En el Evangelio de hoy leemos:
“En aquel tiempo Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: ¡Ten compasión de mí, Señor, hijo de David! Mi hija tiene un demonio muy malo.». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». (Mt 15, 21-23)
Tenemos en esta mujer, un modelo de oración. Hay varias maneras de convencer a alguien de algo. Esto lo conocen muy bien los niñitos, con relación a sus papás. Todos hemos pasado por ahí.
Una de esas maneras es “insistir” y es la insistencia lo que están señalando los apóstoles cuando dicen: «Atiéndela,» que viene detrás gritando, y al final Tú, Señor, la terminas atendiendo.
De manera que la oración que a Ti te gusta, es la oración que se llama perseverante, insistente.
La del que convencido de que está pidiendo algo bueno, algo necesario, pues no se cansa.
Y como hizo esta mujer, pues a veces a gritos, obviamente no vamos a hacer un espectáculo, no nos vamos a poner a gritar, pero es una manera de expresar el énfasis con que esta mujer se propuso que Tú, Señor, la escucharas.
Vamos a hacer un poquito de examen. ¿Cómo es mi oración? Quizás me basta con alguna fórmula que ya doy por cumplida.
QUÉ GRANDE ES TU FE
Y si no; pues será que no es lo que Dios quiere, o será que no es que la oración funciona tan bien. Pues aquí lo que vemos, es todo lo contrario.
Esta mujer grita y grita tanto que se puede deducir que llama la atención, por lo menos de los apóstoles, si es que no los incomoda.
«Atiéndela, que viene detrás gritando». Se puede leer de varias maneras esta frase. Atiéndela, que viene detrás gritando, «La pobre estará muy necesitada».
O, atiéndela ya de una vez que viene detrás gritando y es molesto oírla. Puede ser un espaldarazo a la oración de la mujer.
La intervención de los apóstoles, o puede ser una especie de censura, diciendo que ojalá se calle y que hay que de alguna manera resolver el tema, para no tener un pendiente ahí incómodo.
Al final del Evangelio, Tú, Señor, le dices:
«Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas». (Mt 15, 28)
Esta respuesta, ya quisiéramos que Tú, Señor, nos la dieras a cada uno de nosotros.
Seguro, estoy segurísimo que todos los que estamos ahora haciendo nuestra oración, somos personas que te pedimos cosas.
¿CÓMO ES NUESTRA FE?
Pero te podemos preguntar ahora, Jesús, ¿cómo es que Tú ves nuestra oración?
¿Cómo es que Tú notas la fe que tenemos?
«Mujer, qué grande es tu fe«. Así le dices, ¿cómo es nuestra fe de grande? y eso tiene que ver con cómo es nuestra insistencia.
Porque si rezo poco, quizás es que mi fe es pequeña, que no creo de verdad que Tú, Señor, me escuchas o no creo de verdad que puedas hacer algo.
«Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas». Esa maravilla. Ese arrancar a Dios algo bueno, para mucho bien, a punta de una oración a gritos, a veces silenciosos, pero a gritos.
Es decir, hasta que me oiga Dios y si es posible y necesario, todos los apóstoles, todos los santos que me oigan, que me oigan rezar, pedirte y que esto que oye todo el Cielo, sea expresión de mi fe.
«Qué grande es tu fe». Pues yo te pido, Señor, que me aumentes la fe y te lo pido también para todas las personas que ahora estamos haciendo oración.
Enseñaba Arquímedes: “El que sabe hablar, sabe también cuándo”.
Esto tiene diversas aplicaciones, cuándo hablar, cuándo callar, pero me da la impresión, Señor, que si Tú has querido que este hecho histórico de esta mujer que reza a gritos, pase a la Biblia.
Es para que todos lo leamos durante los siglos, creo que nos estás diciendo que el momento de la oración es el momento de hablarte, es el momento de insistir, es el momento de ser a veces un poquito inoportuno.
UNA EXPRESIÓN DE MI FE
«El que sabe hablar, sabe también cuándo». Bueno, si bien, ante las personas yo tengo que procurar medirme, porque no puedo ser impertinente, contigo, Señor.
No puedo, no debo, porque nunca Tú verás eso como una molestia, lo verás como una expresión de mi fe.
Vamos a ir aprendiendo lecciones de nuestra oración, de nuestro trato contigo, Señor, y del modo como podemos verdaderamente lograr convencerte.
Ojalá que nuestro ángel de la guarda, que la Virgen Santísima, que los apóstoles, pues digan de nuestra oración esto mismo:
«Atiéndela, atiéndelo, que viene detrás gritando, no hagas esperar, Señor», a esa persona. Mira lo que necesita, aquello que te pide, atiéndela.
Vamos a invocar la intercesión poderosa de nuestra madre y de esos discípulos que también escuchan nuestras oraciones, para que intercedan ante Ti, Jesús.
Para que nuestras peticiones sean siempre atendidas y nosotros renovamos el propósito de ser más perseverantes en nuestra oración.
De siempre pedirte que nos aumentes la fe, de manera que, en algún momento, quizás al final de nuestra vida, puedas decirnos a nosotros también: «qué grande es tu fe».

