; que confíes en Él cada día, que te dará el pan que necesitas…
Y dos cosas en las que pienso detenerme un poco más.
Leí hace poco lo siguiente: “Una vez por la autopista adelanté un camión en el que ponía: «El Richard te desea el doble de lo que tú le desees a él». Tiene su gracia, pero creo que no es la mejor regla de conducta” (Rezar hoy 1, AA.VV.).
Pero Tú, Jesús, nos estás diciendo que perdonemos a todos. Y tengo que aceptarlo: es difícil…. A veces me parezco más a Richard que a ti Jesús… Que pena…
Porque la pregunta no es ¿qué quiere el Richard de mi? Sino ¿qué quieres Tú de mí?
Y esto incluso cuando el Richard puede ser alguien que me trata mal. Aunque quiera hacerme daño, así voluntariamente. Que lo quiera. Yo no puedo devolverle mal por mal. Y no porque «El Richard te desea el doble de lo que tú le desees a él». Sino porque desearle o hacerle mal es algo que Tú Señor no quieres. Y que, bien pensado, yo tampoco quiero.
“Jesús, tengo que reconocer que lo que Tú me pides es difícil de vivir. Bueno, mejor dicho: es difícil de vivir si lo quiero vivir sin contar con tu ayuda. Porque a veces hay alguna persona que parece que me ignora y no me apetece tratarla bien, o alguien que me ha ofendido y creo que no se merece para nada que yo lo trate bien.
PERDONA NUESTRAS OFENSAS
Cuántas veces te rezo, Señor, el Padrenuestro, ¡y no me doy mucha cuenta de lo que digo! Nos enseñaste a decir:
«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
Y quisiste que esto se nos quedara bien claro:
«si les perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará su Padre celestial. Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará sus pecados».
¡Claro, ahora lo entiendo! Lo que me gustaría para mí no tengo que esperarlo de los demás sino de Dios. Quizá los demás no se merezcan que yo los trate bien, pero, ¡tampoco yo tantas veces! (…)
Señor, voy a pensar ahora en las personas cercanas con las que he chocado últimamente, y te voy a pedir ahora por ellas. Ayúdame para perdonarles. Así rezaré el Padrenuestro de verdad: perdóname mis ofensas como también yo perdono ahora a los que me han hecho daño, a los que me molestan, a los que me tratan mal” (cfr. Rezar hoy 1, AA.VV.). Perdonar.
Ahora te quería comentar otra de las cosas que Dios quiere de nosotros que está contenida en el Padrenuestro. Es la siguiente frase:
«Hágase tu voluntad».
“Ésta es la más arriesgada, la más difícil de las peticiones del padrenuestro. En rigor, nada desea tanto el hombre como que se haga su propia voluntad y nada teme tanto como que alguien le imponga la suya.
Y por eso muchos de los que rezan el padrenuestro se abstendrían muy bien de rezarlo si pensaran realmente lo que piden con él.
QUE SE HAGA TU VOLUNTAD
Porque para muchos —para casi todos, para todos menos los santos— la oración es una especie de lazo con el que queremos atraer a Dios hacia nosotros; que Él nos sirva, en lugar de servirle nosotros a Él.
Pero orar verdaderamente no es un truco o un mimo a Dios para que nos conceda lo que deseamos, sino un esfuerzo para conseguir asimilarnos a lo que Él desea.
Como expresa una oración litúrgica:
«Para que nos concedas lo que deseamos haz que deseemos lo que a ti te agrada concedernos».
Pero nada hay más difícil que eso.
En rigor una oración así sólo puede rezarse en el Huerto de los Olivos:
«Señor, que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Por eso se ha escrito con justicia que “si al decir
«hágase tu voluntad»
Dios nos cogiera la palabra tal vez no volveríamos a repetirlo”.
Una oración peligrosa, sí. Pero no tan peligrosa como creemos.
Un autor ha comentado que los hombres tenemos la costumbre de atribuir a la voluntad de Dios las desgracias que nos ocurren: Dios lo ha querido así, decimos.
En cambio, nadie atribuye a Dios el que las cosas vayan bien, nos parece o cosa natural o mérito nuestro. ¡Y por lo visto sería voluntad de Dios el que todo nos fuera mal! (¡Absurdo!)
Tal vez por eso pensamos que, pedirle a Dios que se haga su voluntad, es como ponernos en lo peor. Y en realidad, lo que pedimos es que se haga la voluntad de quien es padre, de quien nos ama más que nosotros a nosotros mismos. Por eso, al hombre le iría mucho mejor cuando se haga la voluntad de Dios que cuando Dios concediera los tontos caprichos que el hombre solicita. La voluntad de Dios es la felicidad; nuestros deseos sólo son calderilla” (Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II. El mensaje, José Luis Martín Descalzo).
Y, ¿QUÉ QUIERE MARÍA DE MÍ?
Por eso te recuerdo: lo importante es qué quiere Dios y no qué quiere el Richard. Ahí tienes lo que quiere Dios en el Padrenuestro. Y está el perdón, que, sí es difícil, pero que si es posible con la ayuda de Dios.
Y está dentro del Padrenuestro la misma petición: yo quiero saber qué quiere Dios de mi… Pues ahí mismo le rezo: «Hágase tú voluntad». Y darme cuenta de que esa es una petición atrevida, pero la mejor que se puede hacer. ¿Qué quiere Dios de mí?
O, incluso, qué quiere María nuestra Madre de mí. Porque seguro que ella quiere lo mismo que su hijo.

