Hoy te escucho Jesús decir unas palabras con las que me quieres llenar de confianza. Como si fueras ese entrenador optimista que acompaña mientras uno corre. O esa persona en el público que anima al atleta. Lo que pasa es que muchas veces pienso que son porras bien intencionadas, pero tal vez poco creíbles…
Te escucho decir:
“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.”
(Mt 7, 7-8).
Suena bien. Pero no siempre me las creo. Por eso, no siempre pido, no siempre busco, no siempre llamo…
Cuando este ha sido el secreto de los santos.
San Josemaría contaba como
“Durante años, a partir del primero de mi vocación en Logroño, tuve, por jaculatoria, siempre en mis labios: ¡Señor, que vea! Sin saber para qué, yo estaba persuadido de que Dios me quería para algo (…). La primera vez que medité el pasaje de San Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al “qué quieres que te haga” de Cristo, “Maestro, que vea” se me quedó esta frase muy grabada.
Y, a pesar de que muchos (como al ciego) me decían que callara (…), decía y escribía, sin saber por qué: ¡que vea!, ¡Señor, que vea! Y otras veces: ¡Que sea! Que vea, Señor, que vea. Que sea”
(cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei).
¡Rezó esto durante 11 años!
¡Eso es pedir!
¡Y recibió! Porque tú, Señor, que siempre le escuchabas, le diste lo que pedía. Le hiciste ver el Opus Dei, porque eso era lo que tú querías y él presentía, notaba que estaba ahí.
No lo ibas a dejar gritando al aire, pidiendo al vacío. ¡No! Porque eres Padre, y un buen padre no juega a hacer sufrir a sus hijos.
DIOS SIEMPRE ESTA PENDIENTE DE NOSOTROS
Por eso, también sigues diciendo:
“¿Quién de entre ustedes, si un hijo suyo le pide un pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez le da una serpiente? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar a sus hijos cosas buenas, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?”
(Mt 7, 9-11).
¡Eres padre!
O sea, no se lo pedimos a cualquiera…
Contaba un sacerdote:
“Vino a verme una mamá rebosante de alegría: —Padre, estoy muy contenta: mi hijo, el drogadicto, se ha puesto de novio con una muchacha muy simpática, estudiosa y buena cristiana. La muchacha habla con él y lo está́ animando a que salga de la droga, y está consiguiendo resultados positivos. ¡Padre, rece para que sigan juntos!
Luego, por esas casualidades de la vida, me solicita una entrevista la angustiada madre de la novia: —Padre, estoy preocupadísima: mi hija, simpática, estudiosa y buena cristiana, se ha puesto de novia con un drogadicto. ¡Y ya no es la de antes! ¡Padre, rece para que rompan esta relación afectiva cuanto antes!
A la luz de estos diálogos comprenderás que la actitud hacia las personas puede variar sustancialmente, según se trate o no de los propios hijos; porque mientras la mamá del drogadicto se ilusiona ante cualquier esperanza de progreso, la madre de la joven estudiosa estima que el muchacho es un sujeto despreciable.
Dios está pendiente de nosotros como la mamá del drogadicto, pero de modo infinitamente perfecto; por eso, una mala nota en la escuela, una borrachera adolescente, una mentira deshonrosa, o un adulterio en la vida matrimonial… son para Dios episodios dolorosos… como para cualquier papá de la tierra.
PEDIR A NUESTRO PADRE
Y cualquier conversión o esfuerzo positivo de nuestra parte suscita en Dios la misma alegría que experimentan los papás de un hijo premiado en la Universidad. Para los bautizados Dios no es sólo el Creador sino nuestro Padre del Cielo. Esta condición hace que Dios experimente fuerte responsabilidad ante todo lo que nos afecte. Dios se alegra ante nuestros éxitos y sufre con nuestros fracasos, porque experimenta responsabilidad por nuestro bien” (Pedro José María Chiesa, Abril).
Lo curioso es que, aun sabiendo esto, dudamos… o nos cuesta pedir…
No sé… Como que nos diera pena, como que no nos sintiéramos con derecho a pedir, como si tuviéramos que acumular méritos para poder acudir a Dios…
Típico de algunos papás: “si sacas buenas notas te doy un premio”. Y como no siempre sacamos buenas notas en el pensum de la vida, no pedimos…
Bueno, hay gente que se pasa y pide… No es que pida, reclama que Dios le dé y ellos no hacen nada, pero eso es otra cosa de la que no estamos hablando. Nosotros tenemos que pedir y, a veces, aunque esforzándonos, no saquemos buenas notas, pues pedir igual. Y si nos da mucha vergüenza, bueno, tenemos otra posibilidad…
Si me cuesta acudir a Dios porque me veo lleno de miserias, si no sé cómo hablarle, puedo acudir a María, porque ella es mi Madre.
Le puedes decir: “Madre, pide por mí, háblale bien a Dios de mí. Hazlo, aunque yo no pida, porque tú bien sabes lo que necesito. Ruega tú por mí”.
SANTA MARÍA, RUEGA POR NOSOTROS
“Nosotros no tenemos que gritar, ni pedir audiencia, ni marchar a lugares distantes o determinados. En cualquier parte podemos acudir a ella, con la simplicidad de un hijo.
Un niño, un enfermo, un anciano, un ignorante en letras puede rezar a la Virgen. Si lo hace con sinceridad, con confianza y, sobre todo, con amor, será escuchado atentamente, con amor maternal.
No es menester tener a mano oraciones compuestas, especiales, ni palabras muy ordenadas y bien dichas. Que hable el corazón es lo más importante. Ese lenguaje es el que quiere la Madre. ¿Puede haber algo más sencillo?
¿Qué sabía Santa Bernardita ante la gruta de Massabielle? ¿Qué letras tenían los pobrecitos de Fátima?” (P. Ildefonso, La sencilla vida de la Virgen María).
La verdad es que esto no deja de ser lo que rezamos todos los días, cuando decimos: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Así que pide, busca, llama y no te canses; sabiendo que tu Padre está en el cielo, es el que te escucha. Y si te diera un poco de pena, pues tu Madre está en el cielo, te escucha y se lo comenta a Él.

