Vamos a aprovechar este rato de oración empezando con un capítulo de El Principito, porque en su viaje el Principito llega al segundo de los planetas que visita y allí entabla un diálogo con el único habitante de aquel planeta, un hombre vanidoso.
“Golpea tus manos una contra otra -le aconsejó el vanidoso.
El Principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero (…)”.
Es decir, que obligó al Principito a que le aplaudiera. Vanidoso al fin.
“A los cinco minutos, el Principito se cansó con la monotonía de aquel juego. ‘¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga?’ preguntó el Principito.
Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.
Le dice el vanidoso: ‘Tú me admiras mucho, ¿verdad?’”
Y el Principito, como siempre, pregunta todo: ‘“¿Qué significa admirar?’
‘Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta’.”
Y el Principito, muy inteligente, le dice: “‘¡Si tú eres el único en este planeta!’”
Insiste el vanidoso: “‘¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras’!
‘Bueno, te admiro’, dijo el Principito encogiéndose de hombros, ‘pero ¿para qué te sirve?’”
Como siempre, estos pasajes de El Principito parece que dicen cosas absurdas, pero contienen unas realidades muy profundas, unas enseñanzas que me parecen siempre impresionantes. Y aquí el hombre vanidoso vemos que es tal cual como una veleta a merced del viento.
En realidad, aunque el vanidoso suele mostrar mucha seguridad, se puede decir casi con seguridad también que tiene el autoestima muy baja. La persona vanidosa suele tener el autoestima muy baja, aunque no lo parezca. Porque si no, ¿por qué se preocupa tanto de cómo lo vean los demás?
En este diálogo aprendemos también esto. Me atrevo a decir que El Principito tiene una actitud pasiva-agresiva -como dicen ahora. ¿Por qué? Por el modo de hablar. Detrás de esa inocencia, de ese modo dulce que tiene tantas veces El Principito, hay una seguridad con la que él avanza.
Dice muchas veces el libro que el Principito nunca cejaba en una de sus preguntas y en el fondo cuando uno ve lo que está haciendo (no sé si con intención o no), está acorralando al interlocutor y en cierto modo como que le hace llevar su propia situación absurda hasta el callejón sin salida.

Y en este caso, el caso del vanidoso es así, porque al final le dice:
“Yo te admiro, dice el Principito encogiéndose de hombros. Pero ¿para qué te sirve?”
Claro, jaque mate. Cualquier respuesta que dé el vanidoso es un engaño, porque sentirse el más bello, el mejor vestido, el más rico, el más inteligente de un planeta donde solamente vive una sola persona, es como colgarse una medalla inútil.
Así es el premio de quien vive según la opinión de los demás y no según la opinión de Dios, que es la más importante.
LA OPINIÓN MÁS IMPORTANTE ES LA DE DIOS
De hecho, el Evangelio de hoy nos invita precisamente a reflexionar sobre esto: ¿Dónde apoyamos nuestra autoestima? ¿En la opinión de los demás o en la de Dios? Que es nuestro Padre, por cierto.
Hoy vamos a escuchar en el Evangelio la historia del martirio de Juan el Bautista. Ahí sabemos que el rey Herodes oye hablar a Jesús y se entera de sus milagros y se asusta porque cree que es el Bautista que ha resucitado, ¿por qué? Porque el mismo Herodes había mandado a matar a Juan.
Juan era un hombre valiente, un profeta que no tenía miedo de decir la verdad, cueste lo que cueste, precisamente porque vivía con esta premisa: la opinión más importante es la de Dios.
Por eso Juan le advierte también a Herodes para que haga lo mismo. Le dice:
«No te es lícito tener por mujer a la esposa de tu hermano».
Esto hizo que la mujer de su hermano, Herodías, también que estaba metida en este pecado, se enfureció, se puso fúrica, iracunda y entonces quiere vengarse del Bautista.
Herodes, que respetaba a Juan, lo escuchaba, pero igual lo metió en la cárcel porque quería complacer a su mujer, que no se molestara más. Le importó más la opinión de la mujer de su hermano que la opinión de Dios.
Luego viene la fiesta, nos dice el Evangelio: el cumpleaños de Herodes y Salomé, la hija de Herodías, la esposa del hermano de Herodes baila y lo hace tan bien que Herodes queda embobado y le promete tontamente lo impensable:
«Pídeme lo que quieras, que hasta la mitad de mi reino te la daré»
(Mc 6, 14-28).
Y la muchacha, aconsejada o mal aconsejada por su madre, pide nada más y nada menos que la cabeza de Juan el Bautista. Ha llegado la hora de la venganza, que se sirve en un plato frío, en este caso en una bandeja.

