Hay un suceso que se repite muchísimo en tiempos de la colonia y aparece en varios libros de historia.
Se cuenta que cuando el gobernador encargado de aquí en las Américas recibía un documento real, una cédula, incluso emanada por el propio rey en España, en Madrid.
Pues el que hacía de cabeza aquí en las Américas lo leía y si se daba cuenta de que era un disparate.
O era alguna cosa que no le parecía o no le convenía, o de algo que pensaba que no tenía ningún tipo de sentido, porque no contaba con las circunstancias de estos lugares.
Solemnemente convocaba a los funcionarios y allí en el cabildo, en la audiencia decía: ¡Se acata, pero no se cumple!
EL SEÑOR HABLA DE POTESTAD
Es decir, no es que desconozcan la autoridad del rey, que es el que está diciendo lo que está diciendo, el que envía aquel escrito, pero aquello no se aplicaba y terminaba archivado en un cajón.
Y se cuenta que esto se hizo muchas veces: ¡se acata, pero no se cumple! Y esto por personas que habían recibido cierta potestad, que debían ser los representantes del rey aquí en estas tierras.
Pero bueno, me acordé de esto, porque el Señor habla hoy también de potestad en el Evangelio.
Dice san Mateo:
“En aquel tiempo Jesús llamó a sus doce discípulos, y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.”
(Mt 10,1)
Y entonces, a continuación, procede el evangelista a nombrar los doce apóstoles:
“Primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.” (Mt 10, 2-4)
Al final pues la acotación que ya sabemos: “Y Judas Iscariote, el que lo entregó”.
UN ENCUENTRO PERSONAL
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
“No vayáis a tierra de paganos, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel, id y proclamad que ha llegado el Reino de los Cielos”. (Mt 10, 5-7)
Es decir, que el esquema del Evangelio de hoy es muy sencillo: el Señor que convoca a ciertas personas, les da una potestad y con esa potestad les da un encargo.
Sin embargo, esa misión no comienza sencillamente con un mandato administrativo, como veíamos en la anécdota de la colonia.
Alguien había sido nombrado, encargado en las tierras de la de las Indias y bueno, tenía que cumplir lo que dijera el rey y más o menos lo cumplía y a veces no, porque había distancia, había todo un mar de por medio.
Pero bueno, en este caso la misión no empieza con un mandato administrativo, sino con un “encuentro personal que transforma a estos hombres”, o al menos esa es la oportunidad que se les dio.
El ser apóstol no es solamente un encargo, no es simplemente realizar una tarea, sino que es mucho más.
Ser apóstoles es revestirse de esa misma caridad de Cristo, hasta el punto que dice san Pablo; que hay que llegar a ese extremo de identificación con el Señor, que él dice en Gálatas:
“Ya no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí”. (Gal 2,20)
Los apóstoles no sintieron una llamada a ser meros funcionarios. La llamada abarca no solamente un horario de 9 a 5, sino que abarca toda su vida, todos los aspectos de su existencia.
ABARCA TODA NUESTRA EXISTENCIA
Y del mismo modo sucede contigo y conmigo. El Señor a ti y a mí nos llama. Nos llama a ser sus discípulos, nos llama a ser sus representantes aquí en este mundo.
Y ese trabajo o ese encargo, no es sencillamente algo que el Señor nos manda cumplir en un horario, sino que ha de abarcar toda nuestra existencia. ¡Jesús llama a sus discípulos a ser otros Cristos, el mismo Cristo!
Y un detalle muy interesante es que en este Evangelio que estamos leyendo el día de hoy, hay un preámbulo, un pasaje previo.
San Mateo dice, que Jesús se compadecía de ellos porque estaban extenuados y abandonados.
Ese “compadecerse” en griego tiene varios matices y describe ese verbo “Splankhnizomai”. describe una “conmoción de las entrañas”.
Es como sentir el dolor del otro en lo más profundo del propio ser. Y así los mira Cristo y así espera Cristo que nosotros también miremos a los demás.
El apostolado, que es el tema central del Evangelio de hoy, nace precisamente de esta mirada del Señor a esos seres queridos. Y es lo mismo que el Señor espera de ti y de mí hacia los demás.
Si nuestra labor evangelizadora carece de esta compasión, de esta mirada misma de Cristo, corremos el riesgo de convertirnos en burocracia, en mera organización fría, en sencillamente esperar que llegue un mandato del rey y nosotros veremos si se acata y se cumple.
