El Evangelio de hoy es breve, pero de gran contenido. Una escena sencilla que habla más de lo que parece…
«Vinieron a verle su madre y sus hermanos y no podían acercarse a Él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron: —Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.
Él, en respuesta, les dijo: —Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen»
(Lc 8, 19-21).
Hay quienes ven la escena con malos ojos. Aseguran que las intenciones de sus parientes eran malas. Yo ahora te invito a que lo veas con buenos ojos. Sus parientes quieren estar con Jesús. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo encontrarlo? ¿Cómo conseguir hablar con Él? La respuesta es: María, María y María. Acuden a ella para que los lleve con Él.
Por eso:
«Tu madre y tus hermanos están ahí».
Pensando en esto me acordaba de una consideración del Papa Francisco. Él comentaba que en
“las Iglesias de Oriente [a María] la han representado a menudo como la Odighitria, aquella que ‘indica el camino’, es decir, el Hijo Jesucristo (…) En la iconografía cristiana su presencia está en todas partes y a veces con gran protagonismo, pero siempre en relación al Hijo y en función de él. Sus manos, sus ojos, su actitud son un catecismo viviente y siempre apuntan al fundamento, el centro: Jesús. María está totalmente dirigida a Él”
(Francisco, Audiencia general, 24-III-2021).
MARÍA MUESTRA EL CAMINO
Y fíjate en las coincidencias. Cuando vine a vivir a esta casa donde estoy me encontré con un icono ruso en el despacho que uso. Es un regalo de un antiguo socio del club del que soy capellán. A este hombre la vida le llevó a aquellas tierras (a Rusia) como embajador de Guatemala. Allá se acordó de Gurkhas (que así se llama el club) y trajo un icono. Es bonito, aunque por el paso del tiempo ya necesita restaurarse… ya veré…
Me gustó que estuviera en el despacho donde atiendo a tanta gente porque los iconos tienen esa peculiaridad de que los artistas, antes de hacerlos, se preparan haciendo largos ayunos y oraciones. Así, cada uno de ellos, cada uno de los iconos, llega con el empuje de mucha oración y mortificación.
Nada mejor para respaldar los posibles consejos que pueda dar, intentando acercar a las almas a Dios.
Al principio veía el icono y ya. Hasta que alguien me preguntó cuál era es advocación de la Virgen. Me di a la búsqueda y, gracias a los recursos en internet, descubrí que es una Odighitria. O sea, la advocación de “María muestra el camino”.
Es lo que los cristianos hemos entendido que ella hace desde siempre. Por eso los parientes de Jesús acuden a ella. María los recibe y los lleva, les indica el camino.
LA PUERTA ES LA VIRGEN
Mira que hay quienes dicen que en el discurso del Buen Pastor cuando Jesús dice:
«El que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda»
(Jn 10, 2-3).
“La puerta es la Virgen, a quien saludamos en un himno como «Puerta que dio paso a nuestra luz». A través de ella entró el buen Pastor. Y el guarda, que hasta entonces era el Príncipe de este mundo [el demonio], se echó atrás, aterrado, desde su concepción inmaculada. Por eso, quien pasa a través de María es el buen Pastor. Si alguien me habla bien de la Virgen, puedo fiarme de él”
(José-Fernando Rey Ballesteros, Evangelio 2026).
Por eso puedo fiarme también de ella para que me muestre el camino; porque ella es la puerta que me abre el camino…
Te decía que hay quienes ven esta escena con malos ojos. Dicen que sus parientes y quien sabe si la misma María, no entienden a Jesús.
Pensar así no es necesariamente equivocado. A ver, todos somos humanos y en todo corazón humano puede meterse la duda…
¿POR QUÉ?
Hay que saber que en nuestra Madre
“su fe no era ausencia de dificultades. Para nadie lo es. También para María la fe era capacidad para soportar dudas. Todo se le volvía preguntas: Si su hijo era Dios, ¿por qué necesitaba el alimento cada día? Si su misión era cambiar el mundo, ¿por qué se reducía a un trabajo de carpintero? Si podía hacer milagros, ¿por qué no en su aldea y en su casa? Si podía encontrar dinero en la boca de un pez, ¿por qué la dejaba a ella en la más total de las estrecheces? Si era tan cariñoso con todos, ¿por qué la dejaba sola? Si podía resucitar muertos, ¿por qué no impidió que ella se quedase viuda? ¿Por qué tuvo compasión de la viuda de Naín y no de su madre? Si sus milagros era signos visibles de Dios, ¿por qué cuantos más hacía más crecía la hostilidad contra él? Si era un enviado de Yahvé, ¿por qué no le entendían los legítimos representantes de Dios en la tierra? Si había venido para salvar, ¿por qué hablaba tanto de morir? Si podía curar enfermos y resucitar muertos, ¿por qué no reblandecía los corazones endurecidos? Si el Padre había puesto todo poder en sus manos, ¿por qué no hacía tales signos de ese poder que ya no hubiera más remedio que creer en él?
Preguntas, cientos de preguntas que nunca encontraban respuesta en el corazón de María. Aquella espada que un día, ya lejano, anunció Simeón, iba ahondando en su alma, al ver cómo su Hijo aparecía como salvación de algunos y condenación de muchos.
Y su santidad estaba y crecía precisamente en la aceptación de esa oscuridad de la fe. Ahora se daba cuenta de que el «he aquí la esclava» no había sido ni una frase, ni una entrega de un momento. Treinta y tres años implacables fueron estirando su alma y haciendo que la pequeña plenitud de gracia del primer día fuera de hora en hora más ancha y más honda”
(José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II. El mensaje).
Así considerar una posible duda de María en la escena tampoco es equivocado.
Lo importante, en todo caso, sería darnos cuenta de que ella crece en gracia y crece en fe.
Seguirla es aprender a crecer, también nosotros, en fe y en gracia.
Hagamos como los parientes de Jesús. Acudamos a ella. Nos abrirá la puerta, nos mostrará el camino.
Los apóstoles lo aprendieron.
«Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos… Cuando llegaron, subieron a la sala superior donde se alojaban… Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con sus hermanos»
(Hch 1,12-14).
“La misión de la Iglesia no comienza con una planificación estratégica ni con la iniciativa organizativa de los discípulos. Comienza con la oración. (…)
En medio de esta comunidad aparece una presencia especialmente significativa: María, la madre de Jesús. El libro de los Hechos menciona explícitamente su nombre y este detalle no es casual. (…) La tradición cristiana ha contemplado siempre esta escena como una imagen profundamente simbólica. María aparece como el corazón orante de la Iglesia naciente. Ella sabe, por experiencia, que Dios cumple sus promesas incluso cuando el camino parece incierto. Ha aprendido a vivir de la palabra de Dios, a confiar en ella más allá de las apariencias y por eso su presencia sostiene la oración de la comunidad”
(Juan José Pérez-Soba, Ven y sígueme).
Ojalá nosotros aprendamos. A nosotros ella nos abre la puerta, nos muestra el camino y nos sostiene mientras lo recorremos. Odighitria, “¡gracias, Madre mía!”