Herodes se entristece, pero por no quedar mal delante de sus invitados, que escucharon la promesa que había hecho, accede y manda a decapitar a Juan en la prisión y le entregan su cabeza en una bandeja.
¡Caray, qué tragedia! Porque aquí vemos que Herodes prefiere la opinión de los invitados a esa fiesta que la opinión de Dios.
Juan muere por ser fiel a esa identidad de la vocación, a lo que Dios le pedía. En cambio, Herodes lo que hace es dejarse llevar por las opiniones ajenas, el enojo de su esposa o el qué dirán esos invitados a esa celebración de su cumpleaños.
LA HISTORIA SE REPITE
Esa historia ya la conocías, pero no se trata solamente de un relato antiguo, sino que es muchas veces un espejo de nuestra vida diaria. Porque con los tiempos actuales cada vez es más fuerte esa presión social: la presión en el colegio, la presión con los amigos, la presión de las redes sociales…
Cuántas veces nos hemos sentido que para ser aceptados hay que ocultar la propia fe o al menos no manifestarla tan claramente.
Tal vez un amigo te dice: “no seas tan santo, no vayas tanto a misa. No reces tanto, no seas tan radical, vente a la fiesta y haz exactamente lo mismo que hacen todos”. O en las redes sociales que nos dicen: “si no sigues esta moda, no estás en nada”.
En el caso de Herodes era rey, en principio estaba por encima de los demás, tenía poder, pero su autoestima dependía de lo que pensaran los demás y esto es la tristeza de su situación.
Terminó arrepintiéndose, es verdad, pero ya era demasiado tarde. Y así como con el Principito, provoca decirle a Herodes: “Ahora que tienes la cabeza de Juan en una bandeja, ¿de qué te sirve?”
LA ÚNICA OPINIÓN QUE IMPORTA
Hay un libro en las Sagradas Escrituras que es el libro del Qohelet, también invita a considerar esto muchas veces, porque se repite una y otra vez lo mismo: vanidad de vanidades. Todo es vanidad. No hay nada nuevo bajo el sol.
O ¿de qué le sirve al hombre? Entonces dice algo que nos hace pensar que ni es verdad: yo puedo tener mucho dinero, mucha fama, pero ¿de qué le sirve al hombre?
Esto, el libro del Qohelet no lo hace por cinismo, sino para que tú y yo nos preguntemos: ¿En dónde estoy apoyando yo mi autoestima? ¿Cuál es la opinión que ahora mismo es la que más me importa? ¿De verdad, mi felicidad depende ahora mismo de algo sólido o de algo pasajero?
Es verdad que el refrán popular dice que: “no basta con ser bueno, hay que parecerlo”; es decir, que no hacemos las cosas para que nos vean, pero el hecho es que la gente nos ve y eso hay que tomarlo en cuenta para ser buen ejemplo para los demás.
Pero siempre viviremos más tranquilos si recordamos que la única opinión que nos importa en grado absoluto es la de Dios.

Vamos a darle gracias precisamente a Dios por el sacramento de la Confesión, porque allí, en ese Santo Tribunal de la Misericordia, nos ponemos de rodillas ante Dios y, en cierto modo le decimos: “Señor, yo vengo aquí ante Ti porque tu opinión es la que más me importa.”
Allí es donde nos aseguramos de que esa misma opinión de Dios, por algún motivo que a veces se nos escapa, todavía confía en que tú y yo podemos mejorar, porque lo cree incluso más que nosotros mismos, si no, no nos daría esa oportunidad de recibir la absolución en la confesión.
Por eso, ¡qué tranquilidad para el alma! ¡Qué inyección de autoestima nos regala cada confesión!
Bueno, vamos a salir hoy decididos a vivir como hijos de Dios. No dejemos que las opiniones de los demás definan quiénes somos. Nuestro auténtico valor es lo que Dios ve en nosotros, incluso no es lo que nosotros veamos en nosotros, sino lo que ve Dios. Ni mucho menos lo que nosotros queremos que los demás valoren en nosotros.
Vamos a pedirle a Dios que nos ayude a vencer la vanidad y que nos conceda esa seguridad de saber que nuestra identidad cristiana, como Juan el Bautista y tantos mártires, es lo que hay que vivir con un orgullo, sobre todo delante de Dios y delante de los hombres.



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