Hoy vemos una escena bastante típica en el evangelio: mucha gente quiere ver a Jesús. Jesús está rodeado de seguidores, de sus apóstoles, de sus discípulos, pero esta vez se acercan personas que lo conocían, personas cercanas a Jesús. Se acercan esos que habían estado con él desde que era pequeño en su pueblo natal.
Al ver todo lo que hacía, al ver cómo se movía, se sorprendían y se decían entre ellos:
“(…) ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María…? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” (cfr. Mc 6, 3).
Eran esos que conocían a Jesús desde chico; sabían quién era, de dónde venía.
Y, para ellos, alguien así, alguien como ellos, no podía ser el Mesías. ¿Cómo podía ese personaje tan normal, tan del día a día, ser alguien especial? Sin embargo, ahí estaba Él y ellos se preguntaban todo esto.
Cuando leí esto, este pasaje del evangelio pensaba en que Jesús vive conmigo, vive entre nosotros desde hace mucho tiempo, Jesús vive. Ese es el anuncio principal de los primeros cristianos: Jesús ha resucitado y vive.
No es una noticia cualquiera, es la gran noticia: Jesús vive. Pero como esos primeros seguidores, como esas primeras personas que habían estado con Jesús desde el principio, desde su infancia, quizá nosotros también nos acostumbramos a Jesús.
Señor, estamos hablando contigo en este rato de oración, quizá me he acostumbrado a tu presencia en mi vida y ya eres un dato más. Quizá no eres alguien tan relevante. Tal vez al principio yo me sorprendía y todas esas cosas, pero, con el paso del tiempo, como que ya me acostumbré y no es algo especial.
JESÚS ESTÁ ENTRE NOSOTROS
Los apóstoles, quizá después de unos meses de seguir a Jesús, ya se iban acostumbrando, se iban enfriando, y Jesús tenía que ir constantemente recordándoles. Como cuando están en el barco y hay una tormenta, y los apóstoles, cuando Jesús la calma, se preguntan:
“¿Quién es éste, que hasta el viento y las olas le obedecen?”
(cfr. Mc 4, 41).
O al ver los milagros o algún milagro que ellos no pueden hacer y Jesús tiene que recordarles: Oigan, esto se quita con oración y con ayuno…
Bueno, así los apóstoles, quizás, se habían acostumbrado, y Tú, Jesús, les ibas recordando.
Hoy te pedimos, en este rato de oración, que nos recuerdes que estás entre nosotros, porque a nosotros también nos puede pasar lo mismo. Como decíamos antes, a veces después de un tiempo, ya hemos estado mucho contigo o te hemos seguido y ya eres un dato más.
Porque el hombre se acostumbra hasta a lo más santo, a lo más grande. Somos personas, somos seres que nos acostumbramos muy rápido. Y Jesús, yo no me quiero acostumbrar a tu presencia.
Que no me acostumbre nunca a tu presencia entre nosotros; que no me acostumbre nunca a que estás a mi lado, que me acompañas, que te recibo cada día -si quiero- en la Comunión.
Que no me acostumbre nunca a pedirte perdón de mis pecados. Jesús, que no me acostumbre a tu presencia. Que no me acostumbre a tratarte, a que salgas a mi encuentro y yo no sea como esos personajes que se preguntaban después de un tiempo: Oye, ¿de dónde saca todo esto?
Yo sé de dónde lo sacas, porque Tú eres Dios, estás conmigo. Recuérdame, por favor, constantemente que soy un privilegiado, porque sé que estás conmigo.
PREPARARNOS BIEN PARA CADA CONFESIÓN
Cuánta gente en el mundo no sabe, no se da cuenta, no le han enseñado que Tú, Jesús, estás a su lado. Y yo que sí sé que estás a mi lado, ¿actuó en consecuencia?
Yo que sí sé que estás a mi lado, ¿me siento privilegiado, me siento elegido, me siento sorprendido por tu presencia en mi vida?
