El cardenal Robert Sarah cuenta que, en sus raíces africanas animistas, cuando una persona se moría de forma repentina y hay veces un poco dramática, el pueblo la interrogaba. ¡Literalmente!
Preguntaban al difunto por su vida: si había sido fiel, si había trabajado con honradez, si había respetado las costumbres…
Y, de algún modo misterioso, cuenta el Cardenal, que el muerto “respondía” a través de los movimientos de quienes llevaban su cuerpo.
Aquel rito tenía una convicción de fondo: que el alma no podía entrar en la paz —en ese “poblado de los antepasados”— sin antes haber pasado por una purificación.
Sin una verdad. Sin enfrentar lo que había sido su vida y sin purificar, lo que se debía purificar.
Y uno, al escuchar esto, podría pensar: qué extraño… qué lejano… qué distinto de nosotros.
NECESIDAD DE PURIFICACIÒN
Pero si lo miramos bien… ¿no hay ahí una intuición profundamente humana en el deseo de purificación? La necesidad de verdad. La necesidad de purificación.
Solo que hay algo impresionante: nosotros no tenemos que esperar a estar muertos para pasar por ese momento de verdad, para que nos pregunten ahí metidos en un cajón, ¿de qué nos tenemos que purificar?
No tenemos que convertirnos en un cadáver para que alguien nos “interrogue”. No tenemos que vagar en incertidumbre esperando ser purificados.
Porque Jesús, El Salvador, nos ha regalado algo infinitamente más grande: el sacramento de la confesión.
El Evangelio nos cuenta lo que hacían muchos de los judíos:
“Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén… para purificarse”. (Jn 11,55)
Esto hay que entenderlo: Subían. Caminaban. Se preparaban. Sabían que no podían celebrar la Pascua de cualquier manera. Necesitaban purificarse.
¿Cuánto falta para la Pascua? Pues nada, una semana, el próximo sábado, dentro de 8 días exactamente será la vigilia pascual. Celebraremos la resurrección del Señor
Y qué bueno, Señor, querer llegar purificados, como lo hacían muchos judíos, que subían, caminaban, se preparaban.
Bueno, todavía tenemos una semanita. Hemos tenido más de 30 días en esta cuaresma. Necesitamos purificarnos
Había otro rito impresionante entre los judíos, que era en la fiesta del Yom Kipur, ¿Y qué hacían? Cargar los pecados sobre un animal y enviarlo al desierto— era como un gran anuncio de lo que iba a venir.
UN TRÀMITE
Era una búsqueda sincera de limpieza, de perdón, de comenzar de nuevo… pero todavía incompleta.
Porque el pecado no desaparece con un gesto externo, ni con un rito que se repite cada año.
Hace falta que alguien lo cargue de verdad, que lo quite de raíz. Y ese alguien es Cristo. Él no envía el pecado al desierto: lo toma sobre sí en la Cruz.
Y ese perdón, que Él ganó para siempre, hoy se nos entrega de manera concreta, personal, casi física, en cada confesión.
Quizá a veces vemos la confesión como algo incómodo, como un trámite, como una especie de obligación pesada.
Y entonces vienen las excusas: “yo me confieso directamente con Dios”, “no necesito decirle mis pecados a nadie”, “eso ya lo arreglé interiormente”.
Un momentico, las culturas han tenido necesidad de purificación, las almas necesitan purificación.
Fíjate la tradición de los judíos. Fíjate la tradición de estos pueblos africanos. Y aquí estamos con la posibilidad de purificarnos.
Pero el Papa Francisco tiene una imagen muy potente: dice que el confesionario no es una “tintorería”.
No es llevar el traje sucio para que lo limpien y listo. Porque el pecado no es una simple mancha. El pecado es una herida. Y esto cambia todo.
Una mancha se tapa, una herida se cura, y para curarse… hay que abrirla, hay que dejar que alguien la vea, hay que dejar que alguien la toque.
ESTO ES LO QUE HAY
Ahí está la dificultad… pero también la grandeza de la confesión. Porque en el fondo, todos tenemos una tendencia muy fuerte a justificarnos, a explicarnos, a maquillarnos por dentro.
Es muy fácil hablar con uno mismo… y convencerse de que todo está más o menos bien.
Pero ponerse delante de otro —de un sacerdote—, ordenado sacerdote para eso, y decir: “esto es lo que hay”… eso ya es otra cosa.
Ahí aparece la verdad. Y, curiosamente, ahí aparece también la libertad.
Perdón que te cuente esto, es una anécdota muy personal, pero a mí me ayudó mucho.
La primera confesión que yo recibí como sacerdote fue de un gran amigo. No voy a decir nada de la confesión, tranquilo.
Pero cuando mi amigo —yo estaba muy nervioso, lógicamente, era la primera vez que administraba el sacramento de la confesión, Dios mío.
Y este amigo cuando entró al confesionario me dijo: «Padre». Ya no me dijo «parce» o «padre Santi» o «amigo», no. Me dijo «Padre».
Claro, a mí me ayudó mucho. Yo aquí no soy un amigo, yo aquí no soy fulanito, yo aquí soy el sacerdote, yo soy Jesucristo aquí.
El Papa lo explica de un modo precioso: somos seres sociales, no estamos hechos para encerrarnos en nosotros mismos.
Ni siquiera para pedir perdón, el pecado rompe algo en nosotros… pero también rompe algo en los demás, en la Iglesia, en el mundo.
YO TE ABSUELVO
Por eso el perdón también tiene una dimensión concreta, visible, casi corporal.
Fíjate qué bonito es ver a una persona que llega, se acerca, se arrodilla, dice sus pecados, lo escucha el sacerdote —que es Jesucristo— y después: «Yo te absuelvo de tus pecados»
No es «yo, sacerdote, con el poder que me dio Jesucristo y la ordenación…». No, se repiten las mismas palabras de Jesús: «Yo te absuelvo»
¿Quién puede absolver los pecados? Solamente Jesús. «Yo te absuelvo de tus pecados»
Es impresionante escuchar con los oídos que Dios está ahí, que Dios me perdona esos pecados que acabo de confesar,
Y quizá aquí está uno de los puntos más delicados: el miedo. Miedo a decirlo todo, miedo a ser juzgado, miedo a enfrentarse con uno mismo.
Pero en realidad, lo que ocurre en la confesión es exactamente lo contrario de lo que tememos, no es un tribunal frío, es un encuentro con Jesús.
El Papa lo describe con una imagen muy bonita, tomada de la tradición oriental: el sacerdote que pone la estola sobre la cabeza del penitente… como un abrazo, como si Dios dijera: “por fin has venido”.
Porque eso es lo que más impresiona: Dios no se cansa de perdonar, nosotros sí nos cansamos de pedir perdón. Eso también lo dijo muchas veces el Papa Francisco.
Bueno, vamos a meditarlo, vamos a considerarlo, vamos a pensarlo. ¿Por qué no, estos últimos días de cuaresma?
Buscar la confesión como purificación, subir, caminar, hablar con sinceridad, con sencillez.
Señor, perdóname, purifícame, límpiame, límpiame con tu sangre, ayúdame, Señor, Gracias, Señor, por haber instituido el sacramento de la confesión.