Podemos decir que somos cristianos, podemos incluso llamarnos apóstoles, podemos tener cierto esquema apostólico, pero falta ese núcleo principal que es la identificación con Cristo, tener los mismos sentimientos del Señor.
EL APOSTOLADO
Eso significa dejar de ver a las demás personas como como números, como problemas, como posibles favores o incluso como cargas.
Verlas como almas, almas queridas por Cristo, amadas por Cristo, creadas por Dios, que necesitan desesperadamente ese buen pastor.
Por eso la misión apostólica no es solamente para ciertas personas concretas, para personas que tienen un ministerio dentro de la Iglesia, sino que es una llamada para todos.
Es ante todo una continuación de ese amor que hemos nosotros recibido previamente de parte del Señor.
Por eso a san Josemaría le gustaba mucho aquella definición de apostolado de:
“El apostolado no es otra cosa que sobreabundancia de vida interior”.
Si tú y yo tenemos cada vez más vida interior, más amor de Dios, más afán de identificarnos con el Señor y con sus sentimientos y con sus intenciones y con su amabilísima voluntad…
Una consecuencia lógica, es el auténtico apostolado, que es ganar más almas para Cristo.
Y el apostolado se aleja así, de esa caricatura que es el famoso: “martillo de herejes”.
El tener, cree uno, una doctrina tan clara, que sencillamente se reduce el apostolado, a decir a los demás lo mal que están y lo lejos que están de Dios.
EFICACIA APOSTÓLICA
Por eso, cuando escuchamos el Evangelio de hoy y se habla de una potestad recibida por los discípulos, por los apóstoles, esto en realidad no es un privilegio de poder.
En realidad, es una delegación que Cristo hace de su propio corazón. El apóstol es enviado para hacer lo que haría Cristo: sanar a los enfermos, expulsar a los demonios.
Ahora, si tú y yo también sentimos esa mirada misericordiosa del Señor, eso nos ha de mover a tener cada vez más vida interior, más amor de Dios.
Por lo tanto, más amor a las almas y al mismo tiempo tener los mismos sentimientos de Cristo hacia los demás.
Si un cristiano no puede no hacer apostolado, bueno, lo lógico es que tú y yo tengamos ese afán de acercar más almas a Dios, de tener eficacia apostólica.
Pero esa eficacia en el apostolado, como estamos considerando hoy a la luz del Evangelio, depende primeramente de nuestra fidelidad a ese amor de Dios.
Por eso este Evangelio de hoy, nos invita a renovar nuestra entrega personal, nuestra correspondencia a ese amor de Dios.
No podemos no hacer apostolado. Eso no es un encargo solamente para ministros consagrados o para personas consagradas en la vida religiosa. Es una llamada a todo aquel que se siente mirado por el Señor.
LOS SENTIMIENTOS DE CRISTO
Por eso el Evangelio de hoy debe interpelarnos, que tú y yo nos preguntemos especialmente el día de hoy: ¿cómo va mi apostolado? ¿Tengo afán apostólico, cómo quiero yo acercar todas las personas posibles a Dios?
Pero antes que sentarme a organizar un proyecto apostólico, ¿Qué actividades voy a hacer? ¿A qué personas voy a llamar? ¿A quién le voy a escribir un mensaje de texto? O cualquier actividad apostólica que se me pueda ocurrir.
Primero tengo que hacer una pausa y preguntar: ¿Yo, cómo me identifico con los sentimientos de Cristo?
Porque, aunque pueda sonar muy cursi, ser apóstol es estar dispuesto a aprender del Señor y a dejarse transformar por su mirada.
Vamos a pedirle a nuestra madre, a quien llamamos tantas veces: reina de los apóstoles, que nos ayude a tener en nuestro corazón los mismos sentimientos que su hijo.
Que ella nos ayude a ser instrumentos dóciles, muy dóciles de esa misericordia de Dios.
Para que, a través de nuestra piedad, de nuestras acciones, de nuestro trabajo, de nuestra amistad, muchas personas puedan plantearse un panorama de vida superior, que es esta vida lo más cerca de Dios posible.
La identificación de este pobre corazón nuestro, con el corazón de Cristo aleja el peligro de convertirnos en meros funcionarios del cristianismo, de una religión.
Aleja también esa tentación de que nuestro supervisor, el rey, que está muy lejos con un océano de por medio.
Y nos ayuda a vivir siempre en todo, con una rapidez para decir: “Señor, lo que Tú digas se acata y se cumple. Yo quiero lo que quieras Tú”.

