El Evangelio que nos propone la Iglesia este domingo es el del “hombre ciego”, y comienza el texto con este pasaje:
“Y al pasar, vio Jesús, a un hombre ciego de nacimiento.” Entonces, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva y lo aplicó a sus ojos y le dijo, «Ándate, lávate en la piscina de Siloé, (que significa enviado)». Y él fue, se lavó y volvió con vista.» (Jn 9,1. 6-7)
Y entonces ahí viene toda esta segunda parte, en donde le empiezan a preguntar los vecinos:
“¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?” (Jn 9, 8)
Y claro, llegaron unos fariseos y le volvieron a preguntar y él lo único que pudo atestiguar es:
“Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.” (Jn 9, 15)
Entonces los fariseos empiezan a decir:
“Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.” (Jn 9, 16)
Y le preguntan al mismo ciego:
“¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.” (Jn 9, 17)
Y entonces aquí, fíjense cómo cambia esa relación; dicen ahora los fariseos:
“Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera.” (Jn 9, 34)
Y entonces Jesús se vuelve a topar con él y le pregunta:
«¿Tú crees en el Hijo del hombre?» El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.»» (Jn 9, 35-37)
Y entonces ahí recién el ciego exclama:
“«Creo, Señor.» Y se postró ante él.” (Jn 9, 38)
Y me parece que es una historia maravillosa. Gracias, Señor, por darnos este ejemplo; porque no es una parábola, no es una enseñanza, es un ejemplo.
CEGUERA DE CONVIVENCIA
Y san Josemaría se maravillaba muchas veces de este Jesús que se da cuenta enseguida del dolor.
En ese ajetreo de la vida pública, entre multitudes que lo aprietan, Jesús se va fijando en cada persona, en un solo hombre, en este caso, en una persona que no podía ver.
Yo pensaba, que a veces podemos pecar nosotros de “ceguera de convivencia”, porque estamos tan acostumbrados a ver a las mismas personas que a veces dejamos de mirarlas.
Y justamente la “misericordia en casa” empieza por ir rompiendo la inercia, la misericordia no es solo perdonar grandes ofensas, es notar el silencio inusual de un hijo…
O el cansancio en los ojos del cónyuge o la repetición de una historia de un abuelo que va contándola varias veces.
Fíjate, Jesús no pasa de largo y nosotros en casa, ¿cuántas veces pasamos de largo frente al sofá, donde alguno de mi familia sufre en silencio?
Señor, que no seamos sordos a los demás, que no nos volvamos ciegos, que hagamos como Tú, que te paras, que haces las cosas para producir el milagro, que te preocupas por cada persona.
Luego, lo siguiente que sucede es que el gesto de Jesús con el lodo y la saliva, puede resultar como un poco tosco, muy humano.
HECHOS DE BARRO
Y esto nos recuerda también que “estamos hechos de barro”. Jesús no necesita materiales nobles para hacer el milagro; no busca agua bendita, al contrario, usa la tierra.
Y en nuestra familia, el barro son a veces nuestras propias miserias, nuestro mal genio, nuestras limitaciones.
Y tenemos que darnos cuenta que a veces eso es lo que tenemos que limpiar, Dios no espera que seamos una familia perfecta para actuar. Él mete sus manos en nuestro barro cotidiano para recrearnos.
Como dice el Papa Francisco, la familia es donde se nos educa al perdón porque tenemos la certeza de ser comprendidos.
“El perdón es el agua limpia que quita ese barro” y que nos permite ver de nuevo la belleza del otro.
Señor, ayudanos a ver siempre la belleza del otro, que no nos quedemos callados, que no nos hagamos indiferentes, que nos movamos. Si hay algo que te llama la atención, preocúpate por saber qué pasa.
Me pasó recién, qué noté que, en el WhatsApp, alguien estaba como más seco y entonces no podía quedarme tranquilo, y le preguntaba ¿Qué te pasa? Volvía a preguntar una y otra vez.
A veces uno no sabe lo que hace, y es importante que le preguntemos al Señor, y más en familia, tener misericordia.
PEREGRINACIÓN DE TODOS LOS DÍAS
A veces hacemos cosas que no nos damos cuenta y pueden afectar la vida de los demás, la vida de los que viven con nosotros. Señor, que sepamos quitar el barro que no nos conviene.
Luego nos encontramos con que Jesús envía a este ciego a lavarse y el hombre debe caminar a tientas con el lodo en los ojos hasta llegar a ese sitio donde tiene que lavarse en la piscina.
Esa caminata del ciego es lo que tendríamos que ser nosotros como la “peregrinación doméstica de todos los días”: el esfuerzo de ir a pedir perdón, de levantarse para servir, de lavarse el orgullo, de seguir caminando.
El bautismo nos dio una luz nueva, pero el pecado que cometemos a veces en el mismo ambiente familiar.
El egoísmo, el rencor y la falta del perdón, de ser medio toscos a veces, eso nos pone como unas gafas oscuras.
Acudamos también a Siloé, Siloé que es el enviado, que es Cristo, para recuperar la capacidad de ver al otro no como un estorbo, no como un juez, no como alguien que no me quiere lo suficiente, sino como un “don de Dios”.
DIOS ES FLEXIBLE Y MISERICORDIOSO
En este relato, los fariseos están obsesionados con la norma: “Este no es el Hijo de Dios porque no guarda el sábado”.
Su ceguera es justamente la del orgullo y hay un peligro cierto de rigidez, a veces en nuestras familias nos podemos parecer a los fariseos.
Cuando valoramos más el orden o el «yo tengo razón», o “asi se han hecho siempre las cosas”, que la alegría de ver a un hermano curado o feliz.
Por eso cuando nos encerramos en nuestra opinión, cuando nos volvemos un poco agresivos, tenemos que intentar salir de ahí. ¡Pobres de nosotros si Dios no nos perdonase!
Dios es flexible y misericordioso con nosotros; por lo tanto, ¿quiénes somos nosotros para ser jueces implacables en el comedor de nuestra casa?
En la sala de estar, en la tertulia familiar, quienes somos nosotros para demostrar ese desapego, para pensar que nosotros damos más que Dios.
Hay que quitar esas cosas de la vida, el ciego además crece en abundancia, empieza reconociendo un hecho: “Un hombre que me puso barro”
Es lo único que él puede saber, no sabe que era Jesús, pero todo termina luego en: ¡Adoración!
MISERICORDIA EN LA FAMILIA
El ciego primero tiene que enfrentarse a sus padres que tienen miedo de los fariseos, y luego a las autoridades.
A veces vivir la misericordia en la familia requiere ¡valentía! Valentía para ser el primero en pedir perdón, valentía para no ocultar nada.
Valentía para abrir el corazón, sin hacernos los locos, valentía para tomar la responsabilidad que necesitamos.
La meta de la misericordia siempre es la alegría. El ciego termina viendo a Jesús, y adorándole.
Una familia que practica la misericordia es una familia luminosa, que atrae a otros porque se nota que en ella habita la luz de Cristo.
Señor, me quiero poner en el lugar del ciego; siento el barro de mis faltas en mis ojos y escucho tu voz que me dice: «Ve a lavarte».
¿A qué piscina de Siloé me envías hoy en mi familia? ¿A quién debo mirar hoy con ojos nuevos?
Ayúdame a no ser como los fariseos, atrapado en mi propia justicia, sino que enséñame a ser como este ciego que se dejó tocar por Ti y termino postrado a tus pies.
Madre, yo también quiero ser asi, ayudame tú a que en mi familia me porte de esta manera, para que sea una familia donde se viva la misericordia y que brille como la Sagrada Familia.

