ACCIÓN COHERENTE
Seguramente te acuerdas del planeta de El Principito, que como bien sabes, en realidad era un asteroide -probablemente era el asteroide B612. Y dice el libro que había sido visto por primera vez a través del telescopio por un astrónomo turco allá por el año 1909.
Resulta que este astrónomo, aunque demostró su descubrimiento en un congreso internacional ante muchos colegas suyos, nadie le creyó porque estaba vestido de un modo muy peculiar: no era el modo occidental, porque era turco -obviamente, vestía como turco para la época.
Felizmente, un dictador en Turquía obligó a su pueblo a cambiar el modo de vestir y entonces ahora todos debían vestir de modo europeo, de modo occidental.
Pasaron los años y en el año 1920, es decir once años después, ante otro congreso, el mismo astrónomo volvió a dar la noticia de su gran descubrimiento. Pero ahora, como lucía un traje muy elegante, resulta que todo el mundo aceptó felizmente su demostración.
Claro, como sabemos, en El Principito el tema que surge con frecuencia es que los adultos quieren escuchar cosas serias. El astrónomo estaba diciendo una cosa sumamente seria, pero su apariencia no ayudaba a la cuestión.
Solamente cuando hubo una coherencia -según los adultos- entre lo que decía y cómo lo decía fue que le hicieron caso.
UNIDAD DE VIDA
Esta imagen a ti y a mí nos ayuda muchísimo a recordar, la importancia de la coherencia, sobre todo en el caso del cristiano que es fundamental.
Dios nos ha dejado muy claro que no tolera la hipocresía y que Él es capaz de ver perfectamente lo más profundo de los corazones.
En el Evangelio, hay muchísimos casos en los que nuestro Señor increpa a los fariseos precisamente por esto, por una falta de unidad evidente para Dios entre lo que estas personas dicen creer y lo que hacen.
Pero esa advertencia no es solamente para los judíos de la época, sino que también es para nosotros los cristianos.
De hecho, ese es uno de los temas fundamentales del Evangelio de hoy, donde escuchamos una invitación a la coherencia en la fe, para que así la fe no pierda su eficacia.
Hoy escuchamos a san Marcos que recoge unas palabras del Señor dirigidas a los hombres de todos los tiempos:
«¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama?
¿No es para ponerla en un candelero? Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido que no haya de salir a la luz» (Mc 4, 21-22).
TAPAR LA LÁMPARA
Claro, este evangelio es casi conocido por el celemín, el famoso celemín. Uno capaz no ha visto nunca un celemín, sobre todo si uno no es del campo, si uno no trabaja con mediciones antiguas.
Pero igual, la imagen se entiende muy bien, que es algo que está intentando tapar una lámpara para que no se vea su luz.
Yo tuve que buscar en internet, y resulta que el celemín parece que es como un cuenco de madera con una medida que se utiliza para medir sobre todo grano. Da igual.
Lo que nos importa es que la imagen queda super clara: que es absurdo encender una luz para que quede apagada, para que nadie vea su luz.
Y es obvio, la lámpara está hecha para dar luz. Nadie enciende una luz para esconderla. Esta luz es nuestra fe, es esa vida nueva que Dios nos ha regalado, es el Espíritu Santo que arde en nuestro corazón.
Es esa posibilidad que Dios nos regala de apreciar la realidad, pero ahora sí, con todo su color, con todo su brillo, con toda su profundidad. Porque la luz lo que nos ayuda es a ver las cosas como las ve Dios.
Por eso es asombroso, que nos cuesta tanto a veces pedir más luz, pedir más fe, para ver las cosas como las de Dios.
Al contrario, más bien deberíamos pedir cada vez más fe porque estamos convencidos de esa maravilla de ir por la vida como en esa visión sobrenatural de las cosas.
Tal vez veamos exactamente lo de siempre: los mismos lugares, las mismas personas, las mismas circunstancias, pero ahora las vemos como lo ve Dios.
AUMÉNTANOS LA FE
Por eso, lo coherente en nosotros primero sería pedir más fe, no solo para creer ciertos dogmas que nos enseña la Iglesia, que son verdaderos, sino también pedir más fe para que nos ayude cada vez más a ir más tranquilos por el mundo, pase lo que pase.
Ahora, ¿cómo podemos hacer tú y yo para que esa luz no se oculte, para que crezca en nuestras vidas?
Lo primero es justamente lo que estamos haciendo ahora, y creo que el Señor nos agradecerá este rato de oración porque aquí estamos pidiéndote, Señor, que nos aumentes la fe.