Señor, gracias por ser uno de nosotros. Gracias por vivir en donde yo vivo, por saber que Tú eres el carpintero, tu madre María y que tus hermanos viven aquí entre nosotros, pero que no me acostumbre.
¿Y cómo se manifiesta eso en mi vida? Te voy a dar algunos ejemplos; te puede servir pensar en alguno de ellos. Jesús, que yo me prepare bien para cada confesión, haciendo a conciencia mi examen de conciencia, una frase que decía don Álvaro del Portillo -el primer sucesor de san Josemaría-: Hacer a conciencia el examen de conciencia.
Que cuando yo me confiese mire mi vida, mire ese tiempo que ha pasado desde mi última confesión y que vaya revisando: ¿qué cosas te han ofendido, Señor? Y que puedo hacer durante la confesión y después de la confesión un acto de rechazo a todo lo que pueda ofenderte, Señor. Que cada confesión sea ese encuentro contigo, ese gran abrazo.
A veces nos pasa que estamos apurados y, bueno, en fin, la vida… Pero, Jesús, que yo tenga la ilusión de que cada confesión sea un encuentro contigo y no un trámite. Que mi confesión no sea una confesión lavadero, una confesión, no sé, como quien limpia el plato después de comer o la ropa después de usarlo, no. Es mucho más, porque la confesión es un encuentro contigo y Tú llegas con tu gracia a mi corazón.
LA SANTA MISA
Otra cosa, que tenga ilusión por recibirte, Señor, en la santa Misa. Que alimente esa ilusión, que no me acostumbre cuando voy a recibirte, a tenerte en mi corazón.
Jesús, la Eucaristía es algo muy grande. Tú lo sabes, Señor, pero yo me doy cuenta ahora en este rato de oración. La Eucaristía es algo muy grande: Tú mismo estás presente con tu cuerpo, con tu sangre, con tu alma y tu divinidad.
Y entonces, no sólo mi comunión, sino que todo lo que tenga relación con la Eucaristía: cuando entro en un lugar donde hay un Sagrario, ¿cómo es mi genuflexión? ¿Acostumbrada, de rutina o una genuflexión en la que manifiesto que creo en que Tú estás ahí presente?
¿Cómo es mi comunión? ¿Cómo te recibo? Si te tengo en mi corazón y hablo contigo o o estoy más pendiente de quien está a mi lado, quien está, quien no está, qué es lo que tengo que hacer, a dónde voy a ir y si dejé el auto afuera de la Iglesia o lo que sea, ¿no?
Señor, que yo tenga esa ilusión de recibirte, de estar contigo. Que tenga esa sorpresa cada día al despertarme y al darme cuenta de que tengo un día más y que en ese día Tú estás presente.
¡NO ACOSTUMBRARNOS!
Que, cuando voy a hacer un rato de oración, cuando voy a encontrarme contigo, me de cuenta de la grandeza de esa posibilidad. Y cuando te vea en la Cruz, cuando te vea en una imagen que me conmueva.
Cuentan que santa Teresita, un día, estaba leyendo un libro y apareció una estampa que tenía una imagen de la mano llagada de Jesús y no se pudo contener y comenzó a llorar.
Al ver tu mano, al ver tu cara, al ver tu cuerpo llagado, al verte -no sé- naciendo en Belén, o sea cual sea la imagen que tenga delante, que me conmueva. No necesariamente hasta las lágrimas, pero sí, Jesús, que no me acostumbre a verte, a tenerte, a que vives tan cerca de mí.
Le voy a pedir, especialmente, en este rato de oración, ayuda a la santísima Virgen. Ella es Nuestra Madre, vivió siempre contigo, pero ella no se acostumbró; se sorprendió, se sorprendía cada vez y guardaba todas esas cosas en su corazón. Madre Nuestra, ayúdame, seguro que tú me darás esa capacidad de sorprenderme cada vez que esté contigo.

