Jesús, hoy me quedo con esa parábola que me cuentas. Dices que:
“Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces le dijo al viñador: “Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero él le respondió: “Señor, déjala también este año hasta que cabe a su alrededor y eche estiércol por si produce fruto; si no, ya la cortarás””.
Bueno, qué grande el viñador; grande porque se parece a Dios, a ti Jesús. Normalmente yo pensaba que el hombre que tenía la higuera eras tú, y alguien más intercedía por la pobre higuera. Pero luego he considerado que no. El hombre que tiene la higuera somos nosotros. La higuera son nuestros esfuerzos, nuestro empeño. Y tú eres el viñador que nos pide paciencia, porque quieres seguir trabajando en nuestras almas, aunque nos parezca, a ti que escuchas y a mí, que esto no va a ningún lado. O que ya he intentado muchas veces y no lo consigo.
NOS ESCUCHA CON PACIENCIA
Y sé que eres tú, porque mira que es la manera en la que tú, Jesús, tratas a tus apóstoles. Por ejemplo, Juan, Juan era impetuoso y Jesús lo sabía perfectamente cuando lo eligió. Cuando no les reciben en Samaría, el discípulo amado le pregunta:
“¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?”.
En otra ocasión, seguro de sí mismo, le contó a Jesús que habían prohibido expulsar demonios a uno que no iba con ellos. Bueno, y Jesús siempre escucha con paciencia.
¿Cuántas horas debieron de haber compartido? Para encauzar aquel fuego devorador y hacer crecer en su alma la semilla de la caridad auténtica. A veces sucede que oponemos a la paciencia con la que Dios trabaja el terreno de la historia y trabaja también el terreno de nuestros corazones, la impaciencia de quienes juzgan todo de modo inmediato, ahora o nunca, ahora, ahora, ahora. Y así perdemos aquella virtud, la pequeña pero la más hermosa, la esperanza.
ERES PRECIOSO A MIS OJOS
A ver, ya vendrá la victoria cuando tenga que venir. Estoy con Dios e intento hacer lo mejor que puedo. Ya saldrá cuando tenga que salir. Lo nuestro es seguir intentando. Dios sigue amando a cada hombre, a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Él nos dice hoy, te amo y siempre te amaré. Eres precioso a mis ojos. Así lo decía el Papa Francisco. Bueno, y nos lo dice aunque hayamos metido la pata, aunque nos hayamos revolcado en el fango de nuestras pasiones.
Hay un punto muy concreto por el que te animo a preguntarte a menudo, tu capacidad de fracasar. Porque ponemos nuestro empeño en muchas cosas, proyectos profesionales, virtudes que queremos adquirir, cosas buenas, no sé, que harían más perfecta nuestra vida cristiana y más feliz la existencia de los demás. Luchamos, nos esforzamos, pero no nos sale. Y entonces, ¿qué hago? ¿Me enfado, me desanimo?.
ES UN ARTE NECESARIO
El fracaso es algo tan connatural a la vida humana. Y además, fracasamos con tanta frecuencia que uno piensa a veces ¿Por qué no hay una asignatura en el cole o en la universidad para aprender a fracasar? Es un arte necesario y difícil que muchos aprenden solo en circunstancias extremas. Pero hay que aprenderlo en la normalidad, sin esperar a que nos sucedan cosas extremas. Cosas extremas que nos obliguen a ser pacientes. Frecuentemente lo que necesitamos son pequeñas correcciones del rumbo. Tantas veces como el marino que mira la brújula para ajustar la dirección, no vaya a ser que no llegue a destino por la sumatoria de imperceptibles pero reiterados desvíos.
La vida es un viaje por un camino azaroso. La del camino es una de las imágenes más empleadas en la literatura universal para representar el curso de una vida. En el origen mismo de la literatura occidental, en la Grecia del siglo VIII a. C. Homero diseña en La Odisea el periplo del héroe. Es como la matriz de todos los relatos posteriores. Bueno, Christopher Nolan puso otra vez de moda este relato épico.
SIN PUNTO DÉBIL NO HAY HEROÍSMO
Y en él se cuenta el regreso de un héroe de la guerra de Troya, Ulises o también le llaman Odiseo, vuelve al hogar paterno en donde lo esperan su mujer Penélope y su hijo Telémaco. Y ese viaje está marcado por amenazas y tentaciones que lo demoran y prueban al héroe; su mismo regreso a la Ítaca natal constituye una prueba. Ingresa disfrazado de mendigo y sólo lo descubre su nodriza, que lo reconoce porque ve una herida de infancia que tiene en la pierna. La odisea como relato es como el arquetipo de la condición humana.
Así se ve, por ejemplo, en el hecho este, de que la nodriza reconoce a Ulises por su herida; una señal de que a los héroes se les reconoce por la parte rota. Sin punto débil, no hay heroísmo. Y luego está, por ejemplo, Aquiles. De niño fue casi íntegramente sumergido en las aguas del Egeo que al empaparlo lo transformaron en una persona invulnerable. Pero el talón desde el que lo sostenían para bañarlo se le quedó seco y entonces siguió siendo vulnerable; el famoso talón de Aquiles. Y sin ese, el héroe sería un dios pero no un héroe.
LUCHA Y GRACIA DE DIOS
Se nos pide un heroísmo que sólo es posible desarrollar desde la aceptación de nuestra vulnerabilidad que va a traer fracasos. O sea, no es careciendo de miedos o vacilaciones y desasosiegos que uno se hace santo, sino justamente sobreponiéndonos a nuestras limitaciones con la lucha y sobre todo con la gracia de Dios.
Mira, te cuento, te cuento del valiente obispo vietnamita Nhung Nguyen Van Tuan, que hacía mención a sus años de prisión en las cárceles comunistas. Él decía:
“El 23 de abril de 1975 Pablo VI me nombró arzobispo coadjutor de Saigón. Los comunistas me dijeron que mi nombramiento era un complot entre el Vaticano y los imperialistas para luchar contra el régimen comunista.
Fui arrestado el 15 de agosto de 1975. Fiesta de la Asunción. Después de tres meses, surgió en mi mente una luz. Había oído decir a un obispo que al ser liberado de la prisión, dijo, he pasado la mitad de mi vida esperando. Pero la voz me animaba a decir, yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente colmándolo de amor”.
PACIENCIA Y PERSEVERANCIA
Nosotros no esperamos a más tarde. Decidámonos a luchar por cambiar. Ya llegarán, si es que llegan, los cambios. Nosotros, paciencia y perseverancia, sin desanimarnos, no pasa nada. Dios te espera en ese volver a comenzar con paciencia, en ese avar a su alrededor y echar abono por si produce fruto. Impacientarnos sólo corta las alas, nos frena, nos hunde. Pide la ayuda a Dios:
“Danos hoy nuestro pan de cada día”
O sea, dame fuerzas, para sonreír cuando me cueste.
Además, es cierto que es muy probable que nuestros pecados sigan siendo los mismos de siempre. Pero recuerda que la santidad no consiste en no caer, sino en el firme propósito de no quedarnos tirados por el suelo. Pídele ayuda a Dios para que, a partir de hoy, comience. Que comience una etapa en la que me levante decenas o centenares de veces. Y no tres o cuatro, siempre.