Esto es una cosa que hemos de hacer con mucha frecuencia y además, contar con ese combustible para la lámpara, que es la gracia, que nos llega principalmente a través de los sacramentos.
Entonces, si queremos que crezca la fe en nosotros, acudir con mayor devoción y piedad a la Eucaristía, vivir muy bien el sacramento de la Confesión que quita todo aquello que puede minar nuestra fe.
Pero, además, y de esto trata ya más específicamente el Evangelio de hoy, hay que poner los medios para que esa luz no se extinga, sino para que crezca.
Por ejemplo: ¿cuánto tiempo dedico cada día a mi formación doctrinal? ¿Cuándo fue, por ejemplo, la última vez que le eché un vistazo al Catecismo de la Iglesia, ese libro que a veces uno dice: Está ahí de adorno, ¿no? La última vez que lo agarré, creo que fue cuando lo compré.
¿CÓMO PROTEJO MI FE?
Sería ingenuo, y me parece a mí también temerario, pretender vivir toda la vida de las rentas de lo que aprendimos en la primera comunión. Hay que formarse continuamente, sobre todo en esto que es tan importante para nosotros, que es la fe.
Una luz se extingue si le falta combustible o si algo amenaza con apagarla. Para eso existen las pantallas de las lámparas, para protegerlas de las corrientes fuertes de aire. Entonces, ¿cómo protejo mi fe? ¿Evito, por ejemplo, participar en espectáculos que no sean coherentes con lo que yo creo? ¿Evito escuchar música? Uno puede decir: No, es que a mí no me importa la letra, yo lo que quiero es el ritmo que es lo que me llama la atención.
Bueno, pero tengo que poner pantallas que protejan mi fe de las corrientes que la pueden apagar. ¿Cuido lo que entra por mis ojos cuando veo una serie, cuando me pongo a ver una película, cuando paso tiempo en redes sociales o me siento ya inmune a todas las tentaciones, porque yo soy adulto?
Otro ejemplo: Si tengo alguna duda, ¿acudo inmediatamente a las fuentes seguras, a quien me puede ayudar a resolverla? Todo esto para examinarnos en cómo va esa coherencia.
Si de verdad la fe para mí es algo importante, la voy a proteger de toda cosa.
Y si tenemos esa luz de la fe, ¿por qué a veces parece como que tenemos vergüenza, como que la escondemos? ¿Por qué en la universidad, en el trabajo, e incluso con nuestros amigos allí tomándonos un café o conversando en una reunión, nos da pena, nos da miedo mostrar que somos cristianos?
ILUMINAR AL MUNDO
A veces, por encajar, por no ser los raros del grupo, guardamos silencio cuando alguien hace una burla sobre Dios o sobre la Iglesia, o cuando se promueve algo que está en contra de nuestros valores.
De verdad, ¿soy consciente de que el enemigo muchas veces no entra de frente, sino que intenta ir normalizando poco a poco cosas que no van de acuerdo con mi propia fe? ¿Evito las conversaciones que puedan hacer tambalear mis convicciones?
Este es el reto de la coherencia cristiana: que nuestra vida sea ese candelero que levanta la lámpara, que la pone a la vista de todos. La luz no es para que la guardes en tu cuarto, es para que ilumine a todo el mundo. Así, tu testimonio, tu alegría, tu optimismo, tu manera de tratar a los demás, tu modo de afrontar las adversidades: esa es la luz que no puedes esconder porque te la ha dado Dios.
Aquí no se trata tanto de gritar, sino de demostrar cómo procuras vivir siendo de una sola pieza. Esta es consecuencia lógica de una fe verdadera.
Hoy empezamos con este ejemplo del astrónomo de El Principito, que nos recuerda que si queremos compartir esta luz con los demás no basta con ser bueno sino hay que parecerlo.
Nosotros nos maravillamos cuando contemplamos lo que hemos recibido, porque sabemos que es verdadero, queremos compartirlo con los demás porque no se enciende una lámpara para ponerla debajo de un celemín o debajo de la cama.
SER EJEMPLO
Pero en esta tarea de compartir esa luz con los demás, “fray ejemplo es el mejor predicador”. Que se note que no solo nos sabemos de memoria las verdades de la fe en el Catecismo, sino que también todas esas verdades de fe tienen consecuencias prácticas en mi tranquilidad, en mi paz, en mi modo de vivir.
Vamos a pedirle al Señor entonces con mucha más razón, que a partir de este Evangelio de hoy aumente Él en nosotros la fe -y mira que nunca pedimos esto suficientemente. Y que nos ayude a ir quitando todos esos obstáculos, para que esa luz brille con todo su esplendor en nosotros y en los que están cerca de nosotros.

